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ESPAÑOLES SIN PATRIA

Li^ RAZA SBFA-RDI

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Dr. -A.ng'el ZPulido Fernández.

(senador y académico)

INTERESAS NACIONALES

Españoles sin Patria

Y

La Raza Sefardí

^^^^

MADRID

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE E. TEODORO

Amparo, 102, y Eonda de Valencia, 8.

Teléfono ."552.

1905

A LA GlUrtpO DE SALAMANCA

Y Á su GLORIOSA UNIVERSIDAD

Dos dedicatorias honrarán la cabecera de este libro: virtual la una y real la otra.

D. Pedro de Música, sabio filólogo español residente en Berlín, nos transmitió un día, convenientemente autorizado, frases de bondad y conmiseración para los israelitas espa- ñoles diseminados por el mundo, escritas por ilustre prin- cesa, que enaltece en la Atenas alemana las virtudes de la familia Real española, y abrigamos entonces el propósito de colocar su nombre al frente de nuestro libro. En la conciencia de todos alienta que, como refleja un lago tran- quilo las mil bellezas de idílico paisaje, así refleja tan egregia dama las más delicadas virtudes sociales y domés- ticas. Por eso nadie la lisonjea cuando advierte que su alma es accesible á toda desgracia, su corazón de muy castiza españolería, cultas sus ideas, generosos sus sentimientos, nobles sus acciones, sencillo su trato, y como la propia pu- reza es de inmaculada su fama. ¿Quién podría patrocinar mejor esta empresa evangélica y patriótica nuestra? Pero- respetos á la etiqueta y temores á la malicia, levantaron dis- cretos escrúpulos, y donde hubiese aparecido nombre con justicia venerado, colocamos, como dignos de sustitución, los de Salamanca y su gloriosa Universidad.

Y ahora yo te saludo, adorable ciudad castellana, y esculpo conmovido en el frontispicio de mi obra, esos tim- bres de tu fama histórica, que ahondan y agrandan el pro-

VI

fundo reconocimiento que debo al honor con que me hon- raste. ¡Quién dijera en el pobre hogar de mis padres, cuando la ancianidad austera señalaba al tierno niño caminos de honradez y estudio^ como los únicos capaces de conducir al triunfo deseado, que llegaría un día en el cual su obscuro nombre habría de circular por el mundo, codicioso de servir á la patria, bajo la sombra protectora de aquella Universi- dad, cuyos resplandores deslumhraban su espíritu!

Créeme: no puedo visitarte sin emocionarme; ni puedo, lejos de ti, evocar tu imagen, sin que mi espíritu reproduz- ca, una y otra vez, esos crepúsculos vespertinos, cuando acompañado de Unamuno, Segovia, Diez y Pérez Oliva, que simboHzan perfectamente tus letras, tu carácter, tu hidalguía y tu amistad, caen nuestras almas en estáticos transportes, al ver desvanecerse entre las purpurinas sombras de tu cielo diáfano, la diadema incomparable de torres, cúpulas, cam- panarios y cresterías que orlan tu frente; la venerable fas- tuosidad de tus escudos, donde el sol de los Solís, las es- trellas de los Fonsecas y las flores lises de los Maldona- dos, acreditan tu linajuda nobleza; las filigranas plateres- cas de tus fachadas incomparables y las armónicas líneas de tus robustos palacios, á los cuales el ardiente Febo de Castilla ilumina con esos preciosos matices áureos y rosas que inflaman el amor de cuantos te visitan, haciendo que te consagren himnos inspirados y obras como las de Reynier.

En esa hora de lan evocaciones misteriosas, cuando el silencio de tus calles es roto por el tañido de las cam- panas que alegraron siglos y siglos las fiestas escolares, mi espíritu, y el de aquellos mis amigos, se sienten llenos de las ejecutorias de tus Colegios mayores y menores. Re- cordamos que el Papa Alejandro IV te proclamó uno de los cuatro estudios generales del mundo, con París, Oxford y Bolonia; que fuiste luz del orbe después de la antigua Lutecia; que Cristóbal Colón recobró en tu seno sus ya des- fallecidos alientos; Carlos V se sintió deslumhrado con tus esplendores y magnificencias; gozaste del amor de los Pon- tífices, y promulgaste la grandeza de los Alfonsos, esos mo-

vil

narcas que tan ilustrada protección dispensaron á los judíos.

Y entonces, al conjuro de las campanadas que vienen de lo alto, las sombras de tus plazoletas, calles y encrucija- das, parecen llenarse de muchedumbres escolares; de aque- llos arrogantes tipos de todos los reinos españoles, que con- trastan sus cenceños y tostados rostros, y las becas verdes, azules, rojas y violetas de sus trajes, parecidas á flores se- movientes de un jardín fantástico, con las cabezas pelirojas y las fisonomías rubicundas de los irlandeses, que bañan sus cuerpos en las aguas finas del Tormos todo el año. Cree- mos ver resurgir las procesiones de tus grados académicos, marchando los doctores exornados de terciopelos y encajes, con los tocados polícromos de sus Facultades: blancos^ ver- des, azules, rojos y amarillos. Nos ensordece el estrépito de tus campanas: argentinas y vibrantes las de San Martín, graves y lentas las de la Catedral y desvanecidas las de las iglesias lejanas, y percibimos el vocerío, los vítores, las mú- sicas y los himnos de tus falanges estudiantiles, que atrue- nan la urbe universitaria con las apoteosis edificantes del saber, la juventud y la belleza.

Allí está aún el escenario de tantas glorias; allí las cá- tedras donde innúmeros sabios, entre ellos no pocos hebreos, conquiírfaron universal admiración; allí palpita hoy mismo el alma de aquellas lumbreras que afamaron épocas, nom- bres Y doctrinas; allí descansan en sus sepulcros de piedra las cenizas de tus proceres inmoi tales, y, como advierte Unamuno, allí, en las aulas, yacen grabados todavía los ecos dol amor en los troncos muertos, donde se apoyamn los codos de tantas generaciones estudiosas, y resonaron las enseñanzas de tantos maestros insignes, porque se leen:

Allí Teresa, Soledad, Mercedes, Carmen, Olalla, Concha, Lola ó Pura, Nombres que fueron miel para los labios. Brasa en el pecho.

Viviste mucho y lo fuiste todo: campo de edificaciones y libertades, y á las veces ergástula de miserias y fanatis- mos. Nada te supera como síntesis de la vida nacional, ni te iguala nada en reflejar tan fielmente las transformacio-

VIII

nes y cambios de la patria imperecedera. Remontaste mucho el vuelo y luego caiste á lo hondo del barranco; pero también, como España, sientes la savia de nueva primavera encender tu alma, y á su hirviente vida retoñas, y despuntan ya las floraciones espléndidas, que proclamarán mañana otra vez el valer, la sabiduría y el amor de tus esclarecidos hijos.

Por eso á ti, Salamanca querida, dedico esta obra for- jada al luego de mis ansias regeneradoras por la patria santa; á tu ciudad; á tu Universidad: á tus hijos ilustres; á tu rector, Miguel de Unamuno; á tus cuatro decanos: Teo- doro Peña, de Leyes; Santiago Martínez, de Filosofía y Letras; Isidro Segovia, de Medicina, y Eduardo No, de Ciencias; á tu brillante juventud escolar^ y pido á Dios me permita asistir en persona y con servicios á la obra hermosa de tu regeneración y engrandecimiento, para que tornes á ser lo que por muchos siglos fuiste: la villa insigne, madre de las virtudes, antorcha de las ciencias y emporio de las artes.

Senador por la Universidad de Salamanca.

INTRODUCCIÓN

Origen del libro. Las primeras gestiones.— Información israelita.— División y alcance de la obra.— El oro judío. Profesión de fe.

Muchas veces he recordado, durante los últimos meses, aquel sencillo episodio por el cual arraigó y floreció en mi áni- mo, el sostenido afán de reconquistar al pueblo judeo-españoi, tanto para causar beneficios á España y á Israel, cuanto para servir á la evangélica educación de razas y pueblos, cuyas sociales relaciones y humanos sentimientos todavía hoy se hallan extraviados por i-epugnancias y antagonismos feroces, consecuencia de atávicas enfermedades que padece el alma de los pueblos y de los individuos. Ya en mi libro Los israelitas españoles apunté aquel suceso, el cual gustoso traigo al frente de este segundo y más ilustrado estudio acerca de la propia materia, como razón sintética de mi obra toda.

El 24 de Agosto del año 1903 salíamos de Belgrado, al romper el alba, mi familia y yo, embarcados en uno de los vapores que navegan en el Danubio, con dirección á Orsova, adonde habíamos de llegar por la tarde. Una leve destemplan- za orgánica, que padecí durante este viaje todo, sentíala con más intensidad entonces, por el corto sueño á que nos obli- gó la necesidad de abandonar el hotel antes de que amaneciese, y por la larga espera que hubimos de hacer á la intemperie, junto al embarcadero, aguardando que se presentase el revisor

de los pasaportes; documento que se exige á cada paso, por el Oriente de Europa, desde que se traspasa la Hungría. Era la mañana fresca, aunque de radiante y sereno cielo. Las irisa- ciones de la alborada resplandecían con atrayente hermosura; y por esto, apenas embarcábamos los pasajeros, todos escogía- mos sitio desde donde contemplar mejor, ya los cambiantes de luz que se sucedían en cielo espléndido y dilatado, ó ya el refle- jo de sus tintas en las serenas corrientes del Danubio y el Sava; los cuales ríos allí confluyen con pronunciados serpenteos, que reproducen en el espejo de sus aguas las bellezas arqui- tectónicas de la capital servia, y la pintoresca villa de Zimony^ la ciudad de Hungría donde hay más judíos españoles.

Dos marineros entregados á la faena de limpiar suelo y asientos con abundosas mojaduras, nos echaban de uno á otro sitio. Yo procuraba reaccionar mi cuerpo, enfriado con el re- lente de la madrugada, la neblina fluvial y la humedad del baldeo; y apenas atendía á los contados pasajeros que se halla- ban sobre cubierta, entregados á la misma contemplación. Fué alguien de mi familia quien me advirtió la presencia, al lado nuestro, de una pareja, que debía ser un matrimonio, de edad madura, sencillamente vestido, modesto porte, talla corta y es- casas carnes; el cual conversaba con blandos ademanes y aspec- to tfiste, hablando un castellano incorrecto. Son judíos españoles dijimos al punto. Realmente no conversaban: agarrada ella con una mano á la borda, fija su mirada estuporosa en las aguas del río, taci- turna y quieta, escuchaba á su compañero, el cual le decía frases que parecían de consuelo.

La curiosidad me indujo á hablarles. ¿Está enferma la señora? pregunté. No respondió él está afligida. Acabamos de perder una hija y viajamos por distraerla y consolarla de su dolor.

Pocos minutos después habíamos hecho nuestras respectivas presentaciones y empezaba á conocer á D. Enrique Bejarano, director de una Escuela israelita española de Bucarest, publi- cista distinguido, políglota y buen sabidor de Hteratura judeo- español, quien se espontaneó al punto con grata conversa- ción.

3re pareció iuteresaute y venerable este distinguido profe- sor. Escuchábale con singular agrado las leyendas, cantigas,

FiG. 1.^ D. Enriqíie Bejarafto, Director de una escuela israelita española en

Bacarest, y primer académico correspondiente sefardi de la Academia

de la Lengua Española.

sentencias y decires de antigua procedencia española, con los cuales amenizaba su relato. Me atrajo la variedad de sus cono- cimientos gramaticales en distintas lenguas; y más que todo esto me impresionó el estallido de amor á la tierra hispana, que hubo de expresar con emoción lacrimosa y frases de ex- tremada delicadeza y ternura, como atestiguando un culto reli- gioso y secularmente conservado. Sentí la más extraña y fuerte

emoción cierta vez cuando, como si fuese arrastrado por sobre- natural esperanza, le vi dirigirse de pronto á su desventurada mujercita, la cual permanecía absorta, muda, siempre con la vista clavada en la corriente; y decirla con blandísimo acento, de infantil regocijo:

¿Ves cómo la Providencia nos atiende y consuela? Hoy nos proporciona la ventura de ir en este barco y conocer á estos señores, que son de España, de nuestra querida madre patria, y hacernos sus amigos. ¿Ves qué bueno es Dios?

Aquella hipérbole extraordinaria; su injustificada venera- ción por la tierra liispana; el dolor profundo de la desolada madre, quien buscaba en el fondo del río, con estática clava- zón de ojos, la aparición de su bella hija, arrebatada á la vida en edad juvenil, pocos días antes; los recuerdos de la patria ausente; el panorama ya algo lejano de la capital servia, Bel- grado, cuyos edificios comenzábamos á perder de vista, teñidos con diferentes matices, á medida que el sol iba ganando altu- ra y desvanecía la neblina matinal; el Konack, que se alzaba sobre todos, encendido con reflejos de escarlata, como si de- nunciase el terrible drama de los reyes allí asesinados, pocas semanas antes; quizás la misma susceptibiüdad morbosa de mi destemplanza, todo me produjo una excitación cerebral tan viva, que dejé ya de poder seguir los relatos del venerable judío ante la necesidad imperiosa de atender al hervidero de ideas y recuerdos que se sucedían en mi cabeza.

Eran mil motivos más ó menos incoherentes, relacionados con el pueblo judío, y con aquel su idioma castellano, manteni- do á través de cuatro siglos de destierro.

Las rientes orillas danubianas y las poblaciones en ellas tendidas se sucedían sin que mi atención apreciara sus bellezas: Pancsova, situada en la desembocadura del Temes; los her- mosos prados y viñedos que decoran la posición topográfica de Grodska; las robustas y ennegrecidas torres cuadradas que cir- cundan á Semendría, en el comienzo del espacioso valle de la Morava... todo pasaba ante mis ojos, sin dejarme impresiones, mientras Bejarano hablaba con mi familia, y yo, aparentando escucharle, saltaba nervioso de uno á otro por los siguientes pensamientos y contrastes:

El divino drama del Calvario y el sublime paralelo del dis- curso de Castelar, pronunciado el 12 de Abril de 1869, cuando el verbo español formuló la más grandilocuente y conmovedora invocación sobre tolerancia religiosa, que escucharon los Parla- mentos todos del mundo. La soberanía de los idiomas tan bus- cada hoy por los pueblos cultos bien regidos, y su valor en las relaciones mercantiles, Hterarias y sociales de los imperios.— La extraña paradoja de no podernos entender mi esposa y yo, con nuestros compatriotas, en 1900, cuando hicimos una excursión á las salinas de Cardona, obligando á mi compañera á meterse en la cocina de una posada y aderezar con propia mano un al- muerzo, que no había otro modo de conseguir; y los paseos de la tarde anterior por las calles de la eslava Belgrado, donde el idioma español nos había servido para adquirir objetos en di- ferentes tiendas, y conversar con individuos que nunca visi- taron España, ni trataron á sus naturales. Las nociones ad- quiridas desde la infancia sobre los judíos, con sus legendarios defectos de raza, y las falsas ideas acerca de las sociedades eu- ropeas en que viven muchos de esos llamados intelectuales de nuestro país, que nunca cruzan las fronteras. La decadencia terrible y súbita de nuestra patria, y el desamparo en que que- daron sus rudimentarias industrias. Las defectuosas contien- das de nuestros políticos, inaptos para remontarse con espíritu práctico y culto hasta los grandes problemas de la vida nacio- nal é internacional; y el desconsolador atraso de nuestros cen- sos, de nuestra raza y de nuestras fuentes de riqueza pública. —Los polos morales sobre los cuales gira hoy la vida de las na- ciones; y los múltiples fanatismos blancos, negros, rojos y de mil colores, con que los hombres acrecen sus ya ineluctables desdichas. El total abandono y olvido en que tenemos esta em- presa de reintegración nacional judía; y los propósitos y espe- ranzas que en ocasiones distintas se produjeran sobre el par- ticular.— La afrentosa y mísera homogeneidad de las ciudades españolas, como cerradas á la vida cosmopohta y al trato pací- fico y culto del hombre en sus infinitas derivaciones de razas y creencias; y la odiable fama de pueblo ignorante y fanático con que nos juzgan y maltraían los países adelantados... y á este tenor más y más ideas por ei estilo, brotaban en mi pensamien-

to, le herían fugaces con un vivo latigazo, y desaparecían pron- to para que les sucediesen otras. Y así fui pensativo, hasta que al pasar por Moldo va, invadió nuestro barco una serie espanta- ble de sociedades excursionistas húngaras; con lo cual se acabó ya toda conversación y todo discurso; porque desde aquel punto no hubo banco en que sentarse, ni lugar para ver, ni mesa donde almorzar, ni humor y modo de hacer nada; provocando tan sofocante \ molestísima concurrencia un malestar y dis- gusto intensos, los cuales nos duraron hasta que por la tarde des- embarcamos en (Jrsova, casi sin poder despedirnos de Bej araño y su esposa. Nos separamos entonces; y ellos siguieron su ruta por el Dan'ibio, mientras nosotros nos encaminábamos á la ca- pital de Rumania, habiendo ya cristalizado en mi espíritu el firme propósito de estudiar algo este problema durante el resto del \iaje, y tratar seriamente de él cuando regresáramos á Es- paña.

Y así lo hice.

Recorrí algunos pueblos del Oriente de Europa y apunté varios datos, que me sirvieron para esbozar mis primeras impresiones. Regresé á Madrid de este viaje el día 3 de Octu- bre de 1903; en la tarde del 13 de Noviembre siguiente formu- lé al Ministro de Estado, Sr. Conde de San Bernardo, en el Senado, una excitación para proteger el idioma castellano en Oriente. El 8 de Febrero de 1904 publicó La Ilustracién Espa- ñola y Americana el primero de los seis artículos, que fueron pronto reproducidos en varios idiomas y en diferentes pueblos. El 29 de Abril salieron de España los primeros ejemplares de mi modesto libro Los israelitas españoles y el idioma castellano, destinado exclusivamente á ponerme en relación con el pueblo judío, y á poder conseguir la información necesaria, para cono- cer bien y presentar á mi país con algún fundamento esta im- portante cuestión. Por aquellos días se leyó en la Real Acade- mia de la Lengua el mensaje que le dirigí, por virtud del cual se fué al nombramiento de correspondientes entre los israelitas españoles; y pocos días después llevé á los grandes y popula- res diarios El Liberal, Heraldo de Madrid, España y Diario Universal, informaciones y correspondencias, que me sirvie- ron para divulgar este asunto por España, y para que comen-

¿aran ilustrados publicistas á escribir acerca de él; bie nen su pro, que fueron los más; bien en su contra, para lo cual no faltó alguno.

Y ahora viene á cuento consagrar algunos párrafos á expo- ner una de las gestiones más interesantes, y para conmove- doras, que he realizado: la de la información por medio del cuestionario.

En la tarea pública que por vida voy verificando, algunas informaciones he llevado á cabo; pero ninguna, con verdad, me causó la impresión que esta. Doce meses, día tras día, he venido manteniendo una correspondencia extranjera, cuyo texto despertaba á la continua en mi espíritu, inefables emo- ciones nunca sentidas. Con razón sobrada me decía una maña- na el ilustre hombre público D. Alfonso González, exministro de la Gobernación, por encontrarme en el tranvía leyendo una correspondencia de exótico origen y de abigarrado y copioso contenido:

¿Gozará usted placeres extraños con estas cartas? Sí, señor le respondí me interesan tanto, que espero la llegada del cartero con el interés de un enamorado.

Diez, doce }'■ más cartas á diario, con sobres cuyos sellos y timbres atestiguaban lejanas y distintas procedencias, me traían largos escritos, redactados en un castellano de variado léxico, obedeciendo al deseo mío, que rogaba siempre á los autores empleasen su jerga histórica, de preferencia á cual- quiera otro idioma de los usados; y me daban á conocer apre- ciabilísimas fisonomías morales, inteligencias bizarras, almas dignas de observación, apariciones diferentes de una persona- lidad étnica y social, tipos psicológicos que despertaban, con más ó menos viveza, reacciones variadas de mi atención y de mis afectos. Original vivero de relaciones sociales fué éste, donde, sin conocer de presencia á nadie, y solamente llamando, con formularia y seca cortesía, á la gentileza y á la bondad de personas extranjeras,- vi brotar por todas partes un plantel de correspondientes generosos, corteses, delicados en la expre-

siÓD, serviciales ante el encargo, listos cuando convenía la di- ligencia, nunca reacios ante lo molesto, siempre respetuosos, y con un sentimiento tan general y delicado de gratitud por la obra de alta humanidad acometida, que producían honda emoción los términos con que á las veces la expresaban. En las páginas de este libro quedarán registradas pruebas nume- rosas y elocuentes de esta afirmación que hago, y á ellas en- vío el lector.

Seres extraños á nosotros, todos ellos, y sin lazo alguno de interés positivo que nos uniera; personas de posición desahoga- da; bien avenidas con su presente, con su actual suelo patrio y las consideraciones civiles de que disfrutan, y ajenas por entero hoy á este desdichado país nuestro, sobre el cual azota la desgracia; digo que aquellas misivas breves, desnudas de toda gala y lisonja, que en número considerable partieron de este modesto domicilio donde habito, y fueron á las cuatro partes del mundo, confiadas á la caballerosidad y á la cultura, allí encontraron lo que buscaban. Y en el manantial de la más exquisita cultura y caballerosidad bebieron su respuesta las numerosas y prolijas informaciones que, á correo vuelto, me trajeron un testimonio muy convincente de que la humani- dad es buena, desinteresada y fraternal, siempre que se acude á sus sentimientos, llevando el ramo de olivas en la mano y las expresiones de amor en el discurso.

De esta afirmación se convencerá el lector, por mismo, leyendo á los propios correspondientes; quienes le serán pre- sentados en cuerpo y alma, en este pequeño escenario de mi libro; para lo cual, siempre que el asunto y la expresión lo de- mandaren y consintieren, serán ellos los que razonen y ex- pongan. Entonces desapareceremos nosotros de la escena, li- brando al lector de nuestro discurso, nuestros sentimientos y nuestro estilo, para que goce la novedad y realice el estudio de conocer á israelitas: de la gigantesca Londres ó de la consagra- da Jerusalén; de la bella Constantinopla ó de la elegante Buca- rest; del abigarrado Tánger ó de la noble Lisboa; de la altiva Nueva York ó del modesto Barranquilla... y á este tenor, á se- farditas de todo el mundo; cuyo trato y artes de expresión tengo por seguro que, á ser algo comunicativo, conquistarán sus

afectos y su amistad, como conquistados dejan los del modesto autor de este libro.

Por vida quedarán grabadas en mis recuerdos la paternal bondad de Lorenzo Asclier, y las melosas lisonjas y delicade- zas de Enrique Bejarano, ambos de' Bucarest; la obsequiosa solicitud de Moisés Abravanel, de Salónica; la despierta y pe- ritísima colaboración de E. Carmona, de Tetuán; la profunda sabiduría literaria de José Benoliel, de Lisboa; el gallardo es- pañolismo y portentosa cultura de Jacques Danon, de Andri- nópolis; la sencilla bondad y pericia pedagógica de Moisés Fresco, de Constantinopla; la distinguida cortesía de Salomón Levy, de Oran; la juvenil gentileza y selecta cultura de Benko S. Davitscho, de Belgrado; la espontánea solicitud y práctica pericia del elegante escritor Abraham Z. López Penha, de Ba- rranquilla, y de Alberto Cazes, de Estambul; la selecta, noble y prestigiosa ilustración del renombrado historiador Enrique León, de Biarritz; la sugestiva forma literaria de Abraham A. Cappon, de Sarayevo; la inagotable bondad y entusiasta ayuda de José Farache, de Madrid; las eruditas exposiciones de José Romano y Rafael Cohén, de Esmirna; la precisa y correcta res- puesta de S. I. Pariente, de Beyrouth; la práctica y rebuscarla información de José Elmaleh, de Gibraltar; las muchas aten- ciones, en fin, de Spagnolo, de Alejandría; Mitrany, de Andri- nópolis; los Salcedos y Pereyres, de Bayona; Canetti, de Cala- rasi; Rousso, de Constantinophi; Franco, de Demotica; Antebí, de Jerusalén; Dañan, de Lorenzo Marqués; Levy, de Londres; Garson, de Manchester; Salem, Nehama, Levy y Arditti, de Salónica; Franco y Romano, de Esmirna; Pisa, Laredo, Pinto, Pimienta y Benoliel, de Tánger; la Sociedad Esperanza, de Viena, y muchos más, que nos perdonarán no les citemos aquí, por no hacer interminable una lista que publicaremos en otro lugar entera.

De intento dejo para manifestarles todavía más especial y hondo reconocimiento, á doña Micca Gross Alcalay, de Trieste, bella, inteligente y culta dama, de espíritu abierto á todas las reparaciones y grandezas sociales del progreso, en cuyas cartas se saborean por igual las ternuras de un corazón femenino y los arrestos de un cerebro varonil; á la joven señorita Fina

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Haim. de Berlín, cuyas cartas de seductora sencillez y esmera- da caligrafía sugieren la impresión de una niña delicada y ado- rable; á nuestras compatriotas las ilustradas y elegantes escritoras doña Concepción Gimeno y doña Carmen de Burgos Seguí, cuyos exquisitos sentimientos perfu- man a diario las planas de mu- chos diarios españoles; y al culto y por extremo bondadoso Pinhas Asayag, de Tánger, uno de los caracteres más atraj^entes que hemos conocido en la vida, queri- do de cuantos le tratan, intere- sante por sus dolencias físicas, espíritu evangélico que convierte los sufrimientos de un sistema nervioso delicado, en manadero de sohcitudes cariñosas y de su- blimes sentimientos altruistas. A su laboriosidad debo gran parte de la copiosa y profunda in- formación sobre Marruecos que contiene este libro; á sus re- comendaciones, el trato de muchos distinguidos israelitas, y á su sólida cultura, una continuada cooperación, que gustoso so- licité, y generosamente me concedió.

Fuera omisión imperdonable no consagrar también frases de gratitud á algunos de los muchos compatriotas que me han prestado su ayuda y me han alentado con sus aplausos en esta obra de regeneración patria. Reciban las gracias que de todo corazón les envío, los Sres. Menéndez Pelayo y Menéndez Pidal, de la Academia de la Lengua; D. í rancisco Cobos, de Buenos Aires; D. Juan B. Sitges y el profundo filólogo D. Pedro de Múgica, quien honra en Berlín el nombre español; D. Justo Ro- sell, á cuya servicial actividad debo valiosos datos adquiridos en París, donde reside; los Sres. D. Luis Bonafoux, D. Jenaro Cavestany y D. Alberto Bandelac, este particular amigo queri- dísimo, y residentes todos en la misma capital francesa; D. Luis Rubio y D. A. Rotondo Nicolau, dignos cónsules de España en

FiG. 2.'^ Doña Carmen de Burgos Seguí, distinguida escritora española.

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Amberes y Casablanca, y compañeros inolvidables de mi ya le- jana infancia; D. Benito Feruández Alonso, de Orense, y D. Pa- blo Vallescá, celoso presidente de la Asociación Mercantil de ]\Ielilla, quien siguiendo patrióticos impulsos me envió copiosa información sobre i\Iarruecos; y los diarios El Liberal, Heral- do, España y Diario Universal, cuyas columnas utilicé.

Mi modesta obra es el resultado de la colaboración de todos. En ella hay un tesoro de buenos deseos, de afectuoso estudio y con frecuencia de amor a España, á Israel y á los evangélicos progresos de la desventurada sociedad, que no puede por menos de obtener como merecido premio el éxito. Todos hemos puesto, sin duda, nuestros pensamientos en la Humanidad y en la Patria. ¡Que estos supremos intereses á quienes servimos premien á mis colaboradores, porque yo desisto de cumplir un deber que supera á mis recursos!

La información que he practicado no ha sido, ni podía ser, todo lo amplia y completa que convendría á una materia de esta importancia. Con respecto á sus alcances, me he contraído á comprender los puntos más esenciales de mi estudio, en un cuestionario que tenía tan solamente las doce preguntas que luego siguen.

No siendo mis intenciones escribir una obra de carácter histórico, como las de D. Adolfo de Castro, D. José Amador de los Ríos y otras varias; ni un libro de erudición literaria, como los cancioneros, antologías, centones... que brotaron ya de la ga- llarda pluma de D. Marcelino Menéndez Pelayo y D. Abraham Danón, ó preparan hteratos del fuste de D. Antonio Sánchez Moguel y D. Ramón Menéndez Pidal; ni una relación episódica de curiosidades, impresiones y amenidades de cronista, sino un libro de reintegración nacional, de proselitismo sobre uno y otro pueblo, de atracciones y simpatías, bastaban á mi propó- sito los sencillos datos que en ese cuestionario se solicitan.

Hele aquí:

1.0 ¿Hay hebreos sefardim en esa ciudad donde usted vive? ¿Cuántos son? 2.0 ¿Hay en esa nación otras ciudades donde habiten israelitas espa- ñoles? ¿Cuáles son? 3.° ¿Cuál es el estado social de los israelitas españoles

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que hay en esa ciudad donde usted vive? 4.° ¿Ocupan muchos altas posi- ciones: como el gobierno, la milicia, las cátedras, la jurisprudencia, la me- dicina, la banca...? 6.° ¿Qué periódicos se publican en esa ciudad, en idioma judeo-espafiol? 6.° ¿Cuántas escuelas hay y quién las sostiene: el gobierno, Francia^ Alemania, etc.? 7.o ¿Se enseña judeoespañol en las escuelas? 8.0 ¿Se conserva bien el judeoespañol, ó se pierde por el uso de otras len- guas? 9.0 ¿Aceptarían con agrado y simpatías los sefardim de ahí relaciones con su antigua patria española? 10. ¿Sufren los israelitas en esa nación leyes de excepción, persecuciones? 11. ¿Cuáles son las comunidades de rito sefardim y los centros intelectuales á quienes se pueden mandar libros, revistas, periódicos...? 12. ¿Cuáles son las librerías de esa población donde se venden las publicaciones israelitas?

Con respecto á su extensión geográfica, no he podido rela- cionarme, en el tiempo transcurrido, con todas las regiones donde hay colonias y familias de origen español. Con más tiempo y una correspondencia mejor montada, hubiera quizás completado el esbozo de distribución topográfica que aparece en el comienzo de esta obra; pero no lo he hecho por muchas razones cuya exposición omito. Aquí basta con advertir que urgía cerrar ya el período de información, y que he considera- do no importaba cosa mayor á nuestros fines redondear y apu- rar este conocimiento. Nuestro principal interés se contrae á ofrecer á España un ensayo de la distribución que presentan sus hijos expatriados, entre los pueblos del mundo, y esto creemos haberlo conseguido en términos algo satisfactorios.

La obra toda la dividimos en tres partes:

!.''■ Examen del pueblo sefardí en general.

2.'"^ Estudio regional de los sefardim que hay en el mundo.

3.^ Relaciones futuras de España con sus antiguos hijos. Este libro, por lo demás, tiene la mismo orientación y des- arrollará idénticos fundamentales motivos que tuvo y desarro- lló el anterior, intitulado Los israelitas españoles; el cual fué no más que un ensayo hecho sobre la materia, y un modo de comunicarnos y obtener datos de los centros sefarditas del mundo. Contendrá un mayor y más acertado conocimiento de la cuestión, y además un análisis algo severo de la crítica que por una y otra parte, israelitas y españoles, se hace y puede oponer á la obra nacional que hemos emprendido.

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Hablamos principalmente para nuestro país, y aspiramos á realizar, al propio tiempo que una obra de información y de ■crítica, una misión evangélica y sugestiva, creando en España aquel estado de conciencia pública, que es como el terreno donde se han de construir las edificaciones y cultivar los frutos que deben constituir los futuros intereses de ambos pueblos. Esta materia es como nueva en nuestra patria, la cual olvidó completamente á sus liijos expatriados; de igual modo que estos olvidaron en absoluto á su antiguo país. Semejante rompimien- to y total incomunicación causaron lo que era de rigor que su- cediese, es á saber: un mutuo y lamentable desconocimiento. Los sefardim tienen un concepto equivocado de España. Así <íomo su jerga actual es el idioma que sacaron en 1492, pero corrompido; de igual suerte la noción que tienen de nuestras costumbres y Gobiernos es la desdichadísima que llevaron del país de Torquemada. Y esto debe ser rectificado, por culto á la exactitud de los hechos y por conveniencias de los nuevos tratos.

De la propia manera España desconoce el número, calidad y significación de los sefardim actuales. Las más cultas y ad- vertidas personas con quienes hemos hablado sobre este parti- cular, aun aquellas que más habían viajado, y tenían fundados motivos para conocer algo del pueblo judío español, se han maravillado de nuestras referencias, como si pintasen descu- brimientos de un país desconocido. Cuando de estas altas ca- pacidades descendemos á las regiones sociales inferiores, ha- llamos todavía una más lamentable ignorancia y un desdicha- dísimo concepto abstracto de lo que significa la raza judía, tomado en las tradiciones, en las propagandas de los fanáti- cos y antisemitas, y en los textos de algunos historiadores adocenados y maldicientes, quienes se han dado el gusto de propalar errores y necedades. La historia seria, culta, honda y desapasionada, debida á plumas como la de los Sres. Amador de los Ríos, Fernández Alonso, Pérez Guzmán... y otros, esa no ha pasado al común de las gentes en los términos debidos, y no ha constituido, por tanto, la opinión general que debe existir. Tal es la razón por la cual, respetando en absoluto los -dominios de la historia, y sustrayéndonos completamente á

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discusiones y críticas que no corresponden á la finalidad de- este libro, expondremos las rectificaciones por que ha pasada nuestra indi\ádual y propia conciencia, como un medio de contribuir á lo que demanda la justicia. Cuando fuimos niños creímos también que los judíos formaban una raza abomina- ble, con todos los horrores intelectuales, morales y hasta orgá- nicos, incluso el desarrollo del apéndice caudal, que almas ignorantes y simples nos contaban. Fueron necesarios larga existencia, viajes numerosos y lejanos, estudio de la vida de los pueblos, desastres nacionales y un deseo ardiente de servir á la Patria, al Progreso y á la Humanidad, para borrar de nuestro ánimo tantos ridículos y perjudiciales errores, y reem- plazarlos con nociones exactas y útiles sobre Israel. El camino que hemos recorrido en esta rectificación ha sido un poco largo, y cuando tendemos la vista por nuestra España y exami- namos las manifestaciones de algunos de sus hombres, vemos que también otros aparecen en lugares distintos de ese mismo recorrido; y que hay todavía intelectuales, historiadores y hasta catedráticos, que son muy buenos padres de familia, excelentes amigos y corazones generosos, pero que se hallan en los co- mienzos de esa trayectoria. Y es natural: las preocupaciones mo- rales de este error les impiden ver con claridad y evangélicos sentimientos cuanto tiene, solicita y merece, ante el derecho pú- blico moderno, un pueblo extraordinariamente interesante por su historia real, sus condiciones étnicas y sus desventuras sin cuento. Confiamos en que muchos seguirán nuestro ejemplo, con lo cual podrán ya remontar un poco la vista y el examen, para realizar serenamente nobles y piadosas investigaciones dignas de la bondad de su alma y de la cultura social moderna.

Vamos á cerrar este prólogo apuntando sólo alguna re- liexión acerca de un motivo delicado que juzgamos conve- niente abordar. Vacilamos algo al principio sobre hacerlo, por- que no faltarán quienes lo juzguen imprudente y desusado; pero la índole de nuestra campaña, algunas insinuaciones pú- bhcas y particulares que ya hemos podido advertir, y el temor que nos han apuntado dignas personas, pues no todas se hallan

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siempre fortalecidas con el valor cívico y la entereza que re- quieren las firmes convicciones y discutidas causas, nos han decidido á echar por delante este asunto, aun afrontando la brutal malicia de aquel principio: excusatio non petita..., etc. Hablamos del oro judío.

Arranque la humanidad de toda la primitiva bestialidad que se quiera suponer, nosotros creemos de ella que es buena en general; que están en mayoría los seres de sanos sentimien- tos, y que aun de entre los clasificados como malos, los más nos corresponden por derecho propio á los médicos, en calidad de sujetos enfermos. De los tres grandes grupos en que dividi- mos moralmente á las personas: buenas, malas y enfermas, hace años que la experiencia de la vida y los estudios médicos nos van ensanchando á diario el primero y tercero, y achicando el segundo. Sobre todo, el traspaso del segundo al tercero lo viene reahzando nuestra conciencia con muchos degenerados; cuya terapéutica, por razón de un concepto patogénico incierto, aiin no ha sido convenientemente formulada, y mucho menos impuesta.

En todas partes hay hombres venales y corrompidos; aun- que muchas veces la necesidad y el derecho á obtener de las actividades humanas medios de subsistencia, autorizarían á estimar como escrupulosamente correcto y legítimo un pago que la rutina y la pasión censuran. Pero, con todo, por lo que nos incumbe, justo creemos proclamar que España es uno de los paí- ses donde la venalidad y el interés son menos frecuentes; y don- de, cuando existen, se muestran con menos exigencias. Todavía aquí hay ideales, convencimientos, entusiasmos; y éstos indu- cen á pelear por la doctrina y el bien humano que de ella se espera. Lo cpe desgraciadamente sucede es que, por \-icios de educación y por orientaciones históricas desacertadas, esos móviles espirituales son con frecuencia equivocados y funestos; y cpe todo se juzga con malicia.

Mi fraternal amigo el Dr. Tolosa Latour, que es un altruis- ta culto, con vocación siempre consagrada á la protección de la infancia, hace ya años que viene trabajando la creación de un sanatorio para niños en Chipiona (Cádiz;, en cuya empresa un poco le ayudamos algunos amigos. Y con tal objeto, realiza una

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labor tenaz, molesta y costosa, para reunir fondos, construir paulatinamente el edificio y mantener el escaso número de ni- ños escrofulosos que hoy allí existe.

Cierto día hablaba nuestro distinguido amigo con otro que lo es suyo, quien alardeaba de avisado y de social; y expo- niéndole las dificultades, gastos y sinsabores que le ocasionaba la empresa que perseguía, se suscitó el siguiente diálogo:

No creo que sea un negocio eso.

Es que yo no busco un negocio respondió con viveza To- losa Latour.

Su amigo, mirándole con fijeza y con expresión volteriana, repuso:

No lo entiendo.

Pues lo siento por usted exclamó algo amoscado el doctor

¡Eso es una ofensa! replicó aquél con viveza, sintiendo el aguijón del reproche. ■*

No que envuelva ofensa el que yo lamente carezca us- ted de aquellos desinteresados sentimientos de amor á la niñez, á la patria y á mi profesión, que usted no concibe pueda te- ner yo.

Merecida fué la réplica que dio mi amigo; pero hubiera sido más exacta la primera respuesta si hubiese contestado que sus esfuerzos, disgustos y sacrificios por servir á la primera infan- cia, buscaban un espléndido negocio: cual era la satisfacción in- mensa y el gozo inefable de servir á los necesitados; de hacer el bien á manos llenas, entre los seres más adorables de la hu- manidad, y de cooperar al engrandecimiento de su patria des- arrollando instituciones bienhechoras, fundamentos de cultura y de salud, base de prestigios púbhcos que anhela todo ciu- dadano.

Y que realizar esto cuando se tiene un alma buena, patrió- tica y sabia, es aquistar bienes espirituales infinitos, placeres supremos, alegrías y estremecimientos de íntima y espansiva fehcidad, que á la postre recompensan con creces las activida- des y los afanes aplicados á su logro, y valen más que el puña- do de pesetas con que aumenta su numerario el hombre mo- desto y honorable.

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A obtener esta recompensa preciosa invitamos, con nuestra •campaña, á las muchas buenas almas .que sienten latir en su pecho un corazón que ama á la humanidad, á la patria y á los desgraciados, y tienen un cerebro que remontando su examen y sus determinaciones del antro donde gruñen, rabian y destrozan con diabólicas iras y condenables extravíos las enfermedades del alma que se llaman fanatismo, intransigencia y sed de lu- cha, los lleva á esa otra región serena y piadosa, donde se ven confundidas todas las reÜgiones en un mismo destino; en una sencilla fórmula y en una sublime atracción; la que expresa •elocuentemente nuestro Pérez Galdós, en el final de su inspi- rado drama El Abuelo, cuando, tras luchas dolorosas entre im- pulsos de bondad y de fanatismos sociales, toma el altivo León de Albrit en sus brazos á Doli, ser desgraciado y cariño- so, y abre nueva vida y descubre nuevo mundo á las angustias de su corazón, gritando: -¡Amor, la verdad eterna!»

Otra declaración, y acabamos.

Nadie tiene por qué indagar nuestra filiación religiosa: la publicamos, desde luego.

Somos cristianos; descendemos de cristianos viejos, y espe- ramos que nuestros hijos practiquen la religión de Cristo, en la cual fueron educados.

Pero la rehgión del Crucificado es de paz, de caridad y de esperanza; no de guerra, de sevicia y desesperación. En esto se diferenciaron esencialmente el cristianismo y el islamismo.

Mahoma no predicó, sino que impuso con sus ejércitos. Jesucristo jamás impuso, sino que persuadió con su palabra. Mahoma enarboló el estandarte del guerrero y paseó sus hues- tes asoladoras por los pueblos, blandiendo las tajantes cimita- rras tintas en sangre. Jesús mandó sus apóstoles entre los gen- tiles como ovejas entre lobos, y ordenó á Pedro que envainase la espada apercibida á la defensa.— Mahoma dijo en el Corán: «Cuando encontréis á los infieles combatidles hasta hacer grande mortandad, y apretad los hierros de los cautivos que hayáis hecho.» Jesús dijo en el Calvario, donde pereció huma- namente, que moría por el consuelo y la gloria del género

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humano, y que su padre era el Dios del perdón y de la miseri- cordia.

Así, pues, sinceramente advertimos que esta obra aspira á la reconstitución y al engrandecimiento de la patria, por los ca- minos del amor y de la esperanza; y que á su logro acomodare- mos la doctrina y el estilo.

SEFARDISMO EN GENERAL

CAPÍTULO PRIMERO

Sefarditas y Aschkenasitas. Aristocracia sefardita. Su belleza étnica, Errores y supersticiones vulgares. —La consaguinidad hispano-judía. Distribución geográfica de los sefarditas en Europa, África, Asia y América. Multiplicación providencial de la raza. Ideas generales sobre su censo.

Sephard, ó sefarad, es un vocablo que designa en lengua hebrea á la península ibérica: á Castilla, Aragón, León, Nava- rra, Portugal..., y derivados de él son los nombres sefardim, sefarditas ó sefaraditas (1) pues de estas tres, y aun de otras maneras le hemos leído con los cuales se expresa la naciona- lidad histórica, ó procedencia, de una gran rama del pueblo hebreo: la española y portuguesa. La otra rama es llamada aschkenazim, asJcenasim 6 asquenasitas; y designa á los israeli- tas establecidos en países germanos y eslavos.

Ambos nombres expresan además, por ampliación, los dos grandes ritos, ó sectas, en que se divide la religión hebrea; y sucede, por mezclas geográficas naturales, que á veces hay entre los hebreos de rito sefardita algunos que no son oriun- dos de Iberia, sino que proceden de otros lugares.

(l) Siendo .sefardí el singular hebreo, al españolizarse este vocablo nuestro plural debe ser sefardíes, ó sefaradíes. Las palabras rubí, bisturí, borceguí, hurí, etcétera, hacen rubíes, bisturíes, borceguíes y huríes.

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Por regla general los sefarditas son de origen español, y hablan castellano; pero acontece también en algunas regiones que, con el transcurso del tiempo 3' el predominio de los idio- mas indígenas, aquél ha desaparecido. Así se observa, por .ejemplo, en el interior de Marruecos, y algunas poblaciones de Siria y de Palestina, donde los hebreos descienden de los expulsados de España, practican el rito sefardí^ y hablan solamente el árabe ó el turco, desconociendo en absoluto el casteUano. Sin embargo, todavía alh usan, en ciertos actos re- hgiosos, algunas oraciones y frases, ó formulan algunas ofertas en español, las cuales vienen á ser (según expondremos más adelante) rarísimos vocablos fósiles que atestiguan la existen- cia, en remotos tiempos, de una lengua viva ya desaparecida, sin dejar más que ese leve rastro.

Esta degeneración en el idioma y aquella mezcla en la raza, contribuyen á dificultar más todavía una tarea de suyo muy difícil, por la extraordinaria dispersión del pueblo israelita: tal es la formación de un censo, que registre con alguna exactitud la totalidad y las proporciones de una y otra rama del pueblo judío; las cuales se diferencian algo en su culto y á veces mucho en su tipo antropológico.

Por lo que atañe al primer punto, ó sea el culto, contestan- do el Reverendo D. Emilio Levy, gran rabino de Bayona, al ilustre publicista sefardí D. Enrique L. León, de Biarritz, con motivo de una pregunta hecha á ruego nuestro, dijo que entre el rito sefardita y el rito alemán no hay diferencia alguna esen- cial. Lo que distingue ambos ritos es lo siguiente: 1.° La ma- nera de pronunciar el hebreo. 2." Las oraciones y antiguas poesías reügiosas, agregadas respectivamente al culto de uno y otro rito por los poetas españoles y alemanes; siendo es- timadas, como si procediesen de una inspiración superior y de una lengua más pura, las composiciones de los poetas españoles sobre las de los alemanes. 3.° Que los israehtas de rito sefardí originarios de España, pretenden ser de una proceden- cia más noble que la de sus correligionarios alemanes, y re- montan su origen á la tribu de Judá. Por esto la comunidad de Saint Esprit, de Bayona, procedente de España, se llamaba antiguamente: Nefoces Jeuda; es decir: Los disjyersos de Judá.

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4.'' Que los israelitas sefardim, por haber gozado durante algu. nos siglos de una mayor libertad y de una más alta considera- ción que sus desgraciados hermanos alemanes, envilecidos por las persecuciones y humillaciones de todas clases que padecían, pasaron siempre por ser mas distinguidos, más caballerescos física, moral é intelectualmente considerados; diferencia que tiende mucho á desaparecer en nuestros días, por el ambiente social donde va desarrollando su vida el pueblo judío. 5.° Las costumbres privadas, singularmente en materias de cocina, bodas, visitas, tradiciones..., etc., las cuales corresponden á las distintas procedencias de ambas ramas. Y 6.° La música reli- giosa, que es diferente también en ambos ritos: la sefardita es más melodiosa, más dulce y se parece mucho á nuestras ca- dencias andaluzas, especialmente las malagueñas.

Esto de la nobleza de la rama española es uno de los rasgos característicos de los sefardim y de los que más pueden enor- gullecer á su antigua patria, bajo tal aspecto. En su Essai ■■mr l'Histoire des lsrnélite.'< de I' Empire Ottoman, Moisés Franco, nuestro apreciable correspondiente de Demotica, afirma que todos los israelitas dispersados por la superficie de la tierra es- taban igualmente conformes en reconocer una especie de no- bleza en sus correligionarios españoles. Y añade que, aunque muchos judíos aschkenazim hubiesen sido expulsados por en- tonces también de diversos países, su infortunio no era nada comparable al de sus hermanos españoles; porque mientras aquéllos se habían endurecido en el sufrimiento, en los insul- tos y en los males tratos, los sefardíes se hallaban habitua- dos á todas las comodidades de la vida y á todas las dulzuras de la patria. ¡Por esto les pareció más cruel su destierro!

Si el lector examina luego las cartas de distinguidos israeli- tas que pubHcaremos en la segunda parte, verá con cuánta frecuencia y desde cuan distintas comarcas se revela este sen- timiento de nobleza y de excelsitud paradisíaca de la tierra española. Esa encopetada hidalguía castellana, que todavía hoy mismo, cuando \ásitamos pueblos y recorremos caseríos, palacios, palacetes y casas solariegas de nuestras pro^*incias, vemos se halla difundida por todas partes: Gahcia, Asturias, Vizcaya, Navarra, Aragón, Andalucía, etc., etc., sí, esa rancia

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nobleza, se encuentra frecuentemente elevada al cubo por las magnificencias que sugieren un culto religioso y una sangre real, entre ios descendientes de nuestros antiguos hijos, y les induce á evocar los blasones de su abolengo hispano.

He aquí, por ejemplo, una nota sobre nobleza, como se po- drían publicar muchas semejantes:

En la página 141 del Sefer- Yoliassin (edición de Varsovia) se lee que Hezkia, nieto de David Ben Zakai, sucedió en 1037 de J. C. á Hai Gam como presidente de la Academia de Pom- beditáh. Calumniado ante el gobernador de la provincia donde residía, fué preso y despojado de sus bienes. Entonces sus hi- jos se refugiaron en Granada, pero saqueada esta ciudad por una invasión de los almohades, uno de los hijos de Hezkia se refugió en Zaragoza. Se casó aquí y tuvo dos hijos, uno de los cuales, Ribi-Hya-ben-Al-Daoudi, murió en Castilla, y fué ente- rrado en León en el año 1153 (4914 de la Creación). Después, cuando la expulsión de los Reyes Católicos, los descendientes de esta familia se refugiaron en Marruecos, donde aún existen sus tumbas. Desde aquí los Al-Daoudi emigraron á Safed.

Como venimos diciendo, con razón, ó por prejuicio infun- dado, se halla bastante acreditada la especie de que existe di- ferencia entre los sefardim y los askenasim; y así lo creen no solamente individuos de la primera raza, sino hasta escritores, tratadistas y viajeros, cuyo juicio no tiene por qué ser apasio- nado. Prescindiendo de examinar los judíos de uno y otro rito en aquellas poblaciones y circunstancias sociales donde las di- ferencias aparecen determinadas por motivos accidentales y económicos, extraños á los impulsos de raza, y apreciándolos donde las condiciones extrínsecas pueden considerarse seme- jantes, quizás ningún centro israelita sea tan adecuado para juzgarlas comparativamente como la misma ciudad de Jerusa- lén, doude se mantiene hoy, al amparo de leyes turcas y de capitulaciones internacionales, una población israelita abiga- rrada, numerosa, oriunda de muy apartadas y contrapuestas na- ciones, influida por hondos y arraigados sentimientos, y des- arrollada en un medio social apropiado; lo cual permite que se ]>roduzcan sus diferentes comunidades con entera naturalidad, y se manifiesten con sincera y expresiva elocuencia. Pues bien;

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de las dos sectas que allí se juntan y disputan la supremacía, dice Duc Omercy que, entre los sefardim, hasta los más pobres cuidan de sus cuerpos, y nunca tienen la barba despeinada, ni el cabe- llo en desmelenados tirabuzones. Las mujeres brillan por su limpieza y muestran una apariencia gallarda, habiendo conser- vado el andar gracioso y fácil de las sicilianas. Gustan de los colores vivos, el adorno y los perfumes; anchas cadenas de oro adornan su busto, ricas pulseras ciñen sus brazos, brillantes anillos resplandecen en sus manos, grandes broches refulgentes lucen en su pecho y adornan su garganta collares de ámbar, sin los cuales nunca se las ve; demostrando con ello que perse- vera el gusto de la española, la cual, así en lo antiguo como en lo moderno, fué muy aficionada á esta joya de su tocado. Sola- mente las viejas, las mujeres más ancianas y ortodoxas, llevan todavía aquellas capuzas negras de terciopelo que debían ser- iar á las jóvenes para recoger y ocultar sus cabellos, cuando llegaban á la doncellez. Hoy, según parece, la coquetería feme- nina ha triunfado de la austeridad en que se inspiraron las an- tiguas instrucciones del Talmud; porque la toca de seda ó de batista, deja ver las líneas ondulantes de cabelleras negras como el ébano, ó los áureos bucles, luciendo reflejos y matices se- ductores, á veces con esos encendimientos de fuego que entu- siasman á los pintores de asuntos bíbhcos. De cuándo en cuán- do se oye entre estas mujeres sonidos puros, frases españolas, que son pronunciadas por un órgano sonoro y claro como el cristal. España, su patria añade Duc arrojó desdeñosamente á los sefardim; pero no obstante tan largo destierro les ha lle- nado de tal modo con su espíritu, que bien merecían quedar hijos adoptivos. Después de más de cuatrocientos años vemos, en estos fugitivos, retratos fieles de particularidades y costum- bres españolas.

Mas dejando para otro escogido lugar seguir la narración de estos graciosos juicios y gallardas descripciones, que lison- jean nuestro patriotismo, y llevando el examen á los askenasim, los pinta como testarudos y salvajes, intolerantes contra todo lo que difiere de sus tradiciones y preocupaciones, y contra todo lo que se aparte de su secta. La ciencia es perversa; lo que se aparta del Talmud es blasfemo; destierro y maldición

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profieren á menudo, con ensañamientos superiores á las maj'^o- res intransigencias de la Congregación del índice. Retirados absolutamente de la vida moderna, enemigos de todo progreso y tolerancia, vanidosos con su traje grotesco, sus apariencias de alquimista y su orgullo de pueblo superior y escogido, no han modificado su caftán, su abandono, su desidia, su capa fo- rrada de pieles (susia), su nuca afeitada, ni aquellos hurles de sus cabellos, uno á cada lado, que eran estigma con el cual se les obligaba antiguamente á diferenciarse de los árabes.

Sea más menos exacto este paralelo, y aun admitiendo aquellas atenuaciones y salvedades con que el buen sentido

debe apreciar juicios de tal suerte formulados, parece una verdad inconcusa que los sefardim encarnan la be- lleza superior del pueblo ju- dío, lo mismo en las bíbli- cas comarcas de Palestina, que en las templadas costas de Macedonia; así en los lu- josos salones de Viena, como en las atrasadas urbes de Ma- rruecos.

Ya en nuestro primer libro Los israelitas españoles tuvi- mos ocasión de atestiguar la belleza indiscutible de la ra- za en la aristocrática y refi- nada capital de Austria, don- de la mujer hebrea se lleva la palma por el juicio común

FiG. 3." María (Micca) Gross Aloalay,

distinguida sefardí nacida en Sarayevo

(Bosnia). Sus antepasados fueron orinn-

dos de Alcalá de Henares. Viste traje de

aldeana de Estiria.

de personas imparciales; y también registramos la opinión del ministro americano Caroll Spence acerca de las sefarditas que viven en la ideal Cons- taütinopla; y justo es consignar que parecidos elogios se tri- butan á los judíos españoles que viven en otros parajes, siem.

pre como descendientes de nuestros exilados hijos. Convir- tiendo la atención al primero y más populoso centro sefar- dita del mundo, á ese animado puerto de Salónica, que orean las templadas brisas del mar Egeo, á las cuales perfu- man los efluvios del armonioso concierto de las islas Cicla- das, las costas del Asia Menor, la Tesalia y la Morea, es decir, toda la paradisíaca región del mundo donde tuvo su des- arrollo la cultura helénica, y se entronizó el reinado de la forma, de las proporciones y de la armonía; allí, en aquel ve- nerado suelo consagrado con templos inmortales erigidos á las sublimes encarnaciones de la belleza, se encuentra un testimo- nio de esta verdad.

El Dr. Adolfo Strauss, espiritual y sabio escritor, dice en una de sus numerosas relaciones de viaje, que siempre, y cuando sus viajes á Oriente le llevan por Salónica, se siente tocado de una viva admiración por los judíos españoles, efecto de dos motivos: su belleza física y su constancia en las tradiciones. Cuando pasan delante de dice— estos hombres fuertes, mus- culosos, de elevada estatura, dfe un exterior agradable, cubierta la ca- beza con un bonito fez, encuadra- do el rostro con una barba patriar- cal, me parece que han resucitado los tipos del Viejo Testamento. Entre los 50.000 ó 60.000 judíos de Salónica no hay una sola figura deforme ó degenerada. El hamal que lleva, jadeante, sobre sus es- paldas fardos pesados, está dotado de un exterior tan agradable y lleno de dignidad como el más rico de sus correligionarios.

Atribuye esta pureza admirable de la raza á lo excepciona- les que son los matrimonios mixtos. Desde su exilio de Iberia, los judíos de lengua española se casan exclusivamente entre ellos. Hijos de Israel que dejaron el país de los hidalgos se

FiG.4.

Israelita española de Sa- lónica. Tipo popular.

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refugiaron también en otras comarcas, como Alemania, Francia y Polonia; mas algunos perdieron su tipo característico por las

mezclas, y están hoy en su ma- 3^or parte degenerados y mez- quinos.

Pero sinceramente decla- ramos que no nos atrevemos á seguir por este camino, pues te- memos incurrir en grave razón de descrédito por exponer una belleza que repugna á prejui- cios Y pinturas aquí secular- mente expuestos; y como desea- mos que siempre y cuando pre- sentemos unas buenas cualida- des manifestemos no olvidar la razón ó sin razón de los defectos contrarios, por otras opiniones mantenida, no debemos ocultar que dicha descripción es preci- samente el reverso de la meda- lla con que procuró presentar á estos nuestros hijos buen nú- mero de publicistas, que se die- ron el gusto de aumentar con los suyos el inmenso depósito de escritos saturados de grose- rías, insultos y menosprecios disparados contra el llamado pueblo lepra.

Freseur^ y desahogo necesitamos, con verdad, para hablar así cuando unte la vista tenemos un libro que contiene nada menos ([ue apuntes ¡^ara la ferfZaáera (así, la verdadera) histo- ria de los Judíos en España, impreso en 1<S91, es decir, hace po- cos años. Este hbro, en su página í)4, los presenta Adanes des- nudos, sin más prenda que el bolsón del rojo Judas caído so- bre los cuartos traseros, para ocultar el célebre aditamento, ó ra- badilla, que distingue á los individuos de la raza; y en la pági- na !ll> describe su voz, gangosa y gutural unas veces, y otras

FiG. ñ.' Blanca Canetti, esposa de M. Presente, distinguida israelita es- pañola de Burgas (Bulgaria). Habla seis idiomRs y frecuentan su palacio las más ilustres personas de la ciudad.

afeminada, hasta causar náuseas, pero siempre repugnante, hablando con muecas y cliirridos de mono; y en la 159 dibuja su rostro también repugnante, y en la 161 advierte la existen- cia incurable en su cuerpo de hedores y lepra, á pesar de las abluciones y baños cuotidianos con que se limpian, etc., etc.

Y no sabemos ciertamente cómo sustraernos á la sugestiva información de un individuo del Cuerpo diplomático español, quien atestiguando el desdichadísimo sentido con que repre- sentantes y agregados nuestros, aun entre los más simpáticos, han estudiado los serios problemas internacionales y la pobrí- sima defectuosa literatura con que acerca de ellos ilustraron á la nación (salvas honrosas excepciones), hace de los judíos de Constantinopla pintura muy desdichada, en una Memoria que á la mano nos sale entre puñados de cuartillas. Ni cómo sus- traernos, en fin, á aquella otra despectiva crónica de viaje, pu- blicada años ha en uno de los diarios más aristócratas y vene- rables de España, la cual fué gallardamente respondida por el ilustrado corresponsal de Le Temps, en Tánger, D. Abraham Pimienta, y donde se repetía lo que dijo el segando, y el pri. mero, y... otros. Así como de igual modo todos suelen caer en la rutina de evocar al despiadado y cruel Shylock, de El Mercader de Venecia, esa fantástica creación del inmortal dramaturgo in- glés, presentándole muchos como modelo de todo judío para relevar y plasmar mejor sus caprichosas y generales invectivas contra la raza proscripta.

Nos confesamos creyente de cuanto se dice, y de mucho más que todavía no acertó á exponer el profundo y secular menosprecio que á los exaltados inspira esta raza; porque con- sideramos que las flaquezas y extravíos del hombre darían ejemplares sobrados para esas y otras más nauseabundas des- cripciones, si los escritores se echaran á buscar, ó á concebir, miserias y monstruosidades anatómicas, sociales ó morales en el pueblo de Israel.

Hemos visto en los barrios de Balata y de Hasckeu}^ alber- gues y callejas de asquerosísimo aspecto; en las galerías del Gran Bazar de Stambul y en las márgenes del Cuerno de Oro, buhoneros y camelots molestísimos y de aspecto nada honora- ble; en plazoletas de Bucarest, desarrapadas jovenzuelas, etc..

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pero se uos creerá también si afirmamos que esto y mucho más, hemos visto en las elegantes barriadas de Londres, París, Bu- dapest y Roma, sin que tuviésemos por qué cargar á la cuenta del pueblo israelita la novedad exclusiva de tan feos hallazgos.

Una de las causas que más anublan la inteUgencia humana, y por ello más retardan la evolución moral y hasta la científica de los pueblos, es el malísimo sentido de las proporciones con que Dios dotó al hombre; por lo cual nuestro juicio marcha ordinariamente desencajado, conduciendo los juicios y las res- ponsabilidades por los más desatinados discursos. Sea el fana- tismo, sea la pasión, sea la excentricidad, sea la ignorancia, sea un misterioso apego á la paradoja, sea lo que fuere, ello es que desde los más intelectuales á los más ignaros, todos propende- mos á generalizar las rarezas, amplificar las minucias y discu- rrir los absurdos, y que rechazamos, como impropio de nues- tros superiores alcances, aquel sencillo, mesurado y fiel discer- nimiento que descubre las proporciones justas y los análisis exactos. Importa poco que la experiencia luego nos acuse por tanta injusticia, que los perjuicios nos castiguen por aquel error, y que las enemigas suscitadas nos maltraten y adolezcan la existencia; aguantaremos impertérritos el daño, defendere- mos tenaces nuestros desatinos y lo haremos todo antes que dar el brazo á torcer, reconociendo noblemente nuestro error y nuestra terquedad.

Los españoles somos un pueblo mal conocido y peor juzga- do, y con fundamento nos indignan todas las majaderías que de nuestras costumbres, carácter y condiciones se propalan; y sin embargo, hacemos con los demás pueblos lo mismo exac- tamente que tanto nos subleva y nos irrita cuando se refieren á nosotros. Recuerdo que nuestros viajes por Francia, Portugal, Inglaterra, Italia, Turquía, nos produjeron siempre, sin excep- ción de una sola vez, un mismo efecto, á saber: la rectificación de leyendas disi)aratadas y ridiculas, y el poder levantar sobre las ruinas de aquella fábula infantil forjada por lecturas necias, una creación más seria, más humana, y por consecuencia, más digna de respetos y cariños, y de ser aportada á los ulteriores discursos de la vida.

Mi hijo, el Dr Pulido Martín, cuenta, en la segunda de su&

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■Cartas vienesas publicadas en El Siglo Médico, cómo recién llegado á Viena, adonde fué para cursar estudios de su profe- sión, conoció en los hospitales á un doctor muy amable, quien apenas supo que era español qui- so relacionarse con él, y le invitó á ir por su casa, para presentarle á su esposa. Era ésta una señora amabilísima, ilustrada, que había leído mucho y viajado bastante, pero que conocía mal nuestro país. En la primera visita, al de- cirla su esposo, en francés: «Aquí te presento á un colega español», exclamó asombrada y mirando de hito en hito al presentado: ¡Español!; pero ¡es usted espa- ñol!— Yo (dice mi hijo) sin inmu- tarme contesté que sí, que era es- pañol. Pero como seguía asom- brada, y me miraba más y más con muy sostenida y, por lo ex- traña, algo molesta curiosidad, llegué á picarme un poco, y en- tonces le dije sonriendo: «Señora, como usted ve, lo españoles somos lo mismo que las demás personas, y solamente nos dis- tinguimos de los que no lo son, por el sitio del nacimiento, que es España.» Y añade que, con tal motivo, le hizo luego infinidad de preguntas sobre si sabía tocar la mandolina; si en Madrid la gente salía á pie, porque le habían contado que todo el mundo juzgaba deshonor no andar en coche; si cuando fuese á España, lo cual haría con motivo del Congreso inter- nacional de 1903, podría tomar café con leche, pues no habría leche de vacas, porque todos eran toros..., etc.

Ciertamente que mi hijo no tenía razón en sorprenderse de estas noticias sobre su patria, pues pudo recordar que en 1900, paseando por la Exposición universal de París, ciudad algo más próxima á España que lo está Viena, un portador del fauteil roulant donde iba mi madre política, ai ver una mujer

FiG. 6."— Juana Sliak, distinguida

señorita sefardí, sobrina del ilustre

pedagogo Moisés Fraseo, de Cons-

tantinopla.

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de color negro, con un niño en brazos, creyó poder mostrarse bien informado en achaques de razas, y dirigiéndose á él le preguntó:

En España los niños son de ese color, ¿verdad? Miróle algo sorprendido el interpelado, y respondió al punto con la mayor seriedad:

Sí, todos nacen negros; pero como los lavamos en seguida, se ponen blancos.

Nuestras impresiones personales acerca del físico de los sefarditas es que semejan exactamente el tipo español. Como sucede en todas partes, los ha}' altos y bajos, rubios y morenos, atléticos y enjutos, nasones y chatos, peludos y alopécicos, suges- tivos y secos, vivos y calmosos. Es se- guro que mezclados con nuestros natu- rales pasarían perfectamente como hijos del país; y que los rasgos fisonómicos de la mayoría recuerdan al punto, bien los de muchos amigos que tratamos, bien los de otras personas que conocemos de lugares públicos; y que no se ve, en fin, mirando sus ademanes, vestidos y aspec- to personal, nada que pueda inducir á señalarlos como de otra raza distinta de la española.

A los que alardean de conocer los judíos solamente por su aspecto, y diferenciarlos de las demás personas, les sometería- mos á la prueba de que fuesen separando los de una y otra raza, en un lote de cien personas, confundidas mitad por mitad; y es evidente que acertarían en unos y se equivocarían en otros, hasta que concluyesen declarando: que no había rasgos étnicos diferenciales bastantes á establecer una distinción for- mal, y que sus indicaciones no tenían más fundamento que el capricho, la preocupación, ó inexplicables intuiciones del examen.

Si de estas consideraciones acerca del aspecto exterior nos remontamos al misterioso problema de la pureza de la sangre, parócenos más imposible todavía marcar diferencias. Ignora-

ría 7.a -Sra. Zahara Pin- to, distinguida dama de Casablanca (Marruecos).

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mos si los que se hallan impuestos eu investigaciones genealó- gicas, tendrán medios científicos para descubrir las diferencias que puedan existir entre la sangre del cristiano viejo y la del judío; por lo que toca á los hemo-análisis que practican nues- tros laboratorios fisiológicos y clínicos, cabe asegurar que no han llegado á realizar tanta maravilla. En el campo del mi- croscopio, en el tubo de ensayo y en las imágenes espectrales, la gota de sangre tomada á la vena de Jacobo Levy se compor- ta exactamente igual que la de Juan Pérez, habida cuenta de otras semejanzas nutritivas y biológicas. Si á esto se añade que las primeras inmigraciones semitas debieron venir con los feni- cios, y que esta raza poblaba ya nuestro suelo mucho antes de que Tito destruyera el segundo templo, y paseara por la Vía Apia los cautivos israelitas, como ornamento de su triun- fal aparato lo cual acredita que siendo anteriores á los roma- nos, á los \-isigodos y á los árabes, su contacto y su comercio con el resto de la nación fueron casi como los de unos aboríge- nes—advertiremos lo imposible que es averiguar las mezclas de sangre realizadas entre unos y otros convivientes por el ga- lope de los siglos, las aleaciones de la vida social y el atropello de las afinidades pasionales. Por esto nos parece muy prudente aquel dicho que se atribuye al marqués de Pombal:

Cuenta H. León, en el final del primer capítulo de su nota- ble obra Histoire des juifs de Bayonne, que un día José I de Portugal dispuso que todo portugués que tuviese entre sus ascendientes algún grado de sangre israelita llevase un som- brero amarillo. Pocos días más tarde se presentó en la corte el anciano marqués de Pombal con tres sombreros de estos deba- jo del brazo. Sorprendido el Rey le dijo: ¿Qué vais á hacer con esto? Pombal le respondió que deseaba cumplir las órdenes del monarca, pero que no conocía un solo portugués distinguido que no tuviese sangre judía en las venas. Pero dijo el Rey ¿por qué lleváis tres sombreros? Traigo uno para mí, replicó el marqués uno para el grande inquisidor, y otro para si Vuestra Majestad desea cubrirse.

Consigo llevaron nuestra lengua, nuestros romances y sen- tencias, nuestras costumbres, nuestro tipo étnico, las glorias de una cultura judía brillantísima, desarrollada en Granada, Cor-

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doba, Toledo, Alcalá y Salamanco, formando el período clásico de su saber y de su influencia después de la destrucción del templo; el amor á nuestra hermosa tierra «de miel y leche» }' las gallardías elogiadas de nuestro porte; y nos dejaron en cam- bio tanto suyo, que causaría grande asombro el remanente de su herencia si hubiese modo de conocerlo. Apellidos y nombres israelitas lucen en nuestros árboles genealógicos; barriadas su- yas se alzan todavía casi intactas en muchas de nuestras ciuda- des; en sus sinagogas rezan nuestros fieles; de sus vocablos anda salpicado nuestro idioma; sus obras filosóficas, médicas y litera- rias enriquecen todavía nuestra literatura, y formaron por siglos el mantillo de nuestro suelo intelectual; á la epopeya de nuestra Reconquista aportaron sus heroísmos y su sangre; á la vida financiera de nuestras nacientes monarquías, y á la constitu- ción de nuestros derechos públicos, las privilegiadas aptitudes de su raza; y en esas coQtinuas y poderosas nutriciones que realiza la existencia universal, siempre extraña y superior en absoluto á las mezquindades y distingos de la infeliz humani- dad, continuamente rendida á preocupaciones, egoísmos y mi- nucias, sólo Dios sabe cuánto y cómo la circulación de la vida mezcló y confundió, unos con otros, aquellos desventurados se- res de dos pueblos que al destino plugo juntar, retener y con- fundir, durante muchos siglos, sobre un pedazo de tierra, para que unidos lucharan contra el dolor fiero y la tenaz miseria que por donde quiera atormentan al hombre.

Así con verdad dice el docto catedrático Sr. Brieva y Salva- tierra, en discurso que alguna otra vez hemos de traer á cuento, que fuera ceguedad ir contra la ley histórica, según la cual no se asienta un pueblo por siglos en tierra de otro pueblo, sin de- jar mucha razón y memoria de sí.

Con este motivo no hemos podido por menos de leer gusto- sos las sentidas frases con que el Sr. Canetti, de Calarasi (Ru- mania), respondiendo al cuestionario dice así: «Soy extranjero »aquí; nacido en Ruschuk, ciudad situada en el Danubio, an- teriormente turca y actualmente búlgara. Según muchos de »mis amigos rumanos competentes que tengo, me dicen y me >aseguran que los judíos españoles somos en Rumania bien considerados por nuestra franqueza, modestia y aire caballero-

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»so que posedamos; calidades que según dicen no las encuentran »en los judíos alemanes; pues esto ya lo ha dicho un gran es- »cribidor de ellos, un tal Pr. Kayserling, que los judíos espa- »ñoles son nobles de toda la nación judía, siendo ainda pose- » damos la hidalguía española. De nuestra raza frecuentan en »Bucarest la Corte Real y logran á tener todos los derechos civi- les y pohticos que los demás israehtas no los tienen.»

Estas sencillas consideraciones que vamos exponiendo, don- de la erudición rebuscada y la novedad de la idea no procuran, ni pueden embargar la atención del lector, expresan, ó al menos tal se proponen, juicios acertados que tomamos en el centro de ese caudaloso río que supone el discurso de tan grave materia. No en las pintorescas lindes de la corriente, donde cautivan el examen las desviaciones, remansos, monerías y amenidades del agua que brilla mucho y arrastra poco; sino en el centro, donde el curso es sereno, la superficie uniforme, la reflexión especular limpia, el cauce hondo y la masa líquida abundante, es donde preferimos tomar nuestras modestas disertaciones, di- rigidas á corazones sencillos y á lectores de buena fe.

Y con esto cerraremos ya el motivo que trata del aspecto físico y porte de los israeHtas, diciendo que esos hebreos, nuestros hermanos, á los cuales un antropólogo clasificaría como afiliados al tronco de las razas blancas, rama semítica y familia caldea, pueden ostentar perfectamente su semejanza con los españoles, digan cuanto quisieren decir en contrario medido- res de cráneos y de... sutilezas. Y lucen gallardamente gratas apariencias de complexión y de figura, que atraen sobre nues- tro suelo frases y conceptos lisonjeros graciosamente prodi- gados por esos pubhcistas que , al ponderar sus gentilezas, las relacionan con el suelo hispano, donde residieron durante muchos siglos. Que son meras paparruchas y necedades esas otras descripciones, por las cuales se pinta á los sefardim con- forme á la impresión que pueden causar las clases sociales des- heredadas y más inferiores de la raza, como lo serían las que se hiciesen de nuestra raza juzgándola por corrompidos sedi- mentos urbanos, ó por lugareños degenerados en comarcas pa- lúdicas, y en regiones atrasadas, al estilo de las Hurdes. Y que colocando, en fin, los juicios en aquel prudente término medio

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donde deben ponerse, todo espíritu serio ha de rechazar como desatinado, asi el hondo menosprecio que nuestro historiador, nuestro diplomático y nuestro cronista, arriba citados, expo- nen; como aquel otro entusiasmo con que Strauss asegura que en los muchísimos miles de judíos españoles de Salónica, no hay uno solo deformado, ó degenerado; y que el más obscuro cargador del muelle tiene el aspecto agradable y digno del más rico de sus correligionarios. Uno y otro juicio estimamos inexac- tos; pero si hubiéramos de aceptar forzosamente alguno, preferi- ríamos el segundo, porque cuando menos es el reflejo de un alma noble y generosa, mientras que el otro es el vaho nausea- bundo de esos espíritus, cuyas virulencias y morbosidades les obligan á juzgar muy mal estos delicados motivos de la con- vivencia entre razas y religiones.

¿Dónde se halla dicho pueblo? ¿Cuáles regiones ocupa?

Ni del número de los desterrados, ni de los pueblos adonde llevaron sus luctuosas y necesitadas caravanas, hay noticias seguras; lo cual se comprende perfectamente. Se presume, por lo que el buen sentido concibe, la vida social y poHtica de los pueblos de entonces permite creer, los hechos posteriores acre- ditan, y las ineluctables imposiciones de la geografía señalan, que unos marchando por el Norte, y atravesando luengas tie- rras, y otros partiendo embarcados por el litoral, se fueron á Turquía, dejando á su paso por Francia, Italia, Hungría y las comarcas de los Balkanes, la mayoría de las colonias hoy allí residentes. Que cruzaron otros muchos el Estrecho de Gibraltar y se refugiaron en el Norte de África; y que los emigrados restantes, también en crecido número, buscaron su refugio en Portugal, de donde poco después los arrojó otro golpe de aque- lla dura intolerancia, que hacía de la fe cristiana el fundamen- to de la vida nacional, y del hereje el más peligroso y odiado de los enemigos de la patria. Fué como el estallido de una bomba, cuyos pedazos se dispersaron por todas partes. Un trozo grande fué á Holanda, donde más tarde había de constituir ese foco intelectual de resplandeciente luz, al cual se debieron muchas y notables producciones literarias.

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Es conocidísimo aquel fragmento de la Historia Pontifical, de Gonzalo de Illescas, quien recogiendo informes, á finales del siglo XVI, uno después de la expulsión, decía así en su obra, impresa en Barcelona el año 1606:

«Estando los gloriosos príncipes (Don Fernando y Doña Isabel) en su nueva villa de Santa Fe, libraron y pronunciaron, último día del mes de marzo de mil cuatrocientos noventa y dos, una ley y pragmática universal, por la qual mandaron que dentro de los quatro meses primeros siguientes, abril, mayo, junio y hasta postrero día del mes de julio, saliessen fuera de sus reynos todos los judíos con sus mujeres, hijos, criados y esclavos que no fuessen christianos, y que no paras- sen ni voMessen jamás á ellos, de ^^vienda ni de posada, so pena de muerte y confiscación de todos sus bienes. Y porque no pareciesse tiranía y que se hazía esto por tomarles lo que te- nían, dióseles á los tales judíos facultad y libre poder para que en estos quatro meses vendiessen sus haziendas á quien bien visto les fuessen, y que pudiessen llevarlas fuera destos reynos, con tanto que guardassen las leyes, que vedan sacar algunas mercaderías. Con esta sancta y rigurosa ley salieron de Castilla passadas de veynte y quatro mil familias y casas de judíos; vendieron todo lo que tenían, y si passaban la mar pagauan dos ducados al rey por cabeza. Fuéronse muchos dellos á Por- tugal, de donde después á acá también los han echado. Otros se fueron á Francia, Italia, Flandes y Alemana. Y aun yo co- nocí en Roma alguno que había sido vecino de Toledo. Pas- saron muchos á Constantinopla, Salónica ó Tessalónica, al Cai- ro y á Berbería. Llevaron de acá nuestra lengua, y todavía la guardan y usan della de buena gana, y es cierto que en las ciudades de Salónica, Constantinopla y en el Cairo y en otras ciudades de contratación y en Venecia no compran, ni venden, ni negocian en otra lengua, sino en español. Y yo conocí en Venecia judíos de Salónica hartos que hablaban castellano, con ser bien mozos, tan bien y mejor que yo».

Xo incumbe á este hbro, ni sirve cosa mayor á sus propósi- tos, ilustrar tal punto de historia, sin duda por muy intere-

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sante, pero más propio de otro ordeu de estudios, aunque en algunas de las cartas israelitas que en su lugar publicaremos, se hacen indicaciones referentes á él. En cambio nos importa mucho averiguar dónde se hallan actualmente, y respondernos á esa pregunta que también nos hicimos muchas veces nos- otros, como á su vez refiere la muy noble y virtuosa infanta de España doña Paz de Borbón, que se hacía: «¿Adonde habrán ido á parar?» Y á eso podemos responder con mucha exactitud, huyendo de hipérboles y ampulosidades retóricas, que los hijos de los infeHces españoles arrojados de su madre patria, fueron á cumplir su destino errante y aciago por el mundo, y no des- cansaron hasta poblar el orbe todo.

¿Cuántos salieron? ¡Quién lo sabe! La ciencia de la estadísti- ca es una de las más modernas y de las más imperfectas; por lo cual inútil es querer averiguar con exactitud los que salieron, ni los que había, á la sazón, en los diferentes reinos de la Pe- nínsula. De éstos, muchos se convertirían al cristianismo, por no abandonar su país y no perder sus riquezas; otros se que- darían afrontando riesgos y desobedeciendo la orden del edicto, y algunos centenares de miles, quizás tres ó cuatrocientos mil. abandonaron el suelo santificado con las cenizas de sus mayo- res. Indudablemente la cifra de veinticinco mil familias que señala Illescas es corta; pues el efecto del éxodo fué tan gran- de, que se considera la expulsión de España como la más dolo- rosa y transcendental desgracia que afligió á Israel, después de la destrucción del Templo y la dispersión consecutiva de sus hijos.

No tenemos la pretensión de haber llegado á registrar las poblaciones, ni siquiera los países donde hay sefardim. Cono- cemos las dificultades y el tiempo que semejante tarea supo- ne, y tenemos la seguridad de hallarnos solamente en los co- mienzos de una información. Sin embargo de esto, nuestras correspondencias nos han permitido comprobar mayor ó me- nor número de sefarditas, en los siguientes pueblos:

En Europa. La Turquía europea presenta una población tan condensada de israelitas españoles, que ofrece, sin duda, su más importante asiento en la actualidad. Toda la Kumelia los posee, y de ella principalmente la Macedonia, cuya capital.

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Salónica, tiene una población de 60.000 sefardim que forma la mayoría del censo; la Bulgaria y la Grecia los poseen en casi todos sus \TLlayetos , ciudades y aldeas , en número de muchos miles, como asimismo los hay, por cifras crecidas, en las costas fronteras del Asia Menor, donde se halla Esmirna, con una población de cerca de 40.000 españoles. Es decir, que toda esa hermosísima región que forma la pelvis del mar Egeo, precisamente donde se desarrolló la civiHzación griega, es un vastísimo asiento de poblaciones judío-españolas, cuya más detallada presentación haremos en la segunda parte de esta obra, cuando estudiemos las topografías locales.

Servia, Rumania y Bosnia, tres Estados balkánicos, eman- cipados pocos años ha de la soberanía del gran sultán, tienen asimismo, aunque no ya en tan crecido número, una población española de importancia, que influye en su comercio y en su \4da social, principalmente dentro de sus capitales Belgrado, Bucarest y Sarayevo. Barriadas más ó menos grandes suyas, y calles de importancia, mantienen una población que usa la jerga castellana, y alimenta recuerdos de su antigua nación.

El vasto imperio austro-húngaro en su compleja composi- ción étnica, tiene asimismo colonias españolas, algunas de im- portancia, como la de Viena; otras menores en número, como las de Hungría, y otras de importancia más reducida aún, como las de Bosnia. Puede afirmarse que las provincias paradisíacas que encuadran el mar Adriático, desde Trieste abajo, también presentan un contingente digno de estudio, y de él hemos ob- tenido algunas ligeras indicaciones. El Tirol, la Moravia y la Bohemia, tampoco carecen de sefardim. En resumen: Austria- Hungría posee un buen contingente de israelitas españoles.

Itaha los tuvo en grande número hace muchos años, y bien por asimilación, bien por emigración, se han reducido conside- rablemente. Sin embargo, los hay en el Véneto, Piamonte, Gol- fo de Genova, Lombardía y probablemente en Roma y Ña- póles.

Los tienen varias ciudades de Francia en número crecido, singularmente París, Bayona, Burdeos y Biarritz, cuyas comu- nidades sefarditas presentaremos con algún interés.

Bélgica y Holanda fueron, principalmente esta última, es

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decir, los Países Bajos residencia de numerosas y distinguidas comunidades, hoy en día muy mermadas, casi pudiera decirse en vías de extinción. No obstante, de las que hay podremos dar cumplida cuenta, gracias al interés que puso en nuestro estudio D. Luis Rubio y Amoedo, vicecónsul de España en la segunda de dichas naciones.

Alemania también acoge en su vasto imperio judíos sefar- dim: los hay en Hamburgo y Prusia; algunos en la capital del imperio, Berlín, y probablemente habrá ejemplares varios de la raza por otras ciudades que no conocemos.

Suiza no carece de ellos; y aunque los millones de judíos que hay en Rusia son de origen alemán y eslavo, tampoco fal- tan en absoluto los sefarditas, pues cuando menos en el Sur de Rusia, y, más concretamente, en algunas poblaciones de las que rodean el Mar Negro (citaremos como ejemplo á Odessa) sabemos que los hay; y esto se comprende perfecta- mente como una expansión natural de los de Rumania, Bul- garia y costas de la Turquía asiática; las cuales forman el lito- ral Sur y occidental de ese mar tan importante en la historia de las civilizaciones mediterráneas.

Inglaterra tiene en su metrópoli una distinguida represen- tación de este pueblo español, y se halla distribuida por varias de sus más importantes ciudades: como Londres, Manchester, Li- verpool y Ramsgate. La comunidad sefardita de Londres es nu- merosa, de 3.000 individuos; posee una sinagoga muy venerada y merece una detenida presentación, que en su lugar haremos.

Nada sabemos de Islandia, Suecia, Noruega y Finlandia, en cuyas naciones no hemos logrado correspondiente algu- no que pudiera informarnos sobre el particular, Portugal tiene también algunos centenares.

España cuenta poquísimos sefarditas, pues la escasa pobla- ción judía suya, que tal vez será de unos 2.000 individuos, re- sulta ser de origen variado. Sin embargo, en Andalucía (Sevi- lla, Málaga y Cádiz, singularmente en Algeciras), hay algunas pequeñas comunidades, oriundas de Marruecos y de Gibraltar. Aquí, al abrigo de la hospitalidad inglesa y de sus inconmovi- bles libertades, vive crecido golpe de judíos españoles.

Como se advierte, por el rapidísimo bosquejo que hemos

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trazado, casi todos los pueblos de Europa alojan descendientes de nuestros expulsados hijos en número variado, desde el que los cuenta por muchos miles hasta el que tiene solamente algu- nos centenares.

Veamos lo que sucede en África.

Aparece, en primer término, Marruecos, asiento de una población israelita numerosa, cuya importancia y especiales atributos analizaremos con algún detenimiento por la grandí- sima importancia que tiene, y que cada día irá aumentando á causa del grave problema de nuestros intereses en dicho impe- rio. Gracias á los Sres. Asayag, Vallescá, Nicolau, Pimienta, Pisa y otros atentos correspondientes, que han servido á nues- tros propósitos con una información copiosa y concienzuda, podemos presentar un estudio regular de esta raza, allí donde se conserva más identificada y encariñada con su antigua ma- dre, y donde seguramente puede prestarnos mayores servicios.

De los otros pueblos que existen en el Norte de África, sa- bemos que hay sefarditas en la Argelia, principalmente en Oran y en Túnez. Nada conocemos de Trípoli, pero corriéndo- se un poco á Oriente aparecen ya las ciudades egipcias Cairo, Alejandría, Tanta, Zagazig, Fayoum, Suez y Port-Said, donde existen restos de las primeras emigraciones. Allá abajo exis- ten en el Transvaal y en Lorenzo Marques, de donde, cuando menos, tenemos directas y personales noticias que acreditan haber algunos. De otros pueblos de África hemos oído hablar, pero faltándonos noticias fidedignas sobre ellos, nos abstene- mos de afirmar nada. Sin embargo, en Zanzíbar los hay, según refiere nuestro distinguido amigo D. Vicente Vera en su inte- resante libro Un viaje al Transvaal durante la guerra.

En Asia hay centros populosos dignos de especial conoci- miento. En primer término aparece el Asia Menor con Esmirna, capital del vilayeto de Aidin; Brussa, que IS^es del de Khuda- vendighiar; Magnesia, Cassala, Tiria y otras muchas poblacio- nes, que expondremos cuando corresponda, y en las cuales hay miles y miles de españoles; pues solamente en la primera de las citadas, Esmirna, parece que se acercan, según ya hemos dicho, á cuarenta mil.

Después aparece la cuna del pueblo judío, la provincia

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asiática Siria, con su consagrada Palestina; y allí, en aquella faja de tierra tendida entre el Mediterráneo y el mar Rojo, por Occidente, y el río Jordán, por Oriente, aparecen muchas ciuda- des, entre ellas Jerusalén, Tiberiades, Caiffa, Saffed..., donde vive un crecido pueblo judío, en porción considerable de natu- raleza sefardita. Más arriba están Beyrouth, Damasco..., donde también existe, aunque en mucha menor cantidad.

En la Persia residen colonias hebreas abundantes, y es de creer que algunos sefarditas haya, siquiera sea no más que por expansión de los de Siria; y sabemos que en las ciudades principales del Imperio de Indias, como Calcuta, Bombay y Madras, se ha hecho notar su presencia. También los hay en la China y el Japón.

Los hay en las ciudades de Djedda, Sanaa, Aden y otros puntos de la Arabia.

En América se cuentan ya en número crecido, y tenemos noticias directas de sus tres grandes divisiones: América del Norte, Central y Sur.

Hay en los Estados Unidos: refugio moderno adonde van dirigiendo sus doloridas huestes los emigrados de Rusia y Ru- mania. Gente de Nueva York, Filadelfia, Kingston, nos han hablado de los que poseen estas ciudades.

En la América Central existe el mar de las Antillas, donde el archipiélago de sus islas, y las naciones cuyas costas baña, son un semillero de colonias israelitas: Méjico, Guatemala, Panamá, Colombia y Venezuela; Cuba, Jamaica, Cura9ao, Bar- badoes, Saint Thomas, La Guayra, etc.

Por último: en la América del Sur aparece el Brasil, cuyas ciudades de Río Janeiro y Pernambuco, dan cuenta de tenerlos. La Argentina es una de las naciones donde en mayor número existen, y entrañan mayor interés, por las colonias agrícolas israelitas allí fundadas.

No sabemos de más.

Tal es, á grandes líneas y apuntada con la mayor brevedad posible, la distribución geográfica del pueblo israelita español en el Globo. Que se tienda la vista por el Mapa-mundi que pre-

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sentamos, que se aprecien las regiones donde han puesto su planta y ejercen su influencia, grande ó chica, intelectual ó económica, los hijos de aquellos que arrojamos de nuestro país, para que se muriesen por los caminos, y tumbaran sus rendidos cuerpos en el suelo, que Dios, allá en su infinita misericordia, se sirviese concederles, y dígase si no asombra la vitalidad de aquella raza, y el brillante resultado definitivo de su éxodo. Les negamos un palmo de tierra española, y conquistaron el mundo entero, arraigando en todas partes, con su derecho á la vida, aquella maldecida y odiada actividad de sus aptitudes, aquella prolífica fecundidad de sus hogares y esa grande confraterni- dad que es fuente de sus instituciones benéficas y piadosas, y por las cuales se auxilian todos en sus desgracias, con organis- mos poderosos y con un espíritu colectivo de defensa nacido, desenvuelto y vigorizado en la necesidad de luchar desespera- damente, siglos y siglos, por defender sus vidas, creencias, hon- ras y ganancias contra los pueblos conquistadores como Babilo- nia y Roma; contra las razas que, blasonando de superiores, des- truyen las débiles; contra los ensañamientos de las religiones, y con más exactitud, de los fanáticos, que matan cuando las con- ciencias y las convicciones no se ajustan á las exigencias de su particular espíritu; contra los egoísmos y codicias desatentados de los dilapidadores, holgazanes y aventureros; contra los pa- triotismos torpes y desastrosamente inspirados; contra todo eso que luchó fieramente por exterminarlos, sin haberlo consegui- do. Ahí están: benditos ó malditos de Dios. Los arrojamos como se lanzaba al aire la ceniza de los criminales carbonizados en las hogueras; y esa ceniza, esparcida á todos los vientos, fué semilla que prendió, retoñó y se multiplicó. Y ahí están, ha- blando el castellano, llevando nuestros apellidos, recordando nuestra perdida tierra, manteniendo nuestras costumbres, nu- triéndose con nuestros antiguos guisos y llamándose todavía españoles.

¡ Singular obra la de este éxodo ! Por lo que se refiere á los judíos, los descendientes de aquellos españoles que no pudie- ron tener solidaridad alguna con la sentencia de Pilato, porque fueron extraños en absoluto á los sucesos de Judea, cuando se cumplían las escrituras en el terrible drama del Calvario,

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también mamaron la leche de todos los pueblos, cumpliendo el airado destino señalado por Isaías; y en lo que incumbe á nos- otros, los que todo lo sacrificamos á una sola f e y á una sola iglesia, se da el caso de que por no ver la cara satánica del here- je, estrellamos contra el suelo aquel espejo de Israel, donde se habían engalanado y enriquecido nuestras ciencias, nuestra lite- ratura, nuestro comercio, nuestras industrias y nuestras profe- siones liberales. Y ese espejo que formaba una imagen sola en el viejo solar de Iberia, se partió en miles de pedazos, converti- dos hoy en otros tantos espejos, donde por el mundo todo se reproduce exactamente la propia imagen que creímos anular. No se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad del Señor. ¡Dios mío; cuál habrá sido la divina tuya?

-iun prescindiendo de que por ser muy deficientes nuestros datos es discreto pensar que la difusión de los judíos españoles será mucho mayor de lo que hemos podido averiguar, se ocurre preguntar ahora: ¿Cuántos serán?

Tampoco lo sabemos, ni creemos tenga nadie este censo.

La Alliance Israélite Universelle va reahzando, con ayuda del inteligentísimo personal de sus escuelas, una obra de estu- dio y de censo que es muy interesante; pero sus datos son in- <iompletos y no sirven para nuestro particular estudio.

¿Son medio millón? ¿Uno? ¿Millón y medio? ¿Dos? ¿Acaso más? Lo ignoramos.

Hemos recibido de varios correspondientes datos estadísti- cos, los cuales publicaremos detalladamente en la segunda parte, al hacer las exposiciones regionales; pero basta comparar unos con otros, aun los que nos suministran individuos de una misma población, por ejemplo, Salónica, Esmirna, Tánger... para convencerse de que no se les puede dar mucho crédito, porque carecen de las garantías que debe tener hoy esta clase de cifras.

L^na de las que aparentan ser más completas y más autori- zadas es la que debemos á la bondad del ilustrado D. Abraham, Danon, director del Seminario lidbínico de Turquía, á quien nuestra Real Academia de la Lengua acaba de otorgar el título

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de académico correspondiente, como premio á sus notables trabajos sobre el judeo-español.

Dice así:

«Turquía de Europa: Andrínopla, 17.000; Constan tinopla, 50.000; Dardanelles, 2.900; Demotica, 900; Kirklissé, 900; Mo- nastir, 6.000; Mustafa-Pacha, 500; Rodosto, 800; Salónica, 75.000; Serrés, 2.000; Silivria, 1.200; Tchorlu, 750; Uskab. 1.700; Féra, Uzun-Kupru, etc., 1.500: Total, 161.000.

Turquía de Asia: Aidin, 3.500; Angora, 2.000; Broussa, 3.500; Cassaba, 1.150; Chio, 250; Magnesia, 1.000; Palestina (Caifa, Hebron, Jaffa, Jerusalem, Safed, Tiberiades, etcétera), 30.000; Rhodes, 4.000; Smyrna, 25.500; Tireh, 1.450; Bey- routh, Tokat, etc., 5.050: Total, 90.000.

Bulgaria: Choumla, 1.200; Philippopolis, 3.800; Roust- chouk, 4.000; Samacoñ', 1.000; Silistrie, 250; Sofía, 7.000; Ta- tar-Bazardjik, 1.500; Varna, 1.250; Yamboli, 1.500; Bourgaz, Carnabat, Harmanli, Haskovo, Kustendil, Stara-Zagora, etc., 8.500: Total, 30.000.

Serbia: Belgrado, 3.200; Chabatz, 600; Lescovatz, 200; Nish, 800; Pirot, 300; Pojarevatz, 200; Semendria, 150; Obre- novatz, Oub, Valjevo, etc., 1.050: Total, 6.500.

América: Surinam, 1.400; Caracas, Curasao, Jamaica, Lima, Porto-Rico, Río-de-Janeiro, etc., 2.600; Argentina, 11.000: To- lal, 15.000.

No conozco el número de la populación judeo-española de tos países siguientes: Bosnia, Egipto, Grecia (Atena, Corfú, La- rissa. Voló, Yanina, etc.), HoUanda (Anvers, etc.), Marruecos, Portugal, Roumanía, Tunis, Viena, etc.

No entran en esta enumeración los israelitas de rito sefar- dí (mas no habiendo conservado en sus idiomas que pocas pa- labras del español) en Londres, París, Bordeaux, Bayonne, Ita- lia y más otros grupos al estado esporádico.»

Seguramente esta enumeración es muy deficiente; pues hay grandes lagunas, y las cifras adolecen de notoria inexactitud: unas veces porque aumentan; otras, las más, porque disminu-

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yen. Según ella, el número de sefarditas escasamente excedería de medio millón en todo el mundo, y son muy pocos.

El Sr. D. Jenaro Cavestany, de París, que ha mostrado deseos de ayudarnos en la ilustración de este punto, nos manda el esbozo de una estadística, según la cual se acercaría á tres millones la suma total. Con decir que en este cálculo se atribu- ye á París la cifra de 50.000 judíos españoles, se comprende al punto que el cálculo adolece de exagerado.

Para no enfrascarnos aquí en una exposición de cifras que sería pesada, y la cual hemos de acometer cuando realicemos nuestros estudios regionales, donde sucesivamente iremos pre- sentando las que nos han suministrado, y analizándolas con al- gún cuidado, suspendemos esta labor y la relegamos al final de la obra.

Allí resumiremos todas las informaciones, y haremos un estudio sintético que nos permitirá formar un cómputo aproxi- mado á la verdad; el cual suponemos, por el momento, que excederá de un millón y no llegará á dos.

CAPÍTULO II

Conservación del idioma castellano.— Opinión de Max Nordau.— Belleza del idio- ma ladino. El lenguaje de la infancia. Citas de R. Cohén, A. Danon y J. Be- noliel.— La herencia lingüística.— Altivez sefardita según Graetz. El enquis- tamiento de una raza.- Estado actual del castellano israelita en las diferentes regiones del mundo.— Información de J. Dañan, S. Spagnolo y J. Elmaleh.

Este pueblo tan mundialmente situado, y que conserva las trazas y el aire de sus antiguos compatriotas, lleva y mantiene además algo que es de mayor importancia y transcendencia, porque arranca de más hondo, liga con mayor adhesión y for- ma y modela el espíritu mejor que otro agente educador algu- no: nos referimos al lenguaje. Este pueblo habla el castellano.

Circunstancia tan importante reclama detenido examen, y aunque nosotros no podamos, ni corresponda hacerlo aquí, dar al aspecto lingüístico todo el desarrollo á que se presta un mo- tivo nacional que entraña numerosos, arduos y sugestivos pro- blemas, los cuales ya irán abordando con el tiempo capacitados tratadistas, no debemos en modo alguno sustraernos al deber de exponer algunas de sus fases, siquiera sea solamente á gran- des rasgos.

¿Cómo ha conservado el castellano? ¿Por qué le ha conser- vado? ¿Cuáles crisis atraviesa en el pueblo israelita este órgano del alma nacional? ¿Qué importancia tiene su conservación? ¿Qué recursos y gestiones debe apUcar España para lograr ésta?..., etc., etc. He aquí una serie de cuestiones á tratar, lo •cual realizaremos: unas aquí, y otras en más adelantada parte

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de la obra, del modo que mejor nos consientan los datos que poseemos, los alcances de nuestra competencia y las proporcio- nes de nuestro trabajo.

Max Nordau, eminente publicista judío de origen español, que deja en la literatura francesa y en la historia de los pros- criptos un nombre glorioso por sus publicaciones filosóficas, so- ciales y de amena literatura, abordó este tema en una entrevis- ta que con él celebró nuestro diligente compatriota D. Jus- to Rosell, en París, y expuso á. grandes líneas creencias, opiniones y consejos que de- ben hallar aquí muy prefe- rente lugar, y con los cuales decidimos plantear el estu- dio. Atestiguaremos con ello el profundo respeto y la jus- tificada admiración que nos inspira tan afamado maestro, aunque algunas observacio- nes hagamos sobre ciertas afirmaciones suyas, á nuestro entender poco ajustadas á la exac- titud de los hechos. Nos servirá además su discurso de pauta para reahzar nuestra labor, como acogida á su sombra vene- rable.

En uno de los primeros días de Agosto del año actual (1904), el Sr. Rosell soücitó la opinión de Max Nordau sobre nuestros trabajos de reconciliación entre España y sus hijos desterrados, y el profundo pensador tuvo la bondad de exponerla sobre dis- tintos motivos, entre ellos la jerga judeo-española, el españolis- mo de los judíos y lo que debe hacer España para bien suyo en este negocio.

Traigamos á cuento lo primero, y reservemos los otros dos motivos para ulteriores lugares donde han de ser tratados.

He aquí los términos en que mi servicial amigo Sr. Rosell refiere lo que oyó:

Muy pocos individuos de mi sangre y de mi raza— dijo el Di. Max Nordau— tendrían interés en regresar á España en la época presente.

FiG. 8.^ D. Justo Rosell, ilustrado publicista español residente en Paris.

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El uso del español, que se ha conservado religiosamente entre nos otros á través de los siglos y de nuestras emigraciones, ha ido perdiéndo- se cada día más, y lo que quedaba del lenguaje se ha empobrecido y bo- rrado hasta el punto de convertí rse, no sólo en una jerga, sino en una jerga corrompida.

Siempre ha sido costumbre, en nuestras familias aisladas, que viven en lugares donde no hay grupos compactos de judíos españoles ó lusita- nos, enseñar á los varones, en cuanto que cumplían cuatro años, el idio- ma castellano; esta costumbre va también perdiéndose de día en día, por no obedecer á una neces idad práctica, sino á un hábito puramente filial,, á una especie de tradición que, como digo, tiende mucho á desaparecer.

La parte intelectual de la raza, la más instruida, sabe, sí, que venimos de España, que procedemos de allí; pero, en general, no van más allá nuestras inquietudes ni nuestros sentimientos. Yo vi la luz en Hungría, pero que mis antepasados nacieron en Segovia. No indagamos más, ni buscamos más lejos, ni profundizamos más los lazos con España.

La clase baja, y una buena parte de la clase media, tiene unas nocio- nes muy inciertas de su procedencia española, y hasta ignora que la jerga que habla es española.

Y para corroborar este aserto, me refirió el ilustre do ctor que, habien- do entrado á adquirir sellos de correo en un estable cimiento de Belgrado, la mujer á quien se dirigió preguntó á su marido: ¿Dónde están los sellos?

Nordau, al oiría, exclamó: ¿Habla usted español?

No, señor respondió la interpelada. Hablo chudeo (judío). Esta mujer no está atZía— replicó el marido y no sabe lo que habla. Si lo supiera, diría que habla español.

Esa jerga, que aún queda, pero que va perdiéndose cada vez más, con- tinuó diciendo Max Nordau, puede compararse á una pequeña cantidad de agua que se ha salvado de un gran caudal, y que habiéndola recogido en una pequeña vasija, sirve para todos los usos. Una palabra, por ejem- plo, topar, expresa por sola una infinidad de verbos: encontrar, buscar, echar, querer, poder, etc., etc. Creo que el judeoespañol hablado actual- mente en varios puntos de Oriente por la generalidad de los israelitas, ex- cluyendo la gente verdaderamente ilustrada, no excede de trescientos ó cuatrocientos vocablos.

Según mis noticias, los últimos libros que en los países occidentales de Europa fueron escritos por judíos-españoles en su lengua natal, no en caracteres hebraicos, sino en caracteres latinos, se han impreso en H olan- da, en Amsterdam, si no me engaño, en las dos primeras décadas del si- glo XVIII, probablemente entre 1710 y 1720.

Ese es un capítulo de la historia de la literatura española que está aún por escribir, y os aseguro que, para ''osotros, ser ía de gran interés estu- . diarlo .

Los ejemplares no salieron de Holanda, ni se enviaron á España, por

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que no había interés alguno para los israelitas en enviar libros á España. Los imprimieron para ellos, para sus lectores de Holanda, y á nadie se le

ocurrió mandar á España algunos ejemplares

¿Para qué...? Amigos ya no tenían allí.

Hoy esa jerga española va corrompiéndose más cada día, y como no recibe nuevos vocablos de la lengua madre, va adaptando palabras de otros idiomas, en gran parte del italiano,

Alguien quiso, en cierta ocasión, fundar en Oriente un periódico espa- ñol y me comunicó su idea.

¿Cómo lo va usted á titular? le pregunté. El Avenir.

Pues si quiere usted que sea español el título le repliqué tiene us- ted que cambiarlo y llamarlo El Porvenir

Esto 08 dará una idea de lo corrompidísimos que están ya, aun entre gran parte de personas ilustradas, los restos de vuestra hermosa lengua.

Según al punto se advierte, estos juicios de Nordau entra- ñan numerosas cuestiones interesantes sobre la jerga israelita; á saber: lo que se ha perdido del antiguo idioma castellano; lo que se conserva y en qué estado; el españolismo de los sefar- dim y las relaciones literarias que mantienen España y los des- cendientes de sus antiguos hijos...; lo cual nos obliga á ordenar un poco nuestra exposición, si hemos de presentar con alguna claridad asunto tan importante para los intereses nacionales. Hablaremos, pues, de lo siguiente:

l.^' ¿Por qué conservaron los judíos el castellano?

2.^ ¿Cuál es el desarrollo y complexión fisiológica actual de ese organismo viviente que se llama el judeo-español?

3.° ¿Cuál es su destino en las diferentes regiones del globo: Oriente, África, América y Europa?

Resta una muy principal cuestión, que trataremos amplia- mente en la tercera parte de la obra: acción de España en este negocio.

Es extraordinario y sin ejemplo igual, tal vez, en la historia de los pueblos, el caso de una raza que, habiendo salido expul- sada de una nación en donde era exótica y convivió muchos siglos, al distribuirse por otros pueblos, deshecha en jirones inás ó menos grandes, haya conservado secularmente aquel lenguaje que adquirió, y lo haya mantenido fervorosamente.

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sin ser el suyo de religión, ni de origen, y sin ser el que se ha- blaba en los lugares donde halló refugio su destierro.

Nuestra graciosa correspondiente la señorita Fina Haim, casi una niña por su temprana edad, pues se halla en los en- cantos de la adolescencia, nos decía en una de sus sencillas y agradables cartas: «Ayer, hablando de los judíos españoles, oí, como ya muchas veces, que uno dijo: -Es grande ingratitud la de los judíos españoles que no tomaron la lengua del país que los recogió con tanta generosidad en tiempo de la expul- sión de su patria. Me parece que ya tienen im poco de razón al decir esto. Pero de una parte nos dispensa la hermosura de la lengua con sus consejas y cantitas, y de otra parte que ella era la única herencia de nuestros padres. Una herencia magní- fica que conservamos como se conserva solamente una religión en un pueblo.»

Señala aquí nuestra gentil amiguita dos motivos podero- sos de conservación: la belleza del idioma y la rehgión del pasado, ó sea la nostalgia de la patria perdida. ¿Ha oído esto en las conversaciones de sus queridos padres, oriundos de Cons- tantinopla, y hoy avecindados con riquísimo comercio en Ber- lín, ó lo ha presentido con la intuición de su delicadeza femeni- na? Sea como fuere, vale la pena de hablar algo sobre ambos motivos.

¡La hermosura del idioma español! ¿Quién sería capaz de discutir una belleza que ha sido consignada en mil formas, reconocida por todos los pueblos, cantada por innumerables poetas, invocada por infinitos oradores, á la cabeza de ellos y con grandilocuencia divina Castelar, razonada por severos aná- lisis y justificada por copiosos sedimentos de la historia y de las razas, acumulados aquí, en este solar privilegiado, donde tantos imperios j tan poderosas civilizaciones y potestades lu- charon por aquistar el gobierno del mundo y de las almas? ¿Quién sería capaz de discutirla? ¿Quién?

Pero se dice por muchos y en sus cartas nos lo objetan bastantes: es que el judeo- español es un idioma degenerado, coírompido, sin bellezas, sin armonías, sin graciosos matices musicales, sin robustas y brillantes expresiones, sin esa arma- zón, soHdez y grandeza arquitectónica qué dan la gramática y

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el esmerado aliño de la cultura literaria secular; es que eso no es ya un idioma, sino la ruina, el desecho lamentable y feo de una lengua. Y los que dicen esto desconocen y desatienden muchas fundamentales consideraciones.

No es verdad que haya desaparecido el idioma, pues por lo que hemos apreciado en cartas que de muchas y contrapuestas regiones nos han escrito, y en grande número aquí verán la luz pública, se puede asegurar que el idioma existe en sus funda- mentos y sus ricos tesoros, siquiera le afeen vicios y desviacio- nes que más adelante examinaremos. Pero aunque éstos fuesen mucho mayores de lo que son, ¿cree nadie que un pueblo rechaza y abandona su idioma nativo, el que aprendió en su infancia, porque le encuentra malo y contrahecho? Esta es una de las inocentadas mayores en que puede incurrir un pensador.

Todo pueblo tiene el idioma que reclaman sus necesidades, porque insensiblemente y por modo naturalísimo las nuevas exigencias del espíritu van creando, de cualquier modo que sea, nuevos vocablos de expresión, y van rectificando, puliendo, incorporando al organismo suyo, cuanto ha podido tomar de exótico y de bárbaro en su desarrollo. Esto, por ser verdad de Pero Grullo, ni siquiera da derecho á perder el tiempo en su demostración.

Los intelectuales de Turquía, Bosnia, Macedonia, Asia Menor, etc., al buscar en el lenguaje que solamente les sirvió para los afectos del hogar y para las necesidades del comercio íntimo, esa otra copiosa palabrería y abundante tecnicismo que pide la elocuencia moderna para servir á la intensiva labor que realiza el pensamiento humano, sentirían hallarse en la miseria léxica más lamentable, y se dirían: ó transformación ó abando- no. Ello es muy lógico. Pero esto lo sentirían ciento, si se quiere mil; en todo caso los pocos que están en la cúspide social, por- que de los demás, es decir, del pueblo, de la raza, ¡ah!, de ésta ya se puede afirmar, sin reparo, que seguiría encontrando una perfecta proporción entre sus necesidades y sus medios orato- rios; y que en el modesto capital de sus vocablos, gestos y sonidos hallaría términos más que sobrados para expresar todas las ampliaciones de su pensamiento y todos los modos de su sensibihdad. Y adviértase que aunque los exteriorizase

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con horrendos gruñidos, le parecerían de lo más melódico y emocionante que se podría oir.

Tienen aquellas primeras formaciones de nuestro espíritu ese mágico atributo, y por ello convertimos tan poderosamente á los tiernos años y á los prístinos recuerdos los más patéticos movimientos de nuestra alma. Blando protoplasma nuestro sistema nervioso, entonces, donde todavía no hay más que las misteriosas encarnaciones de la herencia; placa de exquisitas sensibilidades aún no impresionadas, las primeras actividades y fuentes de emoción que le hieren, son las que más modelan y organizan, creando con sus incorporaciones inexplicables un modo de ser, de sentir y de reaccionar que allí perdurará hasta la muerte, en su mayor parte. El esqueleto se osifica, el músculo se forma, los sentidos se abren, las vibraciones de la \dda universal y social entran juntas, el cerebro diferencia, la conciencia surge, los gustos se crean, los afectos se enlazan, sentimos las más vivas ansias de saber y de desarrollarnos, todo lo que nos rodea es un alimento y un formador poderoso, cierta euritmia, contento y armonía ideal rigen nuestra evolu- ción, y de este modo también, aquel primer perfume que reci- bió nuestro ser, le deja impregnado por toda la existencia.

Y esto es tan positivo y general, que á ello responden todos los individuos y todas las razas humanas. Decid á nuestros vascongados que las contadas notas de su dulzaina y tamboril son pobres y desapacibles; decid á nuestros gallegos que los sonidos de su gaita son agrios; decid á nuestros montañeses de algunas comarcas que los chirridos de su zampona, los cua- les recuerdan los cantos de sus carretas, son horribles lamentos de maderas y cuerdas atormentadas... y veréis con qué energía os lo niegan; llevadles á oir los sublimes dramas líricos de Wagner, las graciosas y picarescas romanzas de Rossini, y os dirán con mucha razón que aquellas sus pobres notas del te- rruño, con ser mal concertadas, levantan más eficazmente en su alma nubes de recuerdos, conciertos de ideas asociadas, cam- pos de ñorestas, campanas que doblan tristezas ó repican ale- grías, días de esperanzas y de temores, afectos hondos, albora- das del amor, intereses sin cuento, sensaciones de la belleza..., muchas cosas, muchas y muy hondas; esas que luego procuran

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remover más artificiosamente las otras grandes creaciones del genio, por la razón de que son las que mejor conmueven, en- ternecen, apasionan y persuaden. ¡Cómo, si no fuese por tan suprema fuerza, se efectuaría esa obra de repatriación propia de todas las naciones y todas las comarcas, por virtud de la cual vuelve á depositar sus huesos en el humildísimo, agreste y solitario lugar nativo de su dura Beocia, quien ganó riquezas, honores y públicas consideraciones en los grandes centros de la civihzación; en las colosales, fastuosas y deslumbrantes capita- les modernas!

Veamos si no á los humildes, á los que viven en la pobreza léxica.

Rafael Cohén, de Esmirna, nos escribe así, en su carta 8 de Septiembre de 1904:

Es emposible Sr. Senador de darle una chica descripción de la emo- ción causada entre algunos, de los quales yo he dado á leir esos jurnales. Muchos que conociendo inuy poco las letras latinas y no hallando ningún pasto en lo que ellos leian las Gacetas francesas, se ven en un grande en- canto en pudiendo comprender lo que lien, todo en siendo con caracteres latinos. Últimamente uno de esos me habla disiendo: ¿es verdad que lo que nosotros hablamos es una lengua Europea? ¿Xo es en Judesmo lo que nosotros hablamos? Y contestándole con un número del Liberal él reió y continuaba á leir; y á su grande marabilla él se oponia disiendo este es otro spafiol y el nuestro es otro... y á esta respuesta ¿qual corazón no se deslié? Yo reia de desgracia y mi corazón se angustiaba al ver un pue- blo, mi pueblo, hablar una idioma la mas ermosisima sin saber, o bien sin comprender lo que él habla. Pero la fuerza con la cuala esos últimos ha- blan por sus lengua, nos mostra cuanto esta lengua no cesará de circular entre nuestro pueblo. Una cosa falta y esta es de asimilarla al verdadero Castellano.

Veamos los altos, los de inteligencia soberana y cultísima: Abraham Danon, el sabio coleccionador de romances judeo- españoles, el que dirige el Seminario rabínico de Turquía, en Constantinopla, y ha sido nombrado académico correspondien- te de nuestra Academia de la Lengua, decía así cuando se ha- llaba muy lejos de pensar en que este movimiento de aproxi- mación entre ambos pueblos pudiera acometerse:

A pesar del piadoso cuidado con que se ha procurado conservar través de las generaciones) los numerosos romances, ya una gran parte de ellos estaba perdida, cuando yo oía á mi abuela recitar estos cantos tan

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dulces de la patria de otros tiempos. Yo la veo todavía soñadora, embar- gada por visiones lejanas, procurando reproducir harmonías medio desva- necidas, con la voz, la mirada y aun con el gesto. ¿Es el recuerdo de mis juveniles años lo que da penetrante encanto á estas canciones, muchas de las cuales son realmente medianas? Si mi entusiasmo de antaño se ha calmado un poco^ confieso que continúo sintiendo un profundo respeto por estos restos del pasado de los judíos de España, y he considerado como un deber acudir á salvar del olvido lo que resta aún.

Y observemos, en fin, cómo se expresa ese profundo litera- to que ha enriquecido ya con obras notables el acervo literario de su nueva patria, D. José Benoliel, israelita español domici- liado en Lisboa, en su carta 12 de Mayo de 1904:

.... Y compare usted ese procedimiento con el obstinado é inquebranta- ble amor que hasta hoy y á pesar de todo, lejos de apagarse, brilla y crece cada vez más puro, en el corazón de aque- llos maltratados, incomprendidos y vili- pendiados judíos españoles, de Occidente á Oriente desparramados, hacia su perdida patria hispánica, que para ellos, sin embar- go, en vez de madre tierna y cariñosa, se mostró cual madrastra tan cruel como in- justa. Vea usted ese fenómeno, único tal vez en la historia humana, de la insistente conservación del idioma castellano á través de loa siglos y de tantos éxodos por comar- cas y lenguas tan diversas, que no es de compararse con la persistencia del español en las colonias españolas de América, del portugués en Brasil, del armorico en Bre- taña, etc., pues que éstos eran los idiomas propios de los que hasta hoy los hablan, al paso que los judíos tenían y tienen su

idioma nacional, el hebreo, y no han dejado perderse el adoptivo, no menos amado que aquél, el castellano.

¡Qué digo! Fué éste el primero que embelesó nuestros oídos, el pri- mero con que nuestras madres nos acostumbraron á balbucear el dulce nombre de mamá, y en el que nos dieron el de hijos de su alma; el pri- mero con que mecieron nuestras cunas al son de aquellas remotas can- tigas tan repasadas de blanda melancolía y que de madres á hijas se iban transmitiendo, como legado precioso de otras eras más felices! Cuántos años van ya recorridos, y todavía, en mis horas de tristeza, en las largas noches de dolores, aún trasoigo el peregrino eco de aquellas dulces melo- días, como si en tales momentos de mismas se desprendiesen y lenta- mente se levantasen del fondo del alma, donde quedaron estampadas

FiG. 9.a— D. .José Beuoliel,

ilustre profesor y literato

sefardí. Lisboa.

I

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con la acariciadora voz de mi adorada madre, desde aquellos tiempos con que con ellas solía adormecer mis quejas, cuando, de chico, la enferme- dad me postraba. ¡Cuántas impresiones recibidas y apagadas en mis cua- renta y seis años! ¡Y cómo han sobrenadado aquellos sencillos romances de la infancia! Era:

La reina Xarifa mora,

La que mora en la Almería,

üice que tiene deseo

De una cristiana cautiva, etc.

Otras veces:

O bien:

Rosa-blanca, rosa-blanca, Rosa-blanca, bella flor, Quien te me diera esta noohe, Esta noche y otras dos!

En la ciudad de Toledo Y en la ciudad de Granada, Allí se crió un mancebo Que Diego León se llama. Luego la siguiente:

Allá salía el buen rey. Allá sale á pasear; Con él salió su sobrino, Por compañía real. Ahora la canción de Ximena, que:

Delante del rey de León Está Ximena una tarde; Pidiéndole iba justicia Por la muerte de su padre. Después la del Cid, que por lo suavísima y enternecedora, no puedo impedirme de trascribir aquí integralmente:

Paseábase el buen Cide Por la su sala reale, Libro de oro en las sus manos, Las oraciones leía; Lágrimas de los sus ojos Por las sus faces corrían: <¿Que tenéis vos, mi buen padre?» La princesa le decia; «Si os han hecho mal los moros, »Los mandaré á castigare; »Si os han hecho mal cristianos »Lo8 mandaré yo á matare; ))Si 08 han hecho mal judíos, »Los mandaré á desterrare.»

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íXi me han hecho mal los moros, >Ni los mandes castigare;

»Ni me han hecho mal cristianos,

íNi los mandes á matare;

Ȓsi me han hecho mal judios,

> Gente son que mal no hace.

»Lo que tengo yo, mi hija,

>Es que ya te veo grande,

»Y ni tengo ajuar que darte

sXi dinero que endotarte.»

íNo se 08 nada, mi padre,

»Monja me quiero quedare,

iCriaré á mis hermanitos,

»Y á vuestras barbas honrare.»

Oyéndola está el buen rey,

Desde su sala reale:

«Ay! válgame el Dios del cielo!

»Y que bonito hablare!

»¿Si es algún ángel celeste,

»0 persona naturale?»

«Es la hija del buen Cide, lA su padre á consolare.»

«Aína, mis consejeros, i>Con ella quiero casare.» Por la mañana siguiente. Que el rey no quiere esperare. Ricas bodas son armadas

En el palacio reale.

Pero, ¿á qué más citaciones que para usted tal vez no ofrezcan otro interés más que el que comporta toda literatura arcaica, y que para y los mios, cual el ranz des vaches para los suizos, encierran un fondo de emocionante ternura y poesía, que sólo de escribirlas, ya tengo los ojos bañados de lágrimas?

Mal saben en España lo que estos pobres judíos desterrados abrigan aun hoy de lembrancas saudosas, como decimos en portugués, de su an- tigua patria; y mal se hacen una idea de lo que, aunque tardía, una justa reparación, representaría para todos de hermosos y abundantes frutos. jOjalá sean coronados del éxito que merecen los dignos y nobles intentos de usted, y veamos pronto medrar y florecer la buena semilla que lanzó á tan fecunda tierra como lo es la grande España, para su mayor gloria y provecho, y para honra y satisfacción del egregio espíritu que inició tamaña obra de justicia!

Véase, pues, cómo los sabios Benoliel y Danon, al igual que los oyentes de Cohén y Fina Haím, coinciden desde Lisboa,

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Goustantinopla, Esrairna y Berlín en responder á un mismo sentimiento y á una misma fuerza poética: las consejas y las cantitas, como dice nuestra adorable correspondiente.

«La herencia de nuestros padres» es otra razón alegada por la señorita Haim, es decir, la religión del pasado; las veneran- das influencias de nuestros manes, la tradición con sus miste- riosas ligaduras, el culto mismo que tuvieron nuestros abuelos y que nos legaron como formando un sagrado depósito y trans- cendental destino que encomiendan á las generaciones ulte- riores.

Sin duda la angelical Fina ha señalado una causa seria, cuya importancia se advierte cuando se lee lo que dicen los historia- dores hebreos. Arrojados de España, donde tantos siglos habían vi\ddo en pacífica y gloriosa confraternidad los israelitas, pu- dieron ellos, en su luctuosa y trágica peregrinación de deste- rrados, sin patria y sin refugio, odiar á los causantes de su desdicha; pero no pasaron hasta aborrecer la tierra de incom- parables panoramas, el cielo de radiantes fulgores, su propia historia de brillantes constelaciones geniales, su prosapia de regia estirpe, su distinción sobre los demás individuos de raza; y por esto quisieron mantenerse fuera de España como tales españoles y transmitir á sus hijos la herencia de sus aristocra- cias, encarnada mejor que en ningún otro atributo, en aquella riqueza viva, ardiente y luminosa que no había podido arreba- tarles la codicia de sus perseguidores: en el habla castellana.

Y aquí vuelve otra vez, como si f aese un ritornello seduc- tor ó un eje de esperanza, en ese tremendo drama de un pue- blo exilado, el orgullo español que ya hemos descripto una rez, que presentamos de nuevo ahora, y que resurgirá muchas ve- ces más en el curso de nuestro estudio.

Y para que nuestros compatriotas no crean que ésta es una tonadilla de romancero adocenado, vean en qué términos habla del motivo el historiador alemán Graetz, uno de los más signi- ficados y leídos entre los israelitas. Dice así en el capítulo XVII del 4." volumen de su obra:

La expulsión de los judíos de España inaugura un período nuevo para todo el judaismo, porque esta catástrofe tuvo consecuencias desas-

trosas, no solamente para todos los proscriptos, sino también para los judíos de todos los países.

A los ojos de sus correligionarios, el judío español ó sephardim, for- maba una verdadera aristocracia, porque comprendía los propios descen- dientes directos de la familia Real David. El dolor fué general en Israel entonces, cuando se supo que estos judíos, nobles entre todos, también habían sido heridos, y con mayor dureza que sus otros hermanos de otras comarcas.

Diezmados, efectivamente, por el hambre, la peste, los naufragios y las miserias de todas clases, los proscriptos españoles, primero en nú- mero de muchos centenares de miles, eran reducidos considerablemente. Los supervivientes erraban á la aventura, con caras de espectro, arroja- dos de país en país, y mendigando á su vez, ellos, los príncipes de Israel, á las puertas de sus hermanos. Al salir de España poseían 30 millones de ducados, pero todas estas riquezas se habían como fundido en sus peregri- naciones. Se hallaban por consiguiente en la mayor carencia, rodeados de enemigos por todas partes, contra los cuales solamente el dinero hubiera podido protegerles. En esta época también fueron arrojados en Alemania los judíos de algunas ciudades, en el Oeste y Este del Imperio, pero sus sufrimientos distaban de igualar á los de los sefardim. Ellos no habían conocido, al revés que estos, los placeres de una existencia confortable y la felicidad de poseer una gran patria, y desde antiguo venían habituados á las violencias. Cincuenta años después de su destierro de Espa.ña y de Portugal, los desterrados se hallaban diseminados por el mundo entero. Aquí se hallaba un grupo, allá una familia, ó algunos rezagados solos. Era como una emigración de pueblos que se dirigían á Oriente, sobre todo á la Turquía. Parecía que deseaban aproximarse á su patria; ¡pero cuántos males tuvieron que sufrir y obstáculos que vencer, antes de hallar la cal- ma y la seguridad!

Sin embargo, su firmeza de alma permaneció á la altura de sus sufri- mientos. Sentíanse casi orgullosos de ser tan desgraciados. En el ánimo de los sefardim existía la idea, más ó menos clara, de que debían ser amados particularmente de Dios, cuando con tanto rigor los trataba. Por eso triunfaron rápidamente de su desaliento, y apenas repuestos del golpe terrible que habían recibido, caminaron de nuevo con la cabeza alta. Lo habían perdido todo, todo menos su altivez española y su porte castellano. Aunque la alta cultura tuvo menos adeptos entre ellos, desde que el ju- daismo se había dejado invadir por el espíritu estrecho y sectario de los enemigos de la ciencia, y aunque la intolerancia les había excluido de la sociedad cristiana, eran, sin embargo, superiores á los judíos de otros países por sus variados conocimientos, su continente digno, su lenguaje- elegante y adornado. Conservando en el fondo del corazón una adhesión á su ingrata patria, que les había expulsado, transportaron su lengua y las maneras españolas por todas las comarcas donde se establecieron, lo mismo en África que en la Turquía europea; en Siria y en Palestina, como en Italia y Flandes. De este modo se ha conservado la lengua cas-

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tellana entre sus descendientes, casi en toda su pureza, hasta nuestros días.

Bajo esta relación formaban un vivo contraste con los judíos alemanes ó Aschkenazim, que hablaban una jerga corrompida y consideraban casi como un deber religioso vivir separados de los cristianos. Al revés los fiefardim, se mezclaban á la sociedad cristiana, donde ee hacían estimar por la firmeza y dignidad de su carácter. Les interesaba tener un exterior conveniente, un porte limpio, un lenguaje escogido, lo mismo que sus compatriotas de España; en sus sinagogas tenían una compostura respe- tuosa, sus rabinos predicaban en español ó en portugués, esmerándose en decir bien su sermón.

Los otros judíos reconocían la superioridad de sus correligionarios sefardim, cuya influencia no tardó en prevalecer allí mismo donde se ha- llaban en minoría. Durante el siglo que siguió á la expulsión intervinie- ron por doquiera, excepto en Alemania y en Polonia, en todos los sucesos de la historia judía. Llevaron el espíritu de España á todos sus correli- gionarios distantes; sus jefes se hallaban por todas partes en escena, y surtieron á todo el judaismo de rabinos, escritores, pensadores y poetas.

Pero con ser tan hermoso el idioma castellano, tan selectas las cualidades de raza que sacaron de España los proscriptos, y tan firme y sostenido el general deseo de transmitirlas á sus descendientes, seguramente el idioma no se hubiera manteni- do en ese pueblo tan trágicamente desmenuzado y disperso por el mundo, si no hubiese ejercido también su influencia pode- rosa otra causa todavía más eficaz y aisladora: la persecución y aislamiento social inextinguibles que viene padeciendo la raza judía.

No hizo España nada extraordinario cuando tan cruelmen- te se produjo con sus hijos; obedeció tan solo, con más ó me- nos ardor, al espíritu de los tiempos, el cual fué durante mu- chos siglos de feroces intransigencias religiosas. Ni aun entre sus hospitalarios y semi- correligionarios protectores los turcos, halló Israel aquel consecuente y absoluto respeto que todas las religiones encaminadas al perfeccionamiento moral del hom- bre deben merecer. La famosa frase atribuida á Mahmoud II, el extei>minador de los Jenízaros, el que ahumó las colinas de Estambul reduciendo á cenizas los cuarteles de esta soldades- ca, y encharcó con la sangre de un horroroso degüello la histó- rica plaza del Afc-Méidan, no tuvo nunca perfecto cumpHmien- to. «Deseamos parece ser que dijo, al final de su vida, este

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sultán que los musulmanes no sean considerados tales más que en sus mezquitas, que los cristianos no sean cristianos sino en sus iglesias, y que los israelitas solamente en sus sinagogas sean israelitas. Yo quiero que, fuera de estos lugares, donde todos rindan igualmente su homenaje á la divinidad, gocen de los mismos derechos poHticos y de mi protección paternal».

Y sin embargo de estos humanos y cultos propósitos, fue- se porque no pudiera romper completamente con los antiguos prejuicios como dijo un profesor de la Alianza Israelita, fuese por razones fiscales, fuese por las relaciones de amistad, y mejor aún de temerosa sumisión que los israelitas tenían con los Jenízaros, ni él, ni sus ministros se mostraron muy be- névolos con los descendientes de Jacob. Bairakdar-Bajá, llamán- doles «los más viles de los rayas», y acusándoles de ejercer un monopolio indigno con las cargas del imperio; la estrangula- ción verificada en la venerable figura de Haim Farhi, que resi- día en San Juan-de- Acre; el asesinato de millares de judíos que sobrevino en la Morea, por el crimen cometido con el patriar- ca griego Gregorio, en Constantinopla, y el desastroso fin de las tres familias que desempeñaron el papel más importante bajo el reinado de dicho sultán: los Gabaí (Yehazkel Sabai), los Adjiman y los Carmona, acreditan este incesante peligro que siempre sufrió la raza, á pesar de las más elocuentes protestas de igualdad, fraternidad y protección, que á menudo se hacían en los documentos y locuciones, por los sultanes y sus más al- tos dignatarios: Visires, Bajas, Cheikh-ul-Islams y Ulemas.

El odio á la raza cuya frente selló el cristianismo con el es- tigma de pueblo deicida; las enemigas que á la continua en- gendraban las miserias de los humildes, los tesoros de sus acau- dalados, y las enei'gías, actividades y preponderancias de sus in- dividuos; los saqueos, incendios y carnicerías, que de cuando en cuando, y por los motivos más triviales ó disparatados, aso- laban las juderías y sostenían de continuo aterrado el ánimo de sus habitantes; las lej^es de rigurosa excepción y las prácti- cas afrentosas á que se les sometía, ocasionaron un aislamien- to secular, les obligaron á mantenerse siempre en la calidad de extranjeros, como organismo enquistado dentro de otro orga- nismo, imposibilitados de identificarse y confundirse por com-

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pleto con sus coterráneos, comunicándose en su lengua propia, ó de familia, sus espantos y sus peligros, y realizando las ope- raciones mercantiles entre sí, con desconfianzas, á escondidas de las investigaciones y espionajes que les envolvían, y de los atropellos y despojo que les amenazaban.

Por esto, sin duda, se advierte que allí donde la escasez de judíos, ó la total inferioridad del medio ambiente amenguaron las razones para enquistarse, y los espantos por defenderse, des- apareció el castellano; como igualmente se ha perdido y viene perdiendo, en mayor o menor grado, por aquellos otros pueblos donde la igualdad de los derechos civiles y de ciudadanía han permitido que se creasen, entre los elementos sociales coexisten- tes, esas transfusiones endosmóticas y exosmóticas que á la pos- tre concluyen por confundir y amasar en uno solo y homogé- neo cuerpo nacional, todos los individuos que viven en la nación misma, á la sombra de una bandera, bajo el gobierno de unas mismas leyes, y en la franca actividad que el derecho común permite á todo hombre emprendedor y laborioso.

No somos nosotros, son siempre nuestros adversarios los que mejor nos definen y precisan; no son nuestros deseos, son las imposiciones y determinismos del medio ambiente los que nos forman y predestinan, señalándonos lo que hemos de ser, y su cómo y su por qué; y así decimos que esta conservación del castellano y de sus costumbres antiguas entre los judíos espa- ñoles más que al espíritu de retención, á las resistencias instin- tivas y pertinaces de raza, al menosprecio de los demás convi- vientes, al culto religioso de tradiciones, á exigencias de la al- tivez,... etc., hay que atribuirlo á que el medio social en que vivieron fué para ellos inabordable; á que eran como líquidos iumezclables y repelentes; y á que por ello guardaron lo que te- nían, con instintiva y desesperada defensa, porque no había modo de fundirse en el medio donde se hallaban. Sin que esta explicación sirva para desmerecer nada á nuestros ojos lo que aún conserven de antiguos españoles los sefardim actuales. ¡Cuánto más humano y más lógico es este motivo, que no otro alguno!

Volveremos sobre un tema tan importantísimo en otro lu- gar. Sigamos.

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Consecuencia natural de este suceso es el desigual estado en que se halla hoy nuestra lengua, la cual aparece con todos los grados de degeneración imaginables, desde la copiosa, pura y elegante dicción que atestiguan los escritos de Pinhas Asayag, de Tánger, José Benoliél, de Lisboa, y Abraham López, de Ba- rrauquilla (Colombia), por ejemplo, hasta los extraños ofreci- mientos religiosos ladinos que se conservan en algunas comu- nidades de Siria, Egipto, y otros puntos, y se emplean en el ritual de sus sinagogas. Vamos, pues, al conocimiento del es- tado actual del judeo-español.

Comencemos por algunas informaciones.

Moisés Franco, el culto y laborioso autor de La Historia de los Israelitas en el Imperio Otomano, director de una escuela de la Alianza en Demotica, nos dice en su información, que Espa- ña se acordó un poco tarde para invitarles á venir á sus tie- rras. Los judíos de Argel y de Túnez, después de haber olvi- dado el castellano para aprender el árabe, aprendieron luego el francés. Los de Trípoli y Egipto, que siguieron el mismo ca- mino, hablan hoy de preferencia el italiano, el francés ó el in- glés. Los de Damasco y Alepo no guardan otra memoria del castellano que las palabras usadas en el juego de cartas y la numeración de uno á diez, la cual es usada en las ceremonias religiosas de la sinagoga. Los judíos de Palestina, mezclados con los indígenas llamados moriscos, continúan hablando un poco el español en Jerusalén, Hebron y Caiffá. De Saffed y Tiberiades, donde él vivió unos cuantos años, puede asegu- rar que no hay más de veinte familias que le entiendan. En Servia y Bulgaria de tal modo se hulgarizó y servizó, que pasa- dos algunos años será difícil reconocerle.

De esta decadencia, llevada á su mayor grado, nos da cuenta D. J. Dañan, de Lorenzo Marques, en el África del Sur, junto al Transvaal, quien nos dice para acreditar el interés que siempre mostraron los judíos españoles por que no se olvide su proceden- cia, que en los templos hebreos existe la costumbre, en varias épocas del año, de vender como en subasta ciertas oraciones ó ceremonias religiosas, cuyo producto se dedica á obras de caridad

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y benéficas, ó para las necesidades y cuidados del templo. En las sinagogas de Tetuán y otros puntos donde se hable el espa- ñol, claro está que la venta se hace en este idioma, pero lo no table y lo que da la prueba antes dicha, es que en el Cairo, Ale- jandría, Táuez..., etc., países donde ya se ha perdido por com- pleto el idioma castellano que hablaban los primeros llegados, dichas subastas se hacen, sin embargo, en español y como por precepto rehgioso. Se da el caso de que el que pregona lo hace en castellano, y los otros, que no lo entienden, ofrecen sus pre- cios en francés, árabe ó italiano. Pero el pregonero sigue tran- quilamente su castellano, que él mismo tampoco comprende. La venta principia así: ¿Cuánto dai, señores^ Y si se le pregun- ta qué dice en esas palabras, contesta en su lengua: «No lo sé; pero nuestros padres nos dejaron estas costumbres en memoria de cómo lo hacían en Castilla.» El amigo que contó esto á Dañan visitó esos paísQS y quedó muy sorprendido por esta particularidad y por estas reminiscencias después de tantos siglos.

De su parte A. Spagnolo, vicecónsul de España en Alejan- dría, nos atestigua la desaparición del castellano en aquella histórica región, diciéndonos que á principios del pasado siglo había bastante movimiento 3^ relaciones comerciales entre dicho puerto y los de la costa de Levante de España y las islas Baleares. Muchos de nuestros comerciantes y marinos queda- ron definitivamente en Egipto, estableciéndose en Alejandría, y ni uno solo de sus descendientes, si bien conservaron hasta el día su nacionalidad, conoce el idioma de sus antepasados: todos ellos practican el árabe, idioma del país, ó bien el francés ó el italiano, que aprendieron en escuelas establecidas por Francia é Italia, con objeto de propagar sus respectivos idiomas.

La conservación de frases, oraciones y ofrecimientos en castellano que se hace en las sinagogas, pertenece ys, al rito sefardí, y se usa lo mismo en unos que en otros pueblos. Yo las en Bayona (Francia) el día de Rosch Haschanah, ó día del primero de año (JO de Septiembre), y sobre ellas nos dice don José Elmaleh, de Gibraltar, que aUí todos los avisos que se exponen en la sinagoga de esta ciudad inglesa están redactados

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en español, siendo leídos por el Hazzan (ministro oficiante) en las oraciones de la mañana ó tarde. En ciertas festividades, tales como la de Pesah (Pascua de Tortas)^ Succot (de Cabanas), Sabhuót (de Pentecostés), suelen cantarse algunas canciones mixtas en judío y español. El estribillo de la más conocida es el siguiente: Ab rahmán cai'eh zemctn, careb zemán Él neemán; que traducido al castellano quiere decir: «Padre piadoso, apro- xima el tiempo, aproxima el tiempo. Dios fiel.»

Añade que al octavo día, último de Pesah (Pascua de Tor- tas), es costumbre tradicional, después de recitar la porción correspondiente del Pentateuco, dar lectura á una especie de Cauto Épico en hebraico, llamado Haftará; el cual se lee en hebreo primero y en español después. Hay que tener presente que las versiones en castellano están perfectamente hechas, siendo una de las mejores, ó la mejor, la debida á la castiza pluma de nuestro distinguido amigo D. Pinhas Asayag, de Tánger.

Estos vocablos en labios de sefardíes que muchos usan sin comprenderlos, obedeciendo tan sólo á legendarias prácti- cas del rito, recuerdan esos pedruscos amonitas, ó conchas es- pirales, que en siglos remotos fueron cobijo de vidas moluscas, extinguidas por completo, y hoy son objeto de juego en manos de campesinos que desconocen su significación. Y así como és- tos fósiles solamente sirven para que un naturalista ó un pa- leontólogo puedan remontar su estudio á las organizaciones pasadas, así también aquellas frases, allí, no sirven más que para atestiguar el paso de una lengua ya extinguida.

Pero si desde esas comarcas, donde se perdieron los deste- llos del alma nacional española que llevaron los azares del destino, remontamos el examen á los otros países donde aún vive, observaremos una gama algo variada en los modos de mostrarse la degeneración del castellano, la cual interesa mucho á nuestro país conocer, para imponerse cumplidamente en el estado de la cuestión.

Para lograrlo vamos á presentar, á modo de muestrario, una serie de cartas escritas por judíos que residen en lugares distintos; advirtiendo, que en la segunda parte de esta obra hallará el lector una colección más numerosa y con relaciones

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^más largas, donde podrá ahondar mejor en el estudio de la materia. ,

Queremos adelantarnos á una observación, que seguramen- te se nos hará; es á saber: la de que pubHcamos cartas de ju- díos intelectuales, y que en ellas aparece una jerga bastante más inteligible que la usada por el común de los sefardíes en los respectivos puntos.

No negamos la exactitud que pueda haber en esto; pero hemos de advertir que en todas partes, y con todos los idio- mas, sucede lo mismo. Entre los judíos españoles de Salónica, de Esmirna y de Constan tinopla, por ejemplo, habrá distintas capas sociales, las cuales marcarán distintos grados de cultura en lo que toca al idioma que hablen. Esto sucede igualmente ^n Madrid con el castellano, pues no son pocas las veces en que hablando con gente del pueblo bajo, se pregunta uno: ¿qué ha querido decir este hombre? ¿Qué lenguaje es ese?

Ya el Sr. Salem, de Salónica, nos advierte que los judíos ■de aquella comercial ciudad se dividen en dos clases: la obrera y la mercantil. De la primera dice que usan un español co- rrompido, compuesto de todas las lenguas habladas en el país, y por esto sería difícil á un español de España, mantener una conversación con ellos. No sucede así con la otra clase, la que llama intelectual, la cual habla una lengua como la que él escribe.

Otro tanto nos dice el Sr. J. de R. Eousso, de Esmirna, quien refiere, que entre el idioma típico hablado -por la plebe de sus correligionarios y el de la nueva generación, hay una diferencia sensible. El primero es el más corrompido por su mezcla de vocablos hebreos, turcos, griegos, mientras que el segundo se acerca más al español nuestro. ¿Habrá necesidad de repetir lo mismo tratándose de Constantinopla?

Pero en esta diferencia nos atenemos al lenguaje de los de arriba; no solamente porque es el verdadero, sino porque él representa la luz que marcha por delante, la que va señalando el derrotero que ha de seguir la expresión; desde esa altura desciende al periódico, al libro, al sermón, al canto, al teatro... y allí lo recoge el pueblo y se lo asimila.

No hemos podido determinar la educación que en el cas-

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tellano habrán adquirido todos los firmantes de las cartas; pero sin más que leerlas se sabe que algunos, cuando menos, han expresado con toda ingenuidad el judío que hablan; que es la primera, ó de las primeras veces que se ven comprometidos á escribir el castellano con caracteres latinos, y muy elocuente- mente se manifiesta lo mal que andan en expresar nuestras vocales, no solamente porque la é y la i estén mal usadas en el judeo-español, sino porque careciendo de la costumbre de ex- presarlas de otro modo que por su alefato, ó caracteres hebreos, al escribir los sonidos que usan con letras latinas, dan á éstas el valor del abecedario francés, que es el que todos conocen y usan en sus escritos, y con frecuencia figuran la u española con el diptongo francés ou. Algo semejante sucede con otras letras, y esto, como fácilmente se comprende, hace que sea la conver- sación oral más inteligible de lo que al pronto parece debe serlo, á juzgar por la confusión aparente de la escritura. Y pasemos al epistolario dicho:

CAPÍTULO

Epistolario israelita. Cartas de D. B. Gabriel Tuvy, de Constanza; Rafael Maz- liach, de Viena; J. de R. Rousso, de Esmirna; José Romano y José Abravanel, de Salónica; Levy Franco, de Gallipoli; Lázaro Ascher, de Bucarest; M. Gañy, de Rosiori; Enrique Haim, de Pancsova; Abraham Levi Sadic, de Sarayevo; Moisés A. Azriel, de Jafa; Moisés Fresco, de Constantinopla; David S. Bencho, de Bel- grado; Enrique Bejarano, de Bucarest; María Gros Alcalay, de Trieste; y Pin- has Asayag, de Tánger.

No pretende el epistolario que publicamos á continuación exponer todas las variaciones existentes en el habla de los ju- díos españoles, porque es muy corto, y porque, además de su limitadísimo número, es muy deficiente. Pero como el traer más abundosa variedad de cartas á este lugar resultaría empe- ño de pesada lectura y de inadecuada finalidad, porque no pensamos acometer un estudio concienzudo y gramatical de las variaciones topográficas que ofrece la expresión castellana de los sefardim, bastan las diez y seis epístolas siguientes para nuestro sencillo propósito de dar una idea de los grados de al- teración que presenta nuestro idioma en las poblaciones de Europa, Asia y África, donde existen las mayores comunida- des de israelitas españoles.

Y no siendo tampoco del caso ordenarlas, porque ni su nú- mero ni su texto consienten una serie, escogemos las más cor- tas de sus respectivos autores y las presentamos segúji nos vie- nen á la mano.

I. Véase en qué términos se expresa D. B. Gabriel Tuvy,

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ministro oficiante en la Sinagoga israelita de rito español de Constanza, animado puerto rumano en el Mar Negro:

Grande Voestro nombre, i mui respectable DON ANGELO POLIDO FERNANDEZ, Doctor en medecina i senador del Reino Espagnol

MADRID Sea engradesida Voestra fama alta, mas de Voestra Planeta. En azien- do ocazion de lo ke tuvi leído en munchios journales, raegavles i ajenos, la alta i bien esperituoza idea ke akea Espagna «la ke arongio a los Israe- litas en 1492» aziendo una caente iamada, torna venir en bu pais. O dio! creigo seer en boena ora. Creigo que dainda no ternias resivido ansi una lettra como la ke en este dia vos se prezenta?.

Dunkue grand Signorl Kero ke kon mis pokos biervos vengo a darme entender ke voestras ideas son superioras, i bien favorables a los espar- zidos Sefradim en Roumania; non diziendo ke mos topamos persicutados malamente, si non ke por entereso, mirando la prosperidad ke ai en los Gidios en moral i material. Ma una grande partida de nozotros buscando i lo boeno i lo mijor por el avenir de noestras criaturas, mos vino esta boena ocazion, la caente i amada de la Espagna; ke tamien para voestro pais seremos una simiente bendichea de akea ke diso el Dio a Avraam: «Are de ti gente grande, i serán bendichias kon ti todas las nasiones de la tiera», etc. etc. Sigun lo avlates en voestra Circulara, «Boelta de los gi- dios a la Espagna» ke el koal se topa en mi poder oi, en nombre de Rab- bin Espagnol de CONSTANTZA; i no me fue ainda a estudiar continido de este mentionado Circular, mezmo de esperar a ver todo el livro. lo solo trato de voestra iamada, si es solo meldado en los Jouruales, o es sa- lido de voestro alto senado; ordenado de todas las caveserias espirituozas. Kero saver directamente de voestra Siniatura, legalizado de toda la parti- da Governala del actual. Con todo esto, oi solo mirando los journales, ize grandes propagandas, i parte de familiares de tierna edad, patrones de braso i ofisios, ovedesieron mis palavras como lo ke so sus kapo religioso, Ministro Oficiante en Sinagoga Israelitte de Rit Espagnol

Ken lo aze todo esto? —El esprito santo, aiudado de Dios. Termino mi chika lettra, i paso saludando en bendiziendovos en giun- tos mis 2 colegos, aviado de boka i salido de corasen— ieno de bien. Ke sea engrandesida la corona Espagnola, con su nombre de Su MAES- TAD el REÍ ALFONS XIII, i sus espirituales cavesirias, toda la alta Fa- milia Regala, i sus capos religiosos, de ghiarse su respectable Pais, con prosperidad, derechedad, i pas. Amen.

Voestro devuado,

B. Gabriel Tuvy.

II. Pertenece esta segunda á un distinguido comerciante

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de Viena, D. Raphael Mazliach, cuyo estilo se desvía menos que el anterior, de nuestro castellano corriente:

Wien, am 8 del Mayo de 1904. lUustrmo. Señor D. Ángel Pulido.

Madrid.

Señor Senador: A cuanto che topará por giusto V. de acerme reproches al non aber respondido fin hoy sus bondades, placeres y favores, tendrá muchissima razón.

Una vez che me ha fornido del libro valutoso che contiene su labor preciable, o mejor dicho: preciado, aun inpreciable, non me era possible estancar en la lectura tan interessante; a cuanto mas adelantabe, mas cre- cia el deseo de conocer las cartas, discursos y reproducciones, los stylos y idiomas de mis correligionarios, todos españoles y aun contodo tan difie- ren tes; mas volvía la veluntad de enunciar debattas, opiniones, criticas, sympathias, agradecimientos, gratitud o discussiones, según los characte- res sympathicos de los Señores, cuyos nombres eran conosidos a mi ya de antes y preciados como sabios y illustres.

Las Contenencias de los discursos che publicó V. y la debatta del Se- nado me acementaron varios deseos y también la veluntad de entrar en relaciones comerciales con España, teniendo en el negocio de mi firma Eeprasentacia de Industrias y Exportación.

En eso riguardo me permiteré enviarle separata carta mas a my inte- resso, por pedir de su bondad me prestase consejo y enseñanza por el camino, che a V. parece mas pratico al successo.

En mientres, muy Señor mió, agradesca toda la quantitad de Sympathia y Amor, che entre una linea de escritura se puede esprimir.

Siempre su servidor

Raphael Mazliach.

ni. La siguiente carta de D. J. de R. Rousso, de Esmirna, pone muy de manifiesto defectos de escritura sobre los defectos de locución. Se comprende al punto que escuchado el Sr. Rousso aparecerá menos confuso al oído que á la vista. Sin embargo, hay períodos de una corrección muy aceptable, que alternan con otros donde los itaÜanismos y galicismos obscurecen el texto:

Muy querido amigo, y de mi mas alta consideración; Asiendo siguida a mi devouada del 18 mes pasado y respondiendo al deseo que ud. mani- festa con su tarjeta postal de 26 ditto, yo le escrivo oy en Castellano que hablamos por redijirle succesitamente los datos que el me demanda en respuesta á su questionario.

Yo deseo todavía decirle que non es este el idioma típico hablado por

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la plebe de mis correligionarios. Entre el Judéo-Espafiol hablado por estos y aqnel de la nueva generación, ay bien ouna differencia Sensible. El pri- mero seria á vd. difficilmente comprehensible por el fato que el es el mas corrompido y por el usage del qual tienen recorso á biervos y espressiones de linguas estrañeras principalmente del hebreo, Turco y griego. El secun- do por contra se acerca del Castellano en ouna cierta mesura visto que el tiende a reformarse y por lo menos purificarse por la adoption de términos franceses «Españolisados».

El Sig. Nissim de J. Pardo de esta ciudad estarla en misura si el tiempo le permette (sola reserva, conosciendo su attamiento á la question) estarla en misura, digo de darle mas de ouna información de grande importancia sovre el sujeto. Yo se, el Amigo Sr. Pardo escusara mi indiscreción que desde numero de años el se occupa de asser oun diccionario Castella- no-Judeo-Español-Francés, que si venia a ver la luz, y seria gradualmen- te adoptado por nuestros publicistas, podría en ouna notable mesura con- tribuir a reformar nuestro maleucontroso idioma y acercarlo del Caste- llano.

Ni el quadro restretto de esta letira^ ni mi competencia sovre todo, non me permeten de continuar en mis reflecciones. Vcl- tenga solo la convic- tion que el assunto al qual el quere bien con tanta maestría y abnegación consacrar sus esforsos; es de oun interés vital por el avenir de nuestro pueblo viviendo en el Oriente.

Siempre á su disposición por toda communicación que podria serle útil, le ruego de creer, á los sintimientos de alta 'consideración y estima, con los quales me digo su devoado.

Dios quera que mi lettra provoque onde usted solo ouna hilaridad y non oun sintimiento de disgusto.

Non me ago ninguna i.llusion, sovre quanto lechos deve ser la lingua que lio le escrive del Castellano puro y suave. Es ouna ocasión por mi de compiar sovre sou bienveillente indulgencia, non solamente por las faltas en todo senso que usted encuentrara en ella, si tanto es que el verla la necessidad de corrigirla, ma sobre todo por el caso onde lio commetteria involuntariamente se entiende, la falta grave de escrivir en la presente términos o espressiones que lio crei naivamente ser en Castellano, mien- tras que ellos non son, o son y non se adaptan al senso que lio los destino.

Por esto y por todo lo que non pude preveer, le ruego de créér a mis mas sinceras escusas.

J. de R. B0U8S0.

IV. De Esmirna es también la que firma D. José Romano, distinguido profesor de inglés en la Escuela escocesa, redactor del periódico El Messeret, y corresponsal de La Época, de Sa- lónica:

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Ezmirna el 28 6-1904. Illustrissimo señor Senador. Vuestro libro sovre los Israelitas españoles, acompañado de una carta, lo he recivido a tiempo. Mili gracias por vuestro cuydado i por el honor que usted me hace. Yo seré muy venturoso a cumplir el deseo de usted en respondiendo a las preguntas que me pone. Asta un mes usted tiendra un rapporto detallado sovre todo lo que concerna la ciudad judía en donde vivo. Vos prometo de notarvos astes los mas pequemos detalios i las mas recientes i offiicieles estatísticas.

Escusad, vos ruego, la orthografia de este jargon i deniad acceptar los humildes respectos de vuestro devuado servidor,

Joseph Romano.

V. Nuestro bondadoso amigo D. José Abravanel, de Saló- nica, nos envió el 10 de Mayo (1904) la carta que sigue, expre- sión fiel del castellano que se usa en dicha linda ciudad:

Salónica 10-5-904. Estimado Señor Pulido.

Le confirmo mis dos ultimas cartas por las qualas le enderazara algu- nas enformaciones concemando los Judéos Españoles de Salónica. Sigun se lo promete á Ud le escrivo en este papel un poco de caligrafía de Judéo-Español, con la cuala mos servismos por todos los échos comercia- les, i particolares, la contabilidad, cuentas íi otros, enfin por todas las co- respondencias etc. etc. Las romansas que le prometí están estanpadas en Judéo-Español y si Ud lo desea se las mando con mucho gusto.

Enclusotopará una vista representando una mujer vistida con custum en uso de Salónica i (coiffée) coifada con una forma i llamada tocado compuesto de diversas colores lo que ase un gusto muy original, ma que semeja (semble) desparecer por ser rampla^ado por custum Europeo.

Los ombres visten lo mas el custum Europeo con el coifo turco o franco (capello) i la parte que es inda conservadera de les viejos usos vis- ten el entari i djubé de vistimienta i nombre turca, creo lo verá Ud en los tarjetas illustradas que le mandé estos días.

Creo que nuestro castellano non es bien entendido de todo Español i quanto regreto de non poder escrivir bueno esta ermosa i linda lengua tan conocida de nuestros avuelos.

Non dubito que en poco tiempo i con ésforsas de volenta se puedra muy bien escrivirlo y leerlo coretamente.

Ruego escrivirme en su prossima si desea Ud corresponder con algu- nos de mis amigos estabilidos en otras partes de la Turquía, Smyrne, Jerusalem, Andrinopole y otros por conocer detallios de los Judéos-Espa- ñoles de aquellas partes.

Esto curioso por saver si Ud reci'^ió todos los periocos i cartas que le mandé. Soy siempre de Ud su devoto i respetuoso por servirlo,

Moise Abravanel.

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VI. De Gallipoli, ciudad turca sobre el mar de Mármara, es esta otra, la cual debemos á D. Levy Franco, hijo del Gran Rabino de dicba ciudad, población de unos 20.000 habitantes:

Gallipoli el 12 Octubre 904. Sr. Dr. D. Ángel Pulido.

Madrid. Muy respetable y distinguido señor mío: Me permito de decirle que yo soy de la falange de los admiradores de su noble campaña digna de ala- banzas cuanto usted lo es, y que yo, el suyo servidor, he seguido con un entusiasmo particular.

Luego que intimo señor Raf. Amato me ha presentado su libro yo me tengo hecho el placer de leerlo con la atención merecida. La impre- sión de esa lectura ha hecho resucitar en mi los instintos de cariño por mi abuela patria, me ha tocado sensiblemente por la calor de sus suaves palabras, me ha atraedo por el fondo de sus nobles y liberales ideas.

Desde mi niñez yo estudié la historia de los Israelitas de la grande España, leí cuantos sacrificios eyos hacian por sus protectora. Eyos se destinguian en el arte militar y muchas veces misiones delicadas les eran confiadas, de las cualas esos ñdeles ijos pagaban dignamente, no escati- mando nadie por sus patria cuando mismo al reisgo de sus vidas.

Pero noté que, cuando las horrores de la edad media estallaron la in- quisición, esa armada de ambiciosos y inhumanos, reconocido su splan- dor a Torquemada (de maldicha memoria) ha tenido el mismo iguardo por sus hermanos de raza que por los judíos, cuando esa ultima juzgaba justo de apropriarsen de sus haciendas. Judios, cristianos, todo les era igual.

Es por eso que no debe haber, ni hay en nosotros. Israelitas españo- les, ninguna rencor por el pueblo Español. Al contrario yo los digo mas desdichados, mas desgraciados de nosotros, pues que á las dolores y tur- mentoB físicos se aj untan los morales.

Si examinamos las historias de los pueblos no se hallara uno que ha sido menos cruel enfrente esa fracción de individuos; ma, llegaron a re- parar a tiempo la falta de la superstición de sus abuelos, (a la excepción de los brutales Rusia y Rumania).

¿Y yo me demando, la carisima España siguira eya el mismo ejemplo?

La existencia de nobles hombres commo usted en alto logar, gosando

de una autoredad lo permite tomando a corazón la obra, usted decha ver

que vd. como una louz resplandient'i es en via de reflectar las consencias

De mi parte yo le presento mis felicitaciones y un pronto suceso.

Dígnese recibir, estimadisimo señor mió, la expresión de mi profonda gratitud y puro respecto

s. 8. q. b. a. m.

Levy Franco. Fils au Grand-Babbin de Gallipoli.

VIL Del distinguido D. Lázaro Ascher, de Bucarest, es la siguiente, la cual da una idea del habla castellana en la capital de Rumania:

Bucarest, 31-5-904. Muy distinguido Señor y amigo mió: Sin ninguna tardanza, vengo a responder á su estimada carta del 25 corr., cuya me trujo mucha alegría. El amigo Sr. Bejarano tuvo un vivo gusto al oir que la Real Academia de la Lengua le tiene de nombrarlo su correspondiente, y no menos la tengo y yo ademas de lo que dice Usted, que y otros de mis correligionarios serán honrados con este titulo. Los contentes mostra Usted por el Señor Abravanel de Salónica, me produce tanto placer como si yo mismo le hubiere servido á Usted. En la primera carta que yo escribí á éste Sr. le dije <Cada uno de nosotros de cualse- quier Paie, debemos según el poder venir en ayuda á ésta patriótica obra de Usted, que no está ahorrando tiempo ni pena en ser é infatigable, ha- ciendo todos los esfuerzos por alcanzar al patriótico escópo de propagar el dulce y lindo idiomo español entre nosotros, hacer á que se hable y es- criba como se debe, y que las nuevas generaciones lo conserven», rogán- dole también á que mi carta la mostré a sus amigos. Tanto mas mucho me place de haberme enderezado a éste Sr. porque es de bien hacer ú hombre de corazón, que puedo decir, que es hecho de la Providencia. La sublime idea de Usted de reproducirlo todo en libros, pue no puede ser mejor, que se esta vendo el efecto, entrando en relaciones con los israeli- tas españoles de todas cuatro partes del mundo. No dudo que terne el honor de recibir a su tiempo el segundo libro de Usted, que á verdad debe ser mas interesante, que el primero. Lo siento mucho no tener otro retrato mió, y si como por el memento estando ocupado con reparaciones en casa, en los dias venederos me haceré fotografías y le envió á Usted. Muchas gracias por los periódicos gusta enviarme, y recibo El Liberal regularmente, mi es mucho de interés recibir los periódicos que hablan de la bendicha obra de Usted, que espero me los enviara, regraciándole con anticipación.

Me ofrezco á las ordenes de Usted con mucho placer. Mi familia y yo saludamos con estima á su familia y Usted y cuente Usted con la perfec- ta é ilimitable consideración con quedo de Usted su aftmo. amigo

q. 8. m. b. Lázaro Ascher.

VIII. De Rosiori (Rumania) procede la siguiente simpá- tica epístola, cuyo autor M. Gañy no ha hecho estudio especial de nuestra lengua:

Muy estimado Señor Pulido, Su carísima carta del 6 3 la recebi al tempo y tadri de responder porque estubi muy ocupado.

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FlG. 10. - D. M. Gañy, di rector de una Agencia im- portante de Rosiori (Ru- mania).

Entre-tiempo recebi e) N.o de la Ilustración con el ultimo sobre la question de los judíos Españoles en oriente, qual lei con grande atención Leimos su dulce articlo en una chica Junta d'Españoles y nos emocio- nimos mucho pensanda a noestra cara Patria que perdimos. Sus racionamiertos son justos, su manera d' exposar las cozas muy claras y pensamos muchos d'estrechar el cariño con noestra tiera d'origina.

Viendo su sincera propaganda por los ju- díos Españoles, pensó de acer a un hermano mió que esta a París que venga a Madrid. Tengo grande deseio recebir una minuciosa descripción sobre la sebdad. Non se si es que se mas topan judios en España, onde y cuan- tos. Agradarcere mucho de conecer esto de- tallo.

Si se mas topan judios en España, pode- mos acer a unos de noestros amigos que que- ren emigrar de Eomania que vaian hai.

El empesijo ez pezgo y pensó que non va pasar mucho tempo, quando los judios se con- vinceran del ¡sincero deseio de los Españoles de recebir a los hermanos judios.

Pedi al Sr. Director de la Ilustración que me mandi el almanaque 1904 y un numero de la Ilustración.

Topáis aqui 10 timbres que valen 3 francas, por paga de este libro. Rogo respondermi se poedo mandar y por El Liberal la paga en esta moneda. El Crédis Lionaís creio que los recibe.

Tengo el placer de notarle unas cánticas que tenemos los judios. Me demanda luque comprendo por consegos. Non poedo dar boena ex- pligación. Yo quero libros Españoles que tengan subiectos como tiene un almanaque.

Rogo reciba mis sinceras y ondos saludos.

M. Gañi.

IX. De Pancsova (Hungría), viene la que nos remite don Enrique Haim, distinguido banquero:

Pancsova 3-9-1904. Muy honorable y estimado señor mió! Non respondí fin hoy su estimadísima carta del 16-8, porque aspiri tiner Información se hay sefardos en Rusia, y kefi avizos que recivi, non hay sefardos españoles en Rusia. Son todos israelitas alemanospolacos. Mi rengracio mucho porla ocassion di poder leer los artículos de Ud tuquante los Israelitas de Bosna en el Diario Universal, lu qualo mi izo grande gusto, lo mas porque Ud esta demostrando tan grande Inte- resso y Amor por los hermanos desterados. Rogava bivir y alcansar el

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tiempo, onde nos tornásemos á noestra Tiera amada. Con grande Res- peto saludo

Enrique Haim.

X. Procede de Sarajevo, capital de Bosnia, la siguiente carta y el arreglo al judeo-español de la le^'enda danesa Elve)-- conge. Leyendo esta composición de Abrabam Levi Sadic y las interesantes cartas de Abraham A. Cappon, que publicare- mos más adelante, se adquiere la convicción de que esta ciudad es una donde se babla mejor el español de Oriente:

Sarayevo, 8 de Junio, de 1894. Señor

p. t. Angelo Pulido Fernandez

Madrid. Muí honorable señor! Por su mui preciado enderezo vini a saber del señor S. D. Alcalay de aqui i me tomo la libertad de enderezar a Usted estos pocos renglones. El Elverconge de los Daneses, el cuál existi en muchas lenguas (en alemán Erlkónig), lo hici ya en el español para los judios-españoles, de- bajo del titulo Asmodi sigun incluido. Si Usted pensa que Asmodi se puede aprovechar también alli, le rogo de querer bien dejarlo publicar en algún periódico.

Esperando su estimada respuesta, tengo el honor de hacer mis deVje- res, con respeto.

Avran Levi Sadic.

ASISIODI (1) Entre montes 'scuros,. á noche alta, Por leño, por piedra, el caballo salta; Llevando al padre, de cuál la palma, Detiene al hijo, que ama su alma.

Mi hijo, porqué encubres la cara? íío ves tu, padre, quién es que se para? Onde nosotros Asmodi que sube? Mi hijo, tu ves 'scura una nube.

No ves su corona, de oro su sayo. No ves caro padre, sus pies de gallo? Hijo mió, no hai nada por cierto, No tengas miedo, yo esto despierto.

«Ven tu con mi, ven, gracioso hijico!» (2) «Dar te vo yo mas d'algun juguetico;>

(1) El rey de los demonios.

(2) Los versos entre comillas cuando abla Asmodi

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«Te llevare a mostrar mi tesoro,» «Con vestidos te vestiré de oro.> -

Padre querido, no estas tu sentiendo, Lo que Asmodi me va prometiendo? Estáte quieto mi hijo, repósate, El aire en las hojas secas bate.

«Bello niño, queres venir ahora?» «Mis hijas 'speran, corta es la ora;» «Veras cuanto lindo jugan i cantan,» Hermoso mis hijas bailan i saltan.»

Ves padre mió, de aquella parte, Mozas en vivo baile i salte? Hijo amado, arboles seguro, En aquel yo veo lugar oscuro.

«Me places mui mucho, anjel sin alas,» «No queres con buenas, ven con las malas!» Ah padre! mi padre! ahora m'apaña! Trava mi cuerpo Asmodi i daña!

Temblor afera al padre i espanto, Blanco se hace como el muerto. Su cuerpo cubre sudor helada, Baten sus dientes, no habla mas nada.

El hijo jeme, llama: madre! madre!.... Con toda fuersa apresura el padre; Alcanza su casa con largos pasos. El bello niño muere en sus brasos.

XI. Pertenece á im conocido editor de Jaffa, como todos los anteriores de raza española, D. Moisés A. Azriel, la siguien- te tarjeta postal; la cual da idea del castellano bien conservado que se habla en Palestina:

Jaffa, el 31 de Augusto de 1904.

Muy estimado Señor mió. Ricibí su honorada carta del 16 corrente que me fué embiada de Jerusalem. Ayer le escribí de largo. En mi retorno en Jerusalem, le contestaré á su letra.

El Álbum que Vd. dezea saber, es un libro lleno de retratos en foto- grafía de todos los monumentos y siudades de la Palestina y Jerusalem, tales que la mosqué d'Omar, la tomba de David, de Salomón, de Rackel y otras. Escríbame el precio del Diccionario que yo le rogé de embiarmé. Lo saludo con estima y respecto. Su devuado servidor que esta siempre a 8UH ordenes

Moisés A. Azriel.

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XII. Una de las muchas cartas que debemos á D. Moisés Fresco, renombrado pedagogo de Constantinopla , es la si- guiente:

Constantinopla 2 de junio de 1904. Muy querido señor Pulido.

recibido sus dos cartas del 15 y del 18 mayo. Estuvimos muy con- tentes de saber que eu libro ha producido una excelente impresión en España. Aquí también se habla mucho sobre esta cuestión y todas las personas que lo leen sienten grande simpatía y afección por usted. Es verdad que se debe considerar como un triumfo el haber logrado á nomi- nar hebreos como correspondientes ae la academia.

Cuando recibe su última carta fui á ver al señor David Fresco y al Sr. Abraham Danon. Este ultimo ha aceptado con mucho apresuramiento el honor que le ha hecho la academia y me ha prometido de escribir á don Ramón Menendez Pidal, y seguro que lo habrá hecho.

Sr. Fresco es una persona muchísimamente ocupada; ocupa en su diario la función de director, de redactor único, repórter, administra- dor etc. y tiene otras varias ocupaciones. No pudo contestarme el dia que lo he visto y me prometió de venir á verme por tratar sobre este asunto. Estará esperando esta visita para contestarle y es por esto que he tardado á hacerlo por lo cual ruego á Vd. de escusarme. Si el dia no tiene tiempo bastante, le he pedido de venir y pasar la noche en mi casa (porque mora en la campaña); me lo prometió y hasta ahora no pudo hacerlo.

No tengo la reproducción de la entrevista entre el hebreo y el cardinal Merry del Val. He escrito á la redacción de la Época en Salónica para que le envíe á Vd. esta reproducción.

Al Sr. Ruso le hice saber tam lo que Vd. me ha dicho por él.

Mi niña la castellanita le besa sus manos.

Reciba un cariñoso saludo de S. S.

M. Fresco.

XIII. Del ilustrado Benko S. Davitscho, de Belgrado, es la siguiente graciosa postal que trae la fecha de 22 de Julio de 1904:

22-VII-904. Muy Señor mió, Del dia de mi boda estoy abolando con mi palomba- No se maraville que no respondo á sus graciosa letra y artículos. Tornan- do a mi nido lo haré. Su muy devoto

B. S. Davitscho.

XIV. En Bucarest se conserva bastante bien el español, y prueba de ello la dan los siguientes trozos de una carta del Sr. Be jarano:

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El aire bienhechor del siglo xix contribuyo mucho al progreso de los judíos españoles. Viendo la utilidad de las ciencias, buscaron de salir de la letargía y entran en una vía de claridad, abandonan ciertos usos que no hacían más honor y empezan á dar una educación moderna á sus niños, sobretodo en los últimos cincuenta años, cuando la allianza israe- lita apareció en el Oriente.

Dios, ¡qué cambiamiento! Una era enteramente nueva se abrió á los judíos. Los cientos de miles que ella (la Alianza) gasta por ellos traen los mejores resultados. Ella forma un elemento higiénico, sabio, que hace honor.

La criación de tantas escuelas (en donde se hacen todos los estudios modernos y entre ellos ee cultiva el español), dan resultados diliciosos, y gracias á esas casas de educación que el idioma llego ahora á su apo- geo. Se escribe correctamente, se habla con elegancia y dilicateza, de ma- nere que un Señor de España se creerá, llegando aquí, hallarse en su país. Al leer alguna obra moderna de historia, biografía, etc., dirá que lees Cervantes ó Calderón. Talmente el estilo es escogido y suave.

XV. Entre las primeras cartas que debo á la gentil bon- dad de doña Micca Gross de Alcalay, residente en Trieste, figu- ra la siguiente. En la correspondencia de esta distinguida y mu}^ inteligente señora, hemos advertido con toda claridad un fenómeno interesante y expresivo, aunque de suyo muy na- tural; y es que á medida que iba escribiéndonos cartas, iba mejorando su estilo con una facilidad sorprendente. Sus últi- mas cartas contienen ya un español bastante más correcto que las primeras:

* Trieste el 26-4-1904.

Muy estimado Señor Doctor! Muchísimas gracias por el diario El Liberal. ¡Bravos mis judeitos españoles vieneses! Se han sabido bastante bien ingeñar, contestando el noble saludo de Vd á esos jóvenes. Ya lo creo que al oir la lectura de ese saludo han sentido grande entusiasmo, porque el que la ha leido es un castellano (1) y pronunció y accentuó bien la misma, sobre todo acaricia el oido como pronuncian V.V. el c y z. Selebro que esa semana ya sale el libro sobre los judíos españoles y no tengo duda que sabrá atirar el interés del que lo lea, se no por la materia, quisas si todos llevan el mismo interés por nosotros, mas por el modo y elocuencia de tratar el asunto. De Sarajevo no me escriben nada sobre mi pregunta, creo que estaran buscando el intelectual con 2 candelas.

No si tendrá algún interés esa canción para Vd pero la cantavamos, en jugando, las niñas más adultas; y el sitio que escojibamos y en la época que le jugábamos no es priva de poesia; con todo que yo lo llamo

(1) La lectura fué hecha por el Dr. Pulido Martin (hijo).

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el «preparandnm» del matrimonio, porque ¿cuala de nosotras no sabia ya que un dia tiene que venir el mas o menos «caballero» á pedir la mano de la «hija del rey moro»? Le jugábamos el «aqui me manda el Señor rey» en verano, en los jardines; entre las mochachitas se elegiba un caba- llero y un padre guardián, las demás nos sentábamos en fila dentro un sotito que nos servia de «monastero». Con mucho donaire ya oibamos cantar el caballero como sigue:

CABALLÉ EO 1

Aqui me manda el señor rey De las hijas que tenéis A la mas bella que me deis.

PADRE 2 Ni las tengo ni las doy Ni vos me las mantenéis Con el pan que yo comiera Comerán ellas también.

CABALLERO 3

Tan alegre que yo iba Tan aflegido que me voy A la hija del rey moro No me la dan por mujer.

PADRE 4 Tornad tornad caballero Venid buen forastero Subid ariba al mouastero Excoged cuala queréis.

CABALLERO 6

A esta me llevo por hermosa A esta me llevo por esposa Que me para una rosa Acabada de nacer.

Luego la elegida para esposa la poliban con flores; y con frutas y bollitos se celebraban las bodas. Cuando recuerdo con cuanto anhelo llamaban los padres de ocasión á los caballeros que se les lleve alguna hija me rio, porque en la realdad no es de otro modo; tornad, tornad caballero y luego se ajunte: no pideis mucho dinero.

Una vez por siempre despensa Vd mis errores.

Tengo el plaser en saludar Vd con mucha estima.

Micca Gross Alcalay.

XVI. Vamos á cerrar este pequeño epistolario con una carta de Pinhas Asayag, de Tánger, modelo de pura y elegante expresión española, que debe servir para dar idea de la perf ec-

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ción que puede adquirir nuestro idioma entre los israelitas de Marruecos:

Tánger 11 Julio 1904. Sr. Dr. Dn. Ángel Pulido.

Madrid, Mi distinguido amigo: Aunque ya tuve el gusto de manifestar a Vd. oportunamente, la grati- tud de todos nosotros hacia Vd. por sus simpatías á la raza israelita, su propaganda de confraternidad entre dos pueblos hermanos y su nobilísima campaña en favor del mejoramiento y difusión del habla hispana entre los judíos de Oriente y Occidente, quiero en esta ocasión, lo mismo en mi nombre que en el de los israelitas de Tánger, hacer público, por medio de la prensa, el testimonio de nuestro agradecimiento hacia el campeón es- forzado que con tanta gentileza de espíritu, como gallardía y resolución, se lanza á la palestra en pro de un noble ideal, que hace honor á Vd. y á la misma España, de cuyos altos intereses y prestigios se muestra Vd. de- nodado adalid.

Aquí seguimos paso á paso y con el mayor interés, su campaña en la prensa española; aplaudimos con vivo entusiasmo sus grandes iniciativas y loables esfuerzos y hacemos votos por que el éxito corone su obra re- dentora, ya que con un valor y constancia que despiertan nuestra admi- ración, se afana Vd. porque España conozca y se atraiga^ á un gran nú- mero de sus antiguos hijos, todos corazones rendidos, que quieren con singular afecto á la que consideran su madre y ha sido cuna de sus glo- riosos antepasados.

Celebramos con la mayor efusión y nos consideramos halagados al po- der apreciar los hermosos resultados de su infatigable propaganda, pues por de pronto ya ha conseguido Vd. hacer opinión en España, al descu- brirles un mundo nuevo que es todo español, atrayéndose á la vez ele mentos de valía, cuyo concurso ha de contribuir á facilitar la magna obra de Vd.

Por esto nos place y lisongea que instituciones tan eminentes y patrió- ticas como la Real Academia de la lengua, la Sociedad de Escritores y Artistas y hombres tan insignes y de tanto valer como Dn. José Echega- ray, Menendez Pelayo, O. Picón, T. Bretón..., etc., etc., glorias de las letras y artes patrias, se coloquen al lado de Vd., le presten su inapreciable con- curso, y le alienten á seguir en la defensa de tan simpática causa, en buena hora emprendida por Vd.

El que estas líneas tiene el honor de dirigirle, así como los israelitas de Tánger felicitan á Vd. y hacen estensivo su agradecimiento á la Real Academia Española, á la Sociedad de Escritores y Artistas, á su digno Presidente el Sr. Echegaray, á los escritores, publicistas, periódicos y á cuantos se adhieren á la causa que Vd. sostiene y toman en ella una parte activa, probándonos Je este modo que no son indiferentes á las ar- - dientes simpatías y cariño sincero que los israelitas de origen español

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sentimos por la hidalga patria del Cid y el Gran Capitán. ¡Adelante, mi querido amigo! Su causa es noble, patriótica, humanitaria: Vd. triunfará y España habrá un día de agradecerle el señalado servicio que Vd. la presta. Su talento, sus energías, su ñrme voluntad, su valor cívico, su probado des. interés y su patriotismo sano y bien entendido, son garantías seguras que auguran un éxito brillante.

En su empresa le acompañamos con el corazón y el pensamiento. Ade- lante y Viva España!

Es suyo buen amigo que le distingue

Pinhas Asayag.

CAPÍTULO IV

Biología de los idiomas.— Noticias de Monlaii y de Hartzenbusch sobre el judeo- español.—Riqueza de este idioma. —Su escritura variada. Los romances de Leo-Wiener.- Diferencias dialécticas del ladino.— Dialectos, lenguas y jergas. Los libros de rezo de los sefardíes. Lamentaciones de las humanas desdi- chas.—Impurificación de la jerga castellana.

Yo no de cosa alguna que se parezca tanto á la compleja biología de un pueblo, como la intrincada biología de un idioma. Y esto, que á primera vista pudiera extrañar un poco, se com- prende en cuanto se observa que los idiomas no son otra cosa sino la exteriorización del alma de los pueblos.

Su génesis, su desarrollo, su complexión, su salud, su pa- tología, su higiene, su medicina y su muerte, todo recuerda eso mismo en el modo de ser de un pueblo; todo lo recuerda también en el modo de ser de un individuo. ¿Quién sorprende cuándo y cómo nace un idioma; ni quién sorprende cuándo y cómo nace un pueblo? ¿Quién es capaz de determinar la participación que tienen todas y cada una de las circunstancias interiores en la filogenia de uno y otro ser; en la génesis de sus complejos y multiplicados órganos; en la arquitectura soberana de su ana- tomía; en la proporción y enlace armónico de sus componentes; en el juego equilibrado y saludable de sus funciones; en los desequilibrios de sus temperamentos y sus idiosincrasias, que así se muestran en la una como en el otro; y en las infecciones, anemias, traumatismos y degeneraciones que de parecido modo sufren, y por los cuales al fin se rinden á la muerte y á la

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historia? Obra de siglos es el principio y la conclusión de ambos; resultado también de muchísimos agentes y concausas, y por esto, como no hay células ni tejidos que solos formen y maten uu sujeto; ni caudillos que creen y extingan una raza; tampoco hay genios que se abasten para producir ni deshacer un idioma, sino que se necesita el concurso combinado de la vida universal, elaborando sus creaciones en el inmenso labo- ratorio de la Naturaleza, con la reposada cooperación de los siglos.

Acuden estas elementales consideraciones á nuestra pluma porque advertimos, al abordar tal aspecto de la cuestión, cómo ya en este camino que emprendimos creyendo ser el primero á marchar por él, nos había precedido otro, si menos tenaz en su propósito, seguramente más capacitado por su conocimiento; en qué términos de semejanza con las enfermedades orgánicas de una raza se muestran los vicios de degeneración de un idioma, y cuan erróneamente, en fin, calcularon los que creye- ron poder evolucionar y herir á su antojo una existencia tan difundida por el mundo, y de tan asegurada longevidad^como es la de este idioma multisecular.

D. Juan Pérez de Guzmán, ilustre escritor justamente afa- mado por la erudición de su doctrina y el pergeño de su forma, publicó en el núnero 187 de La España Moderna un estudio sobre los israelitas de origen español, con ocasión de nuestro anterior libro, y en él recuerda que la Memoria leída el I.** de Enero de 1867 por D. Juan Eugenio Hartzenbusch, como di- rector de la Biblioteca Nacional, y para inaugurar las tareas públicas de la misma, al reseñar los trabajos más interesantes del año anterior, daba cuenta de que entre los libros compra- dos por dicha casa en el año QQ^ se hallaban: una Biblia en dos tomos en 4.** mayor, tres tomos en 8.° de Cuentos árabes, y seis años de un periódico semanal de Constantinopla; las tres obras tomadas en precio de noventa y un escudos por el ilustrísimo Sr. D. Pedro Felipe Monlau, director de la Escuela Diplomática, con motivo de un viaje hecho á la Sultana del Bosforo. Estaban las tres impresas en letras rabínicas, y las dos últimas redac- tadas en idioma tal, que de él decía: «si se debe llamar español, se aparta mucho del Castellano».

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Con este motivo refería que en la capital turca y sus in- mediaciones, había más de cuarenta mil judíos que hablaban dicha lengua, importada de España; dialecto castellano poco ó nada conocido en nuestra península. Y luego añadía algunos otros datos curiosos, con los cuales daba á conocer las princi- pales alteraciones del idioma, si se le comparaba al nuestro; y hacía observaciones muy semejantes á las señaladas en nues- tro anterior trabajo. Así decía que el «lenguaje de los periódi- cos consiste en una mezcla de voces corrientes en nuestro idioma, de voces anticuadas ya para nosotros y de otras nue- vas con forma rancia, especie de neologismos arcaicos (como escuchamiento, en lugar de examen; meneamiento, en vez de tem- blor), los cuales ni conocemos ni aun imaginamos; añadiéndose á esta multitud de dicciones, ya recogidas del italiano, j^a del francés, ya del hebreo, giros y construcciones raras, metátesis frecuentes, ó más bien rudos cambios de letras ó de sonidos, á la manera de los que hacen en España personas del ínfimo vulgo, como los que pronuncian ])f'ohe por pobre, mosotros por nosotros, cuota por cual, dengün por ningún, escribirsen por es- cribirse.

«Parece además como silos judíos de Constantinopla igno- rasen ciertas palabras muy corrientes y nada nuevas en nues- tro idioma; porque hemos visto la á^ agricultura seguida de un paréntesis que incluía las de arar la tierra, y documento explicada por las de prueba por escrito.

»La escritura es también singular: teniendo quizás signos para todos los sonidos del castellano, la vocal i les sirve ade- más para e, la cual se expresa también con h y con i, ó con el diptongo ai; la u sirve de o, impresa á menudo con el diptongo au; las aes son varias; el sonido de la j suave extremeña, ú otro análogo (porque el de castellana no si le tienen), aparece representado por diferentes letras; el de la ñ, con la í^ y la i, y con una I y una i, ó con dos íes, el de II, y casi lo mismo las combinaciones de la y con las vocales. Tal escritura, por su- puesto (como rabínica), va de derecha á izquierda, y el libro ó el pliego se principia á leer por donde nosotros le concluímos. La Biblia, impresión de Esmirna, hecha en 1838, contiene el texto hebreo y una traducción castellana que se aparta muy

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poco de la mu}" conocida hecha á fin del siglo xv por ios judíos de Ferrara.»

Leyendo variados textos y cartas de los judíos españoles, y apreciando, aunque sea no más que muy ligeramente, su pen- samiento, se adquiere la convicción de que su castellano varía mucho, según las regiones donde se examina y hasta según la cultura de quien le escribe; por lo cual no se presta, en con- ciencia, á señalar líneas biológicas y rasgos gramaticales fijos. Es el propio idioma español, más ó menos desfigurado en cada parte, con regionales impurezas y añadidos; pero mostrando una base lingüística tan grande todavía y un léxico tan copio- so, en relación á los motivos con él expresados, que se com- prende al punto ha de tenerse por injusto aquel profundo me- nosprecio con que le trataron cuantos creyeron procedía aban- donarle por inservible. En cualquier dialecto de los que usan las varias regiones de España, donde asimismo la lengua nacio- nal aparece desfigurada, aunque constituyendo el cuerpo prin- cipal del dialecto mismo, se podrían advertir, en el mismo ó mayor grado, los propios defectos que en el judeo-español; el cual tiene á veces, en la expresión de algunos de sus publicis- tas, tan manifiestas delicadezas y armonías, que se atraen al punto la atención de quien las lee; y guarda todavía vocablos tales, que pudieran ser hasta pequeño jardín donde nuestros escritores recobraran algunas flores lindas con que engalanar aún más el delicioso pensil de nuestra lengua corriente. Buena prueba de ello la suministra el renombrado estilista D. Miguel de Unamuno, Rector de la Universidad de Salamanca, el cual, saludando al joven monarca D. Alfonso XIII en la inaugu- ración del curso universitario del año actual, con un pre- cioso discurso de gentil dicción, como correspondía á quien es maestro en tales artes, utilizaba vocablos notoriamente ins- pirados en los escritos de ese pueblo, un día hermano nuestro. Y esto es tanto más aceptable, cuanto que ellos guardan mu- chos verbos y nombres de los que usaron nuestros antepa- sados y sirvieron para magnificar y lucir con gentilezas y donaires aquel precioso lenguaje de los siglos xvi y xvii, esti-

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mado desde ciertos puntos de vista como superior y preferible al actual nuestro; verbos y nombres que desaparecieron ya de nuestro uso por la razón que tuvimos para sustituir nuestros lindos doblones y doblillas de oro con otras monedas notoria- mente inferiores; aparte ¡ay! aquesta malhadada depreciación de nuestra moneda, adonde nos llevaron nuestras desventuras y de donde no nos sacan nuestros hacendistas.

Por de contado que ese número de trescientos ó cuatrocien- tos vocablos, del cual no exceden los del judeo-español hablado actualmente en varios puntos de Oriente, según afirmación de Max Nordau, no puede admitirse como exacto, sino á todo ti- rar extremando las circunstancias que él mismo señala; á sa- ber: que ha de ser en el lenguaje que hablan los no ilustrados, y que ha de ser en varios puntos de Oriente; con lo cual ni se niega aquel caudal léxico del judeo-español que permite á filó- logos sefarditas escribir diccionarios de este idioma con más de 10.000 voces; ni se desconoce que, por donde quiera que sea, disminuye el número de palabras que se emplean cuando es menguado el número de ideas que se emiten. En todo pueblo la riqueza de expresión forma una pirámide contrapuesta á la censual de sus habitantes: tiene su amplia base donde se ha- llan los escasos oradores y escritores que forman su núcleo más intelectual, y tiene su diminuto vértice en la masa cuan- tiosa de las muchedumbres indoctas. Háblese con nuestras ba- jas capas sociales y nuestros campesinos, y se comprobará que tampoco su peculio léxico excede de ese pobrísimo caudal de voces que usan los iletrados de Oriente. A bien que con ellas todavía sobra para echar fuera el exhausto activo de ideas que hay en sus discursos; porque engendros chicos y reposados, no han menester de alumbramientos espléndidos y tormento- sos. Sobre que en esto del lenguaje sucede algo parecido á lo que se observa en la práctica médica de muchos eminentes profesores, quienes teniendo en sus libros y memoria surtidí- simo almacén de fármacos, desempeñan una profesión brillan- te empleando muy pocos y sencillos medicamentos; porque en medicina, como en administración y como en oratoria y litera- tura, el toque del acierto y de la superioridad no está en dis- poner mucho, gastar monedas á puñados, ni decir con un rau-

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dal de voces extrañas y sorprendentes, sino en administrar con talento lo poco que fué bien escogido.

Además, á este propósito recuerda nuestra memoria dos in- teresantes réplicas que al juicio ya formulado de Max Nordau nos han opuesto dos autorizados profesores sefardíes, bien versados por su ministerio docente en achaques de locución; uno de ellos es D. José Romano, profesor de Lenguas en Es- mirna, quien nos escribe lo que sigue:

Permítame correjir un yerro del doctor Xordau. Dice que en nuestro idioma se topan solo 400 palabras corrompidas ó bastardas. Mi eminente amigo Nissim de Juda Pardo recoge ya mas de 10.000 de estos biervos bastardos y corrompidos, y que él los formó en dos vocabularios, prontos para la publicación.

Corresponde la otra al ilustrado director que fué de la Es- cuela de la Alianza de Tetuán, D. E. Carmona, hoy en Janina, quien en su carta del 2 de Septiembre habla así:

El señor Nordau está equivocado al decir que no eecede el judeo es- pañol de trescientos ó cuatrocientos vocablos. Xuestra jerga es mucho mas rica y suficiente para espresar todas las ideas sin el concurso de len- guas estrafias.

Dice mas el Sr. líordau: «Una palabra por ejemplo topar, espresa por sola una infinidad de verbos: encuentrar, buscar, echar, querer, poder y etcétera>. Xada justifica esta aserción; sabemos muy bien en Oriente que topar no es equivalente á echar, j conocemos muy bien los verbos topar, hallar (fallar on Salónica^ buscar, echar, querer, poder, sin confundirlos, ni emplearlos uno por otro. Es suficiente de pasar unos días en Oriente por asegurarse de ello, ó de leer los livros y periódicos publicados en Turquía; pero el Sr. Nordau no tiene visitado los pueblos que conservaron el idioma español y sus informes son erróneos. Si tuviese viajado en Sa- lónica, Constantinopla, Adrianopolis, Esmirna, etc., el ilustre doctor cb- eervaría un fenómeno muy curioso y es que la parte intelectual de la raza, la mas instruida, es la que habla el español mas corrompido, sirvién- dose del italiano ó del francés por espresar sus ideas, mientras que la clase baja es la que conserva el español en toda su pureza, su gracia y sus palabras antiguas. Conozco todos los pueblos importantes de Turquía y residí muchos años en Bulgaria; puedo dar por consiguiente mi opinión con toda certeza. El español es ignorado en Hungaria, exceptuando la ca- pital donde moran algunas familias de Oriente; se pierde poco á poco en Rumania y Servia, pero se conserva muy bien en Turquía, y mismo

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prospera mas, de pocos años aquí, gracias á los periódicos y á las obras literarias publicadas en Salónica y Constantinopolis.

Consignado esto por lo que se refiere al caudal de voces y al bien observado fenómeno de que el español lo conserva mejor la clase humilde que la intelectual, por lo mismo que es menos intelectual, hay que insistir en la especie de que no existe una jerga determinada llamada judeo español, sino una jerga castellana, cuyas variaciones locales reconocen numero- sas causas, entre las cuales, y como de grande influencia, se pue- den señalar las siguientes: Castellano que aportaron los judíos establecidos en aquella región, de conformidad con la región de España de donde procedían; alteraciones que en éste pro- dujeron los idiomas ó dialectos especiales que se hablaban en los sitios donde se refugiaron los proscriptos, y tercero, modos de expresión literal que en cada punto se han dado á las pala- bras, por virtud de los cuales el mismo vocablo puede aparecer con aspectos distintos en varias comarcas y en los textos de diferentes escritores: por ejemplo, la misma palabra judío, la cual hemos visto escrita de muy diferentes formas, para expre- sar el sonido más ó menos degenerado de nuestra j, hasta llegar á la siguiente estrofa que leemos en la segunda canción de unos estudios interesantes que publica Leo Wiener, de la Universidad de Harsvard, en la revista Modern Philology:

Ya tomó Mosé Kaminu en su manu: Todus lus djidyós a el xwerun apañadus, Serka la mar xwerun podradus. Ke dispues di Ayiftu, non lu uvo tal siñor Komu Mosé Rabenu y su ermanu Aaron.

Seguramente esta estrofa, sin variar la expresión fonética con que se pronuncie, y ajustándonos á ella con no menor exactitud que lo haría el norteamericano, su autor, la escri- biríamos más claramente y mejor ajustada á su génesis de la siguiente manera:

Ya tomó Moisés caminu en su manu: Todus lus chudios á el juerun apañadus,— Serca la mar juerun posadus

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Que dispues de Egiptu non lu uvo tal siñor Comu Moees Rabenu y .su hermanu Aaron.

La procedencia de origen regional distinto entre los hebreos desterrados, debió necesariamente producir algunas diferencias de expresión, que aun hoy mismo se advierten con suma cla- ridad. Cuando dimos á leer á nuestro ilustrado amigo D. Alfre- do Vicenti, redactor jefe de El Liberal, las primeras cartas que recibíamos de los judíos de Sarajevo, Belgrado y Salónica, ad- virtió al punto que en ellas se empleaban muchos vocablos ga- llegos. Averiguado el por qué, supimos pronto que los residen- tes en las sendas provincias de los Balkanes eran oriundos de Galicia. En las preciosas cartas sobre Salónica y su jerga, que debemos al ilustrado profesor J. Ñehama, residente en aquella ciudad, y las cuales publicamos en la segunda parte, hay ins- tructivas observaciones sobre este punto, y á ellas remitimos al lector. Asimismo las tienen las cartas de Samuel S. Levy, el director de La Época, de Salónica.

Tal vez por esto algunos de los romances por sus giros, desinencias y vocablos, nos suenan como gallegos ó asturia- nos, cosa del Noroeste, á los que hemos nacido en Castilla; y en prueba de ello reproduciremos algunas estrofas de los can- tos recogidos por Leo Wiener:

Muxer mía, la mi muxer (1), Una palabra vus vo á decir yo, Cuando el aya si mueri, Non vus estes á casar vos.

Cuando el aya si mueri Que le agas el su kavod (2) Estas palabras disiendu Patisán arreventó.

Véase esta otra, que es el comienzo de la VIL

Pariera mi la mi madrina, En una escura muntina, Ondi non cantaba gayu,

(1) En vez de la x, pone Wiener la z; son artificios equivalentes de expresión.

(2) Honor.

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Ni menus canta gavina. Ondi bramaban leonis La leona arrespondía: Siete añus le di de lechi Di uua leona parida; Sieti añas le di del pan, Del pan que yo comía; Sieti y sieti son catorzi, A la niña se le entendía. Mandi la á mercar fariña Dizía que non savia; Mandi ¡a á mercar azeti Dizía que non pudía, etc., etc.

Leemos en otra, la IV, por ejemplo:

<Ke buskas, mi madri, i vos por aki? Bueku yo al mi fizu, mi fizu Avraam, Al mi fizu presyadu, ke a paridu aka.»

Aun suponiendo que en la época del exilio todas las coro- nas, ó coronillas, que constituj^eron la nación española, por el matrimonio de Isabel y de Fernando, no tuvieran una unidad de lenguaje todavía inferior á la mediana que hoy muestran las distintas provincias de España; y, por tanto, que cuatro siglos de una misma soberanía, una lengaa oficial, una compe- netración de intereses, y un solo idéntico destino, así en la próspera como en la adversa suerte, nada hubiesen propagado ó expendido, como dirían nuestros israelitas, usando un verbo de castiza sangre española, el alma nacional, es lo cierto que actualmente una emigración de Cataluña, Navarra, Galicia, Andalucía, las Castillas, Provincias Vascongadas, Aragón, Ex- tremadura y Galicia... llevando los diez dialectos de que habla el distinguido filólogo D. Pedro de Mugica, á saber: el andaluz, valenciano, leonés, gallego, asturiano, navarro, aragonés, húr- gales, toledano y castellano, no aportaría en modo alguno idénticos modos de expresar el español, y que allá irían con sus diferentes acentos, modismos y terminaciones: ya en u ya en o: bien en ico, iño, illo ó ito (1), a crear problemas de filologene- sis para los sabios de la posteridad.

(1) Señor, una perrica, dicen en Aragón y Murcia los pordioseros;

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Hay, pues, una diferencia positiva entre el judeo-español de unos y otros pueblos, aunque no aparezca siempre muy clara en esos romanceros que coleccionan los sabios, y de los cuales muy en breve tendremos dos notables en España, al ver la entusiasta tarea que en su preparación vienen realizando D. Antonio Sánchez Moguel, quien en busca de ellos anduvo por Marruecos, y ahora, según nos escriben amigos de Buca- rest, anda á su caza por Oriente; y D. Ramón Menéndez Pidal^ al cual favorecen con sus envíos, correspondientes nuestros ilustrados y serviciales, como Benoliel, de Lisboa; Abravauel, de Salónica; Levy, de Oran; etc., etc.

Y hay, asimismo, una diferencia en la figuración musical de los acentos, sonidos y matices, que procuran crear esa plástica y colorido de la expresión que tan subjetivamente se aprecia, como lo apunta el ya citado Leo Wiener, quien encon- trando demasiado españolizadas á la moderna las colecciones de romances judeo- españoles pubhcadas por Kayserling, Abraham Danon, Grünbaum y Grünwald, tomó del natural, y escribió á su manera, una colección de cerca de tres docenas, durante los pocos días que pasó en la península de los Balka- nes, allá por el año de 1898.

Dice que los dialectos varios del judeo español pueden cla- sificarse en dos grupos, que coinciden aproximadamente con la conservación ú omisión de la vieja /.• como enjixu, «hijo» ó ixu. Los catorce primeros cantos que publicó le fueron dados por un vecino de Belgrado, antes de Bosnia; quien trató de pro- nunciar en su dialecto bosniano, el cual pertenece al grupo de los que conservan la f . Los demás cantos le fueron dados por cantadoras profesionales de bodas en Sofía (Bulgaria).

Acerca de este particular algo que merece ser traído á cuen- to nos dicen en sus cartas, el fogoso pubficista D. Samuel S. Levy, director de La Época, de Salónica, y el oficiante del pri- mer templo de Sarayevo, D. Abraham A. Cappon.

He aquí lo del primero. Su carta es del 3 de Julio de 1904:

déme una prrrina, dicen en Galicia y Asturias; una j)errita, por amor de Dios, dicen en las Castillas; zeñorito, una perrilla, dicen en Andalucía. Y así en lo demás.

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El idioma que emplean los israelitas de rito sefaradi (Sefarad en hebreo significa España) no es ni el español de Madrid, ni el castellano, ni el an- daluz, ni el galiciano, ni ningún otro dialecto. Ma el es todos estos dialec- tos riunidos, tales que se hablaban al siglo 15, en la época del desterra- miento de los judios. Estos últimos traeron con ellos el idioma que se ha- blaba en las provincias de onde eran originarios y constitueron ende fueron, chicas capillas (comunidades) distinctas que tomaron mismo el nombre de la ciudad de origin. Es mas tarde, cienes de anos después, que los judios de Oriente viajaron, se estabilleron en otros centros y formaron en cada ciudad una sola comunidad y sus dialectos fusionaron.

Lo que hace del judio-espanol una mistura, lo que hace tomarlo por una jerga corumpida, abastardeada, un genero del Polisch empleado de parte los eskenazim (por oposición a sefaradim, judios poloneses, alemanes) no son las palabras francesas, italianas, turcas, grecas, búlgaras, etc., ma son algo estas y mucho otras causa?, mas profondas, ma pero susceptibles de eliminación.

1.° Los israelitas esnanoles empleamos una escritura especial llamada tRachh. Esta escritura se compone de 24 letras que pueden expresar todas las consonancias las mas matizadas, ma sus vocales son insuficientes. Una sola vocal (vav) sirve para «o» y «zi>. Otra vocal (iod) vale para «e» y «¿». De alli nacen confusiones. Por ejemplo: nosotros decimos ipermetert por <t])ermitir*; icolomna-» por <íColnmnai> ; i.disdey por «desdey etc., etc. Y asi, la mayor parte de las palabras son pronunciadas mal, sin portanto sopor- tar una desformacion radicala. Para remediar a este inconveniente, yo propuse de hacer fondar nuevos caracteres y meter bajo las vocales (vav) y (iod) unas chicas senas para hacerlas reconocer si se aplican a «o», a <«», a «e», a <¿>. Este inconveniente puede ser eliminado muy prontamente.

La masa del pueblo judio— como la masa de todos los pueblos no recibiendo una instrucción gramatical inicíala, era forzada de conjugar de una manera yerrada los verbos de su propio idioma. La clase selecta, si mismo hablaba el judio-espanol, acercava la conjugación de la lengua que -ella conocía mejor: el francés o el italiano. Es asi que el judio-espanol quedo propiamente sin medios de conjugación, formando una amalgamación de vocables ajuntados en frases construidas a la moda francesa, italiana, greca, turca, búlgara, etc. Al lado de la conjugación se resbalaron también vocables de estas lenguas extranjeras, ma en medida moderada.

3." El clima ejercando una inñuencia preponderente sovre los lengua- jes, los judios españoles perdieron este grande dulzor que tiene el verda- dero español y emplearon consonantes duras como el <j » y <ch* del francés; el i-tckey, idjey, «/i> turco muy pronunciadas, y otros sones compuetos que dan a la lengua una asperidad extrema.

Pero, fenómeno curioso, muchos viajeros de comercio me aciertaron que el tono, los gestos, la melodía final que accompana la habla de los judios españoles se encuentran aun en la habla de las poblaciones de la varias provincias de España. Esto harva (hace impresión) mucho los via- jeros que creen hallarcen en España.

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De su parte Cappon dos dice en su carta 30 de Junio de 1904:

En Bosnia y Hercegovina el castellano de los israelitas es, en alguna manera, mas puro que en Bulgaria, Servia y Romanía, y esta pureza con- siste en el modo de pronunciar lo que se escribe con caracteres rabínicos en que se emplea la «i» por «e» y por «i», y la <v> por «o» y por «u». Por ejemplo: Si escribimos iDiasixSpn ^n Bosnia nronuncian correctamente «declaramos», mientras que en otras partes muchos pronuncian cdiciara- mus». Voy á dar un ejemplo mas lar- go, donde se pueda ver la diferencia que hay en la corrupción del castella- noentre los judíos de unas provincias y los de otras:

En Bulgaria, Servia y Romaniu muchos dicen: <I1 iju dil sinior vizinu «cuandu mus meldo luqué lis acunti- »ció a lus djidios in ispafia, todus mu- ssotrus (en Rumelia dicen mosós) «yurimus fin qui mu si izieron lus »oju8 curiladus, ma mus cuntarum )dus qui meldan jurnalis qui una »grandipirsona di ispania iscrivió in

FiG. 11. D. Abraham A. Cappon. Sabio publicista y primer ofician- te de la sinagoga de Sarayevo (Bosnia).

«un livru qui alus ispaniolis di mues-

3)tru tiempu lis displazi munchu pur

))lus malis qui si izierun in lus djiri-

íuancius pasadus y agora istan mi-

»randu rimedius de aduvar il yeru di sus padris antigus y dimandauqui

»mus ambizemus a aviar buenu la luenga is^ianiola y querin ayudarmus

»pára qui istemus cun eyus in irmaudad.»

En Bosnia y Hercegovina hay muchos que dicen: «El fijo del sinior ovizino cuando mos maído loque les acapitó a los djidiós en spania, todos smosotros guaymos fin que mo se fizieron los ojos coreladoa, ama moa «contaron los que maldan jurnales que una grande prisona de spania es- «crivio en un livro que alos spanioles de muestro tienpo les displaze mu. »cho por los males que se fizieron en los djerenancios pasados y agora » están mirando remedios de acumudar el yarro de sus padres antigos y í demandan que mos ambezemos a f aviar (algunos dicen falvar) bueno la »lingua spaniola y queren ayudarmos para que estemos con eyos en er- í mandad.»

Pero todas esas diferencias en la vida de la jerga, que hemos presentado según los distintos países de Oriente donde

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se la aprecia, son, sin embargo, de extraordinaria insignifi- cancia con relación á las que debieran existir. Para expli- carlo es necesario que vuelva de nuevo el examen á discurrir sobre la obra de aquel singular aislamiento que, por donde quiera, sufrió el pueblo desterrado, y que colocó la vida de su lengua en un estado de catalepsia ó de estancamiento, que le privó, así del fresco, espontáneo, feraz y jugoso desarrollo de los dialectos, vivero y nutrición de los idiomas, ó sean los len- guajes soberanamente constituidos; como de la rápida y lamen- table destrucción de las jergas, ó germanías, bajo cuyas formas estos lenguajes acaban y desaparecen.

En el orden genésico del verbo humano, y en las catego- rías ascendentes y descendentes de sus creaciones, se considera ya como una noción elemental que los dialectos son aquellos productos con los cuales las familias y las tribus, en desarrollo ascendente, logran constituir especies organizadas de la expre- sión oral, para servir á la inteligencia y al régimen de sus nece- sidades sociales. Se forman por una verdadera sumidad colec- tiva de la palabra, que arrancando del individuo, desenvol- viéndose en la familia y ampliándose en la tribu, llega á pro- ducir una especie de nexo común de diferentes tribus, y por ello un régimen verbal de mayorías, el cual impera y realiza su obra soberana en la colectividad toda. Y esto constituye un dialecto, cuya vida se mantiene, renueva y vigoriza exacta- mente igual que lo hace la de los individuos y las sociedades: por la cooperación más ó menos prolífica y afortunada de los elementos celulares todos.

Nos explicaremos más. Sabido es que cada individuo, sea el que fuere, tiene su gesticulación, sus sonidos, sus vocablos, su modo de exteriorizarse personalmente, por los cuales se manifiestan con entera ingenuidad las espontaneidades de su constitución peculiar; y esto, en buen orden de consideraciones, supone un dialecto individual. La familia, por la identidad del medio, por las analogías hereditarias, por las emociones y reac- ciones comunes que tienen sus miembros, adquiere igualmente lo que pudiera llamarse el dialecto de familia. El conglomerado de éstas lleva, por análogas razones, á modalidades externas comunes, y surge el dialecto de tribu. Muchas tribus sometidas

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por motivos topográficos, ó de otra índole, á la influencia de un orden de relaciones orales, crean la comarca lingüística y cris- talizan el verdadero dialecto. Cuando uno ó varios dialectos afi- nes predominan en vasta región, y desde la forma elemental y rústica, ascienden á la forma literaria, culta, majestuosa y ar- tísticamente organizada, conquistando su posición en la epope- ya del progreso humano, entonces se tiene el lenguaje, ó el idioma, en el más amplio y poderoso concepto de la palabra.

Pero sucede que una ó varias de las causas numerosas que pueden herir de muerte á un idioma, le atacan y paralizan su desarrollo, y entonces su vida enferma. La asimilación y des- asimilación de sus neologismos y arcaísmos, de sus ingresos y sus voces desusadas, se perturban; la armonía y la salud de sus componentes, se quebrantan; su carácter, su personalidad, es decir, lo atributivo de su individualidad orgánica se pierde; las altiveces se abaten, los abolengos se olvidan, las fisonomías se descarnan, los ornamentos se desprenden, en el seno de sus entrañas surge un nuevo ser que se infiltra por todas partes, y sustituye, desorganiza y transforma lo existente con otros ras- gos fonéticos, otras modalidades orgánicas y otra arquitectura gramatical; y entonces aparece la jerga: demostrando que así como la lengua no es más que el soberano crecimiento de varios dialectos que le han precedido, y que le pueden y deben seguir nutriendo; así ella, la jerga, es la última y decadente fase de un idioma que camina á su desaparición.

Las jergas jamás evolucionan; hacen una de dos cosas: ó retrogradan á sus prístinas fuentes, si la conversión es posible, porque haya modos de reconstitución; ó desaparecen con en- fermedades, de una cronicidad tan grande á veces, que duran siglos y siglos, cuando la vida de la jerga se cumple con más ó menos aislamientos y resistencias defensivas, y sus despojos nutren á otras lenguas y dialectos. Dícese que la lengua que llevaron á Islandia los refugiados noruegos se ha mantenido invariable durante siete siglos, mientras que la de su natal suelo, á la cual rodean dialectos varios, se desarrolló y produjo dos lenguas diferentes: el sueco y el danés. Y se debe esto, á que cuando se arranca un idioma de su terreno maternal, y se le lleva por otras tierras, privado de la savia de los dialectos

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que le alimentan, —los cuales corren líquidos por debajo de ese inmenso y magnífico espejo fijo y helado que representa el idioma escrito, severamente articulado por la gramática y el diccionario, los cuales son fijadores que conspiran á la perenni- dad de la forma, entonces se detiene el crecimiento del len- guaje, y con su desnutrición sobrevienen la caquexia y la muerte.

Los judíos españoles llevaron escrito su idioma y por eso le conservaron; si lo hubieran perdido pronto, porque cuan- do los idiomas no se escriben y quedan subordinados al regis- tro del uso diario, la renovación de vocablos se precipita. Re- fiérese que en la América Central intentaron unos misioneros retener por escrito el lenguaje de unas tribus salvajes, y com- pusieron esmeradamente un vocabulario donde pusieron todas las palabras que lograron aprender. Transcurren diez años, vuelven á visitar la misma tribu y observan que el vocabulario que habían registrado es ya antiguo }' por ello inútil: muchas palabras de aquéllas no se usan; en su lugar hay otras nuevas, y el dialecto resulta completamente cambiado.

Esto explica otro hecho natural, y es que cuanto más aisla- dos vivan, por sus condiciones geográficas, los naturales de una comarca, mayor será el número de dialectos que entre ellos exista. El misionero Gabriel Sagard contaba en su Gran viaje al jJaís de ¡os hurones, allá por el siglo xvii, que entre las tribus de la América del Norte apenas se podían hallar dos aldeas en las que se hablase la misma lengua; y que hasta se daba el caso de que difería más ó menos su lenguaje entre dos familias de la misma aldea.

No hay para qué recordar el crecido número de dialectos que florecieron y se acreditaron en la raza helena, y en los cuales escribieron sus grandiosas obras los inmortales genios de aquella raza. Simónides, Píndaro y Terento, escribieron en dórico; Aristófanes, en ático; Safo, en eóHco; Anacreonte, en jónico, y en su dialecto propio lo hicieron casi todos los poetas griegos. Hoy cuentan algunos autores hasta sesenta dialectos ■del griego moderno.

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Aplicando estas elementales enseñanzas á la vida del judeo- español, es fácil ver cómo sus libros religiosos, sus rezos, sus cantares y sus refranes y sentencias, fueron el agente más íntimo de su conservación. Cuando visitáis un hogar judío español, no dejarán de enseñaros con orgullo aquellos libros de rezo, transmitidos de generación en generación, con páginas muy amarillas y grasicntas, con acotaciones de manuscritos muy antiguos, registros de ios que nacieron y fallecieron, y con gruesos caracteres españoles, bien espaciados y legibles, como para vencer todas las impotencias y flaquezas de la visión senil. Estos libros los tomaron muchas manos, sirvie- ron á muchos rezos en noches y días memorables, y pasaron á ser el objeto más venerable de la familia, en el cual la fe aus- tera de los ancianos, la despreocupación inquieta de los mozos y la curiosidad peligrosa de los niños, pusieron por igual ojos, manos y pensamientos, haciendo de ellos un relicario santo, donde las esperanzas y desmayos, las alegrías y aflicciones, los terrores y consuelos, las virtudes y flaquezas todos los su- premos estados del alma, depositaron sus más venerables y sagradas comuniones.

Debemos al conocido anticuario y banquero de Madrid D. A. Salzedo la atención de habernos dejado uno de estos libros de rezo en castellano judío, reliquia que fué de sus ante- pasados, por las trazas impreso en Holanda, en año remoto de pasados siglos, dato imposible de averiguar en él, porque ni el comienzo ni el final tiene. No se puede hojear sus páginas sin sentir una viva emoción, así por el lenguaje en que aparece redactada la doctrina, como por la eterna queja y humillación que exhala el libro, por donde quiera se le abra, haciendo de su texto la expresión conmovedora de un pueblo que tiene su alma dolorida y profundamente aniquilada por sus culpas y su fiera adversidad. Son las eternas execraciones de sus airados Profetas, y el gemido de sus luctuosas contricciones.

Es singular el efecto que causa en el ánimo este rezo propio del pueblo israelita. Abrimos ese libro que tantas generaciones de judíos españoles habrán hojeado, y leemos estas lamenta- ciones y este castellano:

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Dijo Jeremías á Israel: <Tajar los tajaré, no como las uvas de la vid, que se cogen pocas á pocas; ni como los higos de la higuera, que se cojen uno á uno; sino todos juntos; fruto y hoja sera arrastrada y rehollada y perdida; porque la Ley Santa que les di en Monte de Sinay pasaron sobre ella »

Abrimos el libro por otro lado y leemos este otro quejido:

A nuestros ojos sobreforzaron nuestra lazería, prolongado y pelado de nos, dieron su yugo sobre nos, soportamos sobre nuestros hombros, sier- vos podestaron en nos, redimienno de sus manos; angustias muchas nos rodearon; llamamoste. Alexástete de nos por nuestros delitos, tornamos de empos ti, erramos como ovejas y deperdímonos, y aun no tornamos de nuestro yerro; y como desvergonzaremos nuestras fazes y endureceremos nuestra cerviz para decir delante de ti. A. N. D. y Dio de nuestros padres justos nos y no pecadomos. Empero pecamos nos y nuestros padres.

Saltamos páginas, queriendo sustraernos á la desesperanza tenaz, buscando motivos más plácidos, y leemos la siguiente súplica de piedad y de clemencia:

Nuestro Padre, nuestro Rey, apiada sobre nos. Nuestro Padre, nuestro Rey, apiádanos y respóndenos, que no en nos obras, hace con nos juste- dad, por tu nombre el grande y sálvanos. Y nos no sabemos que haremos (salvo) que sobre ti nuestros ojos. Miembra tus piedades. A. y tus merce, des que de siempre ellas. Sea tu merced A. sobre nos, como esperamos á ti. No miembres á nos delitos primeros; ayna nos adelanten tus piedades, que nos empobrecimos mucho. Nuestra ayuda en nombre de A. hacedor de cielos y tierra. Apiádanos, A. apiádanos que muchos nos hartamos de menosprecio.

De esta índole es todo. La incurable angustia de un alma destrozada que habla por la raza judía y se lamenta como en ninguna otra. Es esa alma siempre idéntica de las razas, de los pueblos, de las ciudades, de las familias y de los individuos; es decir, el alma de todo cuanto vive y que solamente porque existe sufre. Como sufren las especies animales todas, y aun las especies botánicas que visten y engalanan la Creación, asi- mismo atormentadas como el hombre y los animales por incal- culables daños, enfermedades y epidemias. Pues todos juntos podrían exclamar como la grey de Abraham:

¡Como frutos y hojas caídos, fuimos arrastrados, hollados y rehollados; y las tajantes espadas nos tajaron cruentas; y nos hartamos de menosprecio, y nos empobrecimos mucho, y te

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alejaste de nosotros, Señor, y errantes y perdidos como ovejas sin pastor imploramos piedad, y los males aumentaron para todos, y más todavía para Israel, aquel pueblo elegido por Dios, según los Santos Padres, para que poblase colmado de bendi- ciones y prosperidades la tierra de Canaam, y fuesen benditos los que le bendijesen, y malditos los que le maldijeran; y en él fuesen benditos los pueblos todos de la tierra. Bendito en Abraham, en Isaac, en Jacob, en José, en David, en Salomón, en Daniel..., etc., en tantos patriarcas, reyes y profetas; v sin embargo desolado en grado sumo, portando sus manos el estan- darte de las desdichas todas, y marchando al frente de la Humanidad entera!

Pero, consuélense los infelices judíos, porque ¡edificante cuadro es el que presenta hoy la humanidad, veinte siglos des- pués de consumada la Redención sublime del Calvario! ¡Y se- ductora recompensa la que gozamos nosotros, los que deshici- mos su convivencia nacional por ser los fieros paladines del catolicismo, á nuestro riesgo y ventura! ¡Con verdad que ne- cesitados andamos como ellos de religiosos afientos y de aco- gernos en brazos de la fe!

¡Ah! Sublime y sacrosanta fe, la que en tamañas desven- turas buscas tónicos y medicinas milagrosas y los hallas en el alma, con eficacia tal, que desde el fondo de los incurados y es- pantables sufrimientos elevas agradecida tu voz, y exclamas como Pascal, aquel heroico maestro en artes de resignación y de consuelo, dirigiéndose á Cristo: «Yo tiendo los brazos á mi libertador, que vino á la tierra á sufrir y á morir por mí; y por su gracia aguardo la muerte en paz, con la esperanza de unirme á él eternamente. Y ^^vo, sin embargo, con alegría, ya en los bienes que le plugo darme, ya en los males que por mi bien me envía, y los cuales me enseñó á sufrir con su ejemplo.» Sublime y sacrosanta fe, sí, porque allí donde ni los regulado- res del derecho internacional público, ni la dureza de las leyes nacionales, ni las eficacias de la medicina y de la caridad, logran poner remedio á las fieras desdichas humanas, allí apareces todavía, siendo un refugio cuyas esperanzas, promesas y su- gestiones, tonifican los desalientos y calman álos desesperados!

¡Y basta de semejantes desahogos!

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Sin duda estos seculares libros de oraciones influyeron mucho en el carácter y sentimiento de los sefardíes. Cuando visitamos la elegante mansión de D. Aaron Salzedo, en Bayona, su joven hijo nos condujo á una reservada habitación, y allí nos enseñó, entre otras curiosidades, los libros de rezo de la familia. El predilecto estaba impreso enAmsterdam,elaño 1686, en castellano- judeo, y en sus portadas y márgenes aparecían registrados de tiempos atrás muchos nacimientos; uno decía así:

«El nuebe de La Luna de Elul 5569 que corresponde al 21 de Agosto de 1809, fue Dios sirvido alumbrar á mi esposa con un hixo á las siete y media de la noche; que Dios me lo dexa criar para su santo serviso y lo haga merecedor de la santa ley, que fue llamado David Salzedo: el padrino, mi suegro Moisés López Eolace; la madrina, mi madra Rachel Salzedo Morai y fue circonsidado por Is. de David de Silva, marte á la mañana. Dio me lo engradesca par bien » .

Si de este campo de estudios sobre conservación del caste- llano, pasáramos al otro, al de las impurificaciones, no faltarían copiosos motivos de interesantes estudios.

Ante la vista tenemos un opúsculo del venerable constantino- politano Abraham Danon, académico correspondiente de la Española, estudio impreso en Hungría, en el cual trata su autor de los vocablos turcos intrusados en el judeo-español; y es dig- no del conocido coleccionador de antiguos romances.

De su idioma madre dice que, hallándose en estado esporá- dico, y con ligeras diferencias dialécticas en una grande zona lingüística, fué tributario de todos los lenguajes de las pobla- ciones con las cuales se halló en contacto, y le estrecharon por donde quiera. No podía suceder de otro modo atendiendo á que las peregrinaciones que forzosamente realizaban los hebreos, les hacían aprender muchas lenguas y singularmente la de sus benévolos acogedores los turcos.

Por esto, aunque los judíos vivían en su cuartel especial (Mahalé ó That-al-Qalé), penetraba en ellos el ambiente exterior, bajo distintas formas, ya por necesidades de orden judicial y civil, ya por himnos y cantos religiosos, donde metían frases tur-

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cas, y eran frecuentemente una imitación literal ó metódica de ciertas odas griegas; ya, en fin, por proverbios populares, cuya composición hetereogénea estaba formada de elementos turcos y españoles.

Así, el j argón ó ladino que se ha querido llamar con el tí- tulo honorífico de Judesmo, rodeándole de una especie de au- reola sagrada, ha recibido la intrusión de vocablos turcos, grie- gos, hebreos, búlgaros; verbos españoles se han conjugado con